
El día de la marmota es una película estadounidense de 1993 dirigida por Harold Ramis, y protagonizada por Bill Murray, Andie MacDowell, y Chris Elliott. Murray interpreta a Phil Connors, un arrogante meteorólogo de la televisión de Pittsburgh que, mientras cubre el evento anual del Día de la Marmota en Punxsutawney, Pennsylvania, ese mismo día se encuentra atrapado en un ciclo de tiempo, repitiendo el mismo día una y otra vez. Después de caer en el hedonismo e intentar suicidarse en numerosas ocasiones, comienza a reexaminar su vida y sus prioridades.
Desde el 31 de octubre se celebra en Glasgow la COP26. Este evento reúne a representantes de unos 200 gobiernos con el objetivo de acelerar la acción climática para el cumplimiento del Acuerdo de París.
Nos encontramos ante una situación climática delicada, con grandes retos por cubrir en poco tiempo si queremos cambiar la tendencia de autodestrucción que llevamos hasta ahora.
Si lo miramos en el corto plazo, es todo un éxito que 200 países se sienten en una mesa para establecer objetivos que persigan conservar el planeta Tierra. Pero hay que recordar que esto ya ha ocurrido. Primeramente, en el Acuerdo de París, allá por el 2015. Allí, la UE presentó su estrategia de reducción de emisiones a largo plazo y sus planes climáticos actualizados antes de finales de 2020, comprometiéndose a reducir las emisiones de la UE como mínimo en un 55% en el 2030, con respecto a los niveles de 1990.
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En 2019 se celebró la COP25 en Madrid. En teoría, en esa cumbre debía certificarse que los objetivos del Acuerdo de París se iban a conseguir, pero nada más allá de la realidad. Lo que se pudo certificar es que ningún país iba a cumplir con la agenda 2020 en materia de cambio climático (una reducción del 20% de las emisiones de gases de efecto invernadero respecto de los niveles de 1990, un 20% de la energía de la UE procedente de fuentes renovables. un 20% de mejora de la eficiencia energética).
¿Cómo lo solucionamos?, fácil, “dando una patada al balón hacia delante” esperando que en 2030 se pueda conseguir el objetivo. Llega COP26 y parece que va a pasar algo similar.
Desde mediados del siglo XX las emisiones de CO2 han aumentado exponencialmente. En 2019, se emitieron aproximadamente 36.460 millones de toneladas métricas de dióxido de carbono (CO2) procedentes de la actividad industrial y los combustibles fósiles en el mundo. 2020 fue el primer año donde se redujeron estas emisiones un 5%, principalmente, provocado por el COVID. Si queremos llegar al objetivo 2030 establecido en el acuerdo de París, sería necesario replicar el 2020 todos los años.
Una solución global se convierte en local y, si cada uno de los países no hacen su trabajo, nada habrá tenido sentido. Se van a destinar 100.000 millones de dólares para países pobres con el objetivo de que puedan cumplir sus compromisos, sin embargo, China y Rusia miran de lado esta cumbre porque “con ellos no va esto”. De hecho, China ha aumentado su producción de energía proveniente del carbón. China, Estados Unidos, India y Rusia son los países que más emisiones de CO2 producen.
Los países se han olvidado de comenzar por el principio de que “hay que ponerse de acuerdo en ponerse de acuerdo”. Desde esta perspectiva, podrán lograrse los objetivos planteados. Debemos alejarnos de la foto fácil e ir más allá estableciendo acuerdos globales, dejando atrás discursos estandarizados y repetitivos, sin fondo y sin objetivo, que son los que se están escuchando en Glasgow.
Estamos a tiempo de solucionar esta situación, pero alejémonos de teorías y pongámonos a trabajar de verdad, haciendo que lo importante sea lo realmente importante porque las cosas no se dicen, se hacen, porque al hacerlas se dicen solas.

