
Todo el mundo exige un cambio
Pero nadie quiere cambiar
Todo el mundo odia a los raros
Pero quiere ser original
Todo el mundo necesita tiempo
Pero nadie se quiere detener
Todo el mundo quiere vivir siempre
Pero nadie quiere envejecer
¿Por qué esta noche es tan oscura?
Ya no hay estrellas que contar
Se ha escondido la cordura
Ya solo el sol nos puede guiar
….
Noche Oscura, De pedro.
Con esta canción por inicio y el ingente ruido sobre una nueva variante, no cabe duda que la pandemia producida por el Covid ha puesto de manifiesto algo de lo que no es consciente en su día a día el ser humano, su vulnerabilidad.
En el 2020, la OMS acuñaba el término de “fatiga pandémica” para referirse a las consecuencias psicológicas y emocionales que la pandemia iba a traer consigo a la población en general, cada día vemos más noticias sobre la salud emocional o mental y se ha demostrado que las personas con más IE, muestran mejores competencias sociales tanto para iniciar las relaciones como para apoyarlas emocionalmente y manejar los conflictos (Yip y Martin, 2006).
A través del conocimiento y comprensión, tanto de las propias emociones como las de los demás, y de cómo regularlas de forma eficaz se va a conseguir afrontar situaciones conflictivas y estresantes, relaciones interpersonales más satisfactorias y una adecuada comunicación con nosotros y nuestro entorno.
Mediante el entrenamiento de las habilidades emocionales, los miembros del grupo deberían poder reconocer fácilmente las expresiones afectivas positivas de los demás, ya sea consciente o inconscientemente, lo que facilitaría el contagio emocional y empatía (Barthel y Saavedra, 2000). Entrenar la inteligencia emocional, tanto individual como colectivamente, podría ser un área de intervención interesante para incrementar los niveles de emociones positivas (Salanova et al. 2011), siendo estas beneficiosas para favorecer los procesos cognitivos, resolución de problemas, toma de decisiones y aumentar los recursos sociales (mayor atracción y simpatía).
Las habilidades emocionales pueden ayudar a las personas a lograr sus metas en la vida (Salovey, Mayer y Caruso, 2002), mejorar relaciones personales y de pareja, tener equilibrio emocional o éxito en el trabajo, a través de proyectos estructurados y personalizados; encaminados a entrenar esas habilidades se pueden lograr ambientes con climas amables y de cooperación, resilientes y con menores índices de absentismo laboral.
La pandemia no ha hecho más que ponerlo aún más en el punto de mira. Y no se trata simplemente de un soporte y protección de la salud a nivel individual y organizaciones. Una definición de organización saludable (Wilson et al., 2004) es considerar aquellas organizaciones que se caracterizan por invertir esfuerzos de colaboración, sistemáticos e intencionados para maximizar el bienestar de los empleados y la productividad. Mediante la generación de puestos bien diseñados, ambientes sociales de apoyo, oportunidades equitativas de desarrollo y un buen balance trabajo-vida privada. Haciendo uso del avance científico en lo que a emociones e inteligencia emocional se refiere, la implementación de programas específicos para alcanzar un mayor grado de satisfacción personal y laboral en función de las necesidades e idiosincrasia, es un objetivo ambicioso pero necesario en las organizaciones.
Finalmente, alcanzar una mejora en las habilidades emocionales y el bienestar, puede influir directamente en beneficiar las relaciones interpersonales y la comunicación, conseguir un menor absentismo laboral al disminuir la vulnerabilidad a situaciones estresantes y un aumento de la calidad de vida y satisfacción laboral.

