
Siempre me he imaginado cómo sería la Historia escrita por una pluma infantil. Seguro que perdería en rigor, pero ganaría en diversión y en algunos casos en veracidad, porque a ver ¿a quién no han puesto en aprietos alguna vez niños con sus preguntas incisivas, insistentes y también inoportunas? Aunque si pasan de una edad ya no sería tan divertida la Historia desde los ojos de un adolescente, fíjense que hasta Vallejo Nájera tuvo que escribir La edad del pavo para poner un poco de orden en eso que llaman el ´desajuste intergeneracional´ (vamos, en el tira y afloja entre padres e hijos a la hora de pactar el mejor horario de vuelta a casa y esas cosas). Y como la risa es muy sana, hagan ustedes una buena catarsis contando o leyendo historias sanadoras como las que hoy les traigo. Como siempre digo: ´pasen y vean´.
Fue en noviembre de 1748 cuando Carlos III de España, de la casa Real de los Borbones tuvo un hijo con su esposa María Amalia de Sajonia que lo llamaron Carlos Antonio Pascual Francisco Javier Juan Nepomuceno José Januario Serafín Diego (¿ven ustedes? aquí vienen los problemas, imagínense las dificultades para llamarlo a sentarse a la mesa), pues el tal Carlos y ´lo que le sigue´ aunque no era el primogénito fue llamado a reinar con el nombre de Carlos IV de España habida cuenta de la manifiesta incapacidad de su hermano mayor, según dicen, que fue rápidamente incapacitado y apartado de la línea sucesoria a la Corona.
Pues Carlos IV que al parecer no tenía mucho carácter, empezó su reinado con buen pie, se casó con una nieta de Luis XV de Francia, María Luisa de Borbón-Parma y sobre todo al principio bien aconsejado por ilustrados como el Conde de Floridablanca o famosos personales de guardia como Manuel Godoy, proyectó importantes reformas como eliminar la Ley Sálica (la ley a favor de los varones para heredar la corona) o la protección a las Sociedades Económicas del País. Pero la mayoría de ellos pronto se desvanecieron porque las alianzas con Francia iban a complicar mucho el panorama. Sobre todo, con la llegada al poder de un famoso emperador, tan famoso tan famoso, que seguramente hasta los más pequeños hayan oído hablar de él (sobre todo cuando llega la época de los disfraces). Se llamaba Napoleón.
Muchos intelectuales en el gobierno de Carlos IV sí que había, pero también ponían en aprietos la corona. Hasta el mismo Godoy firmó el Convenio de Aranjuez con los franceses por el que ponía a disposición de Napoleón la escuadra española. Nada más catastrófico que la derrota del bloque en la batalla de Trafalgar contra la flota británica. Pero no acaban ahí los problemas para España porque aparece en escena Fernando (no voy a decir los nombres que tenía, pongan ustedes un buen número de ellos) el hijo de Carlos IV y María Luisa de Parma con aspiraciones al trono, se aproxima a los franceses porque no le gustaba Godoy ni una ´mijita´ y eso alerta tanto a Godoy como a la reina (las malas lenguas de la crónica rosa dicen que se las entendía con Godoy, yo en realidad nunca vi nada raro), a ello se le unió la cada vez mayor presencia de soldados franceses en territorio español lo que provocó un aumento de oposición hacia Godoy.
Con todos estos líos (no me refiero a los amorosos, claro está) los reyes abdican en su hijo Fernando VII. Pero este rey fue como el Guadiana `aparece y desaparece´ (bueno el río no desaparece, lo que sigue es un trazado subterráneo, desaparece en Argamasilla de Alba y vuelve a la superficie en Ojos del Guadiana, Fernando sí aparece y desaparece como rey) toda vez que Napoleón, receloso, impresionó a los reyes y consiguió que Fernando devolviera la corona no sin antes haber pactado la cesión de sus derechos en favor suyo quien rápidamente y para que todo quede en casa nombra rey a su hermano José Bonaparte. El pobre José, que dicen que no quería reinar ni muerto, y menos en un país con tantas intrigas entre la familia real, él que encima era forastero, obligado por su hermano y vio cómo su entrada a Madrid fue francamente decepcionante.
Así las cosas, Fernando VII que era un peligro para los planes de Napoleón, se lo quitó de en medio y lo mandó al calabozo. Fernando como creía que nada se podía hacer frente al poderío francés, se unió a Bonaparte y mantuvo una correspondencia servil con él, sin embargo, la condición de prisionero de Napoleón creó en sus súbditos el mito de ´El Deseado´, víctima inocente de la tiranía napoleónica. Máxime cuando de nuevo ocupó el trono español y expulsó «rey intruso», entonces ya fue la algarabía, fue aclamado por el pueblo de Madrid que lo celebró por todo lo alto. Incluso las Cortes de Cádiz cuando redactaron y aprobaron la Constitución de 1812 no cuestionaron en ningún momento la persona del monarca y lo declararon como único y legítimo rey de la Nación española.
Pero El Deseado pronto se mostró algo ´Indeseado´, y pronto las esperanzas de unidad nacional y de reconciliación quedaron defraudadas porque ni más ni menos que restableció el absolutismo anterior al periodo constitucional en un país devastado por las guerras, una pérdida de un millón de habitantes y una inestabilidad generalizada del gobierno.
Así pasó a la Historia El Deseado con muchos aires de grandeza pero con una altura regular. Y no solo como rey, sino al parecer físicamente porque aunque yo no entienda mucho de perspectivas visuales, los niños sí entienden y mucho. En cierta ocasión un niño con su colegio viendo el retrato de Goya del rey Fernando VII en el Museo del Prado exclamó en el silencio más solemne: “vaya birria de rey ¿este tan pequeño es el que usaba paletot? Pues con razón le arrastra” (juzguen mejor ustedes, si visitan el museo). La guía minutos antes les había hablado del gabán afrancesado que solía usar el rey para congratularse con Napoleón. Aunque la mayoría solo salían cantando aquella cancioncilla que gustaba sobre todo con la “a”:“canda farnanda sáptama asaba palatat”.

