
¿Qué está pasando? Niña de 9 años que tiene tres exámenes la misma semana y dice que se quiere morir; adolescente que le quitan el móvil y coge un cuchillo para autolesionarse; chico que no le ve futuro a su vida y dice que lo arregla con una soga al cuello; o la que se toma pastillas y se acuesta a dormir después de venir de fiesta ¿De verdad? Han aumentado en un 250% los suicidios en España.
En el discurso de los chavales encuentro desesperanza ante situaciones de la vida cotidiana que no son para rendirse y menos para hundirse. Nuestros hijos están teniendo dificultad para influir con autoeficacia ante eventos estresantes y se muestran con una actitud indiferente a la vida.
Me planteo, al margen de la presión social, la crisis de identidad, los estragos del confinamiento, la inspiración virtual y lenguaje normalizado sobre este tema, qué aprendizaje de habilidades de afrontamiento y de resolución de problemas estamos mostrando los padres ante la vida.
Si le anticipo a mi hijo que la vida está difícil o que es cuestión de suerte, que no hay trabajo, que no podemos conseguir las cosas aunque nos esforcemos, entonces nuestros hijos están asumiendo un estilo atribucional disfuncional de eventos positivos y negativos.
Enseñar a seleccionar lo negativo de las situaciones, con una visión pesimista y con un locus de control externo incapacita a cualquier hijo de vecino para resolver los problemas diarios. Si le enseño a reaccionar de manera catastrófica ante cualquier cosa externa negativa, como un atasco, un cambio de planes o la lluvia; o si minimizo lo positivo porque es su obligación o puede hacer más; entonces entrará en un molde negativista y poco autocontrolado de la vida.
Los padres, como buenos logopedas de nuestros hijos, debemos cambiar nuestro léxico familiar para proporcionarles a nuestros hijos un vocabulario de objetividad realista y positiva, con buenas estrategias cognitivas para que hidraten la vida con esfuerzo y no con presión, superen los obstáculos con nuevos retos, toleren el fracaso y se regulen ante la frustración del aprendizaje.
Nuestros hijos, como leones sedientos, van a buscar agua para saciar su sed. Pero si lo que encuentran son amenazas y peligros no podrán trascender el miedo, huyendo para evitar y afrontar su sed. Necesitan un entorno seguro para beber de la vida y no deshidratarse.

