
“La barbarie dura siglos. Parece que es nuestro elemento. La razón y el bien son sólo episodios pasajeros” (Denis Diderot, texto de 1770, citado en el libro “Encyclopédie” de Philipp Blom, Editorial Anagrama, 2007, página 126).
El éxito del ser humano, en su historia más que milenaria sobre la Tierra, se debe a la “razón”. Cualidad que, además, está en su propio nombre: “homo sapiens”; e incluso, constituye prueba de su existencia, a decir de René Descartes: “cogito, ergo sunt” (“pienso, por consiguiente soy”, de su obra “El Discurso del Método”, 1637).
Pese a lo cual, hoy en día, no es extraño quedar sorprendido o más bien, auténticamente perplejo por las frases y decisiones, realmente estúpidas; ya sean personales, colectivas, profesionales o políticas; e incluso legibles en leyes vigentes.
Es por ello, que deseo traerles noticia de un libro imprescindible para comprender que acontece, titulado: “Racionalidad: qué es, por qué escasea y cómo promoverla” (Editorial Paidós, 2021) de Steven Pinker, (Montreal, 1954), profesor de psicología de la Universidad de Harvard.
![[Img #86625]](https://murciaeconomia.com/upload/images/11_2021/346_img-20211121-wa0005-002.jpg)
El autor desarrolla un estudio completo (de 392 páginas) y documentado (con 143 páginas de notas y referencias bibliográficas) de cuáles son “las herramientas de la racionalidad” y su esencial importancia para el progreso humano.
Describe la realidad, en la que “entre nuestros más feroces problemas actuales figura la dificultad de convencer a la gente para que acepte las soluciones cuando efectivamente las encontramos”; fija como objetivo de la educación y de la ciencia popular: alcanzar altas “cotas de racionalidad”, para que los ciudadanos, además de llegar a “comprender los principios básicos de la historia, la ciencia y la palabra escrita”, dominemos “las herramientas intelectuales del razonamiento certero”, que incluyen: “la lógica, el pensamiento crítico, la probabilidad, la correlación y la causalidad”; y, por tanto, la lógica, la filosofía y las matemáticas. Y, en definitiva, desterrar la irracionalidad; por cuanto: “estas herramientas del razonamiento resultan indispensables a la hora de evitar la estupidez, tanto en nuestra vida personal como en las políticas públicas”.
Steven Pinker, señala que es imprescindible involucrarnos todos en rechazar la irracionalidad y, precisa algunas tareas por hacer, como son:
Combatir a aquellos -muchos- “que actúan como si la racionalidad estuviese obsoleta: como si el objetivo de la argumentación fuese desacreditar a nuestros adversarios más que razonar colectivamente en pro de las creencias más defendibles”.
Revertir las causas que han hundido la confianza en las universidades: “un motivo importante para la desconfianza es el asfixiante monocultivo izquierdista de las universidades… se han convertido en el hazmerreir por sus ataques contra el sentido común… las universidades tienen la responsabilidad de garantizar la credibilidad de la ciencia y la erudición, comprometiéndose con la diversidad de puntos de vista, la libre investigación, el pensamiento crítico y la apertura mental activa”.
Rechazar los sitios de noticias y de opinión, que propagan la “posverdad” o se dedican “a la caza sensacionalista de la anécdota”; pues, la prensa tiene que desempeñar un papel esencial en la infraestructura de la racionalidad. “Aunque las mentiras son tan viejas como el lenguaje, también lo son las defensas contra ellas, sin éstas el lenguaje nunca podría haber evolucionado”.
Las instituciones educativas (desde las escuelas de enseñanza primaria hasta las universidades) podrían hacer que el pensamiento estadístico y crítico ocuparan mayor parte en los currículos. “La racionalidad debería convertir en cuarteto el trío clásico de la lectura, la escritura y la aritmética”.
Por cuanto, como dice Steven Pinker: “el sometimiento de todas nuestras creencias a los juicios de la razón y las evidencias es una destreza antinatural, como la alfabetización y el cálculo y ha de ser inculcada y cultivada”.
Y por ello nos adentra en la lógica y el pensamiento crítico, en la probabilidad y aleatoriedad, en las creencias y evidencias, el riesgo y recompensa, la elección racional y la utilidad esperada, los aciertos y falsas alarmas (en particular con la detección de señales y teoría estadística de la decisión), la teoría de juegos y la distinción entre correlación y causalidad.
En mi opinión: la paradoja de la racionalidad es: ¿cómo es posible que un animal racional como el ser humano abrace tantos disparates?
Lo cual no tiene que ver con las capacidades intelectuales innatas, sino a un déficit de aprendizaje y formación, como dice el autor: “los errores son fruto más de la irreflexión que de la ineptitud”. Por ello necesitamos, desde la edad temprana, a nuestros familiares primero y a nuestros maestros, luego, para hacernos con las herramientas del razonamiento que nos permiten aumentar la “racionalidad natural” con la que nacemos (el tan buscado “sentido común”); las cuales son el tesoro que nos han legado los mejores pensadores a lo largo de milenios. Es un verdadero suicidio colectivo pretender erradicar de nuestro conocimiento y aprendizaje la historia de las ideas y la filosofía, o la lógica, o la aritmética (más allá del mero sumar y restar), salvo que deseemos generaciones de personas ignorantes y, por tanto, inertes, cosificadas y casi líquidas, totalmente manipulables sin razonamiento crítico alguno, hasta llegar a la inexistencia (en el sentido clásico definido por Descartes).
Queridos lectores: hay fuerzas de la naturaleza que todavía nuestra tecnología no puede encauzar hacía el bien común (tarea, por supuesto inacabada); pero, la extensión y profundidad de la estupidez contraria a nuestra esencia racional, que parece propagarse a rincones hasta ahora inaccesibles, sí depende de cada uno de nosotros y de las organizaciones, asociaciones e instituciones en las cuales se realiza nuestra vida colectiva.
Como también depende de nosotros no hacernos trampas al razonar, para sólo aceptar aquellos argumentos que ratifiquen nuestras creencias o decisiones previas y protegernos de aquellos datos, evidencias o argumentos que puedan refutarlas.
Y con ello, no contemplar la vida y la relación con los demás, desde una mentalidad sectaria. Esto es: pertenecer acomodadamente a una secta ideológica unida por la fe en nuestra superioridad moral y el consiguiente desprecio hacia toda persona externa a nuestro grupo y el odio a la secta opuesta.
Y mientras no olvidar, como dice Steven Pinker: “la corrosión de los estándares de la verdad socava la democracia y despeja el terreno para la tiranía”.

