
Sintió una leve agitación tan insignificante como si respirara después de un paseo suave y relajante por el campo. Entraba aire fresco por las ventanas, y la sorpresa, al darse la vuelta, hizo que el hombre quedara aturdido…, y fue él quien se llevó la peor parte al ver la cara tranquila y afable de la mujer hacia su persona a pesar de que se había colado en su casa.
-Pero ¿qué hace aquí? ¿Cómo ha entrado?
-Perdón, lo siento, no lo hubiera pensado
-¿Qué es lo que no tendría que pensar?
-Qué sé yo… encontrarme con usted
-¡No podría se de otro modo! Vivo aquí
-De nuevo le pido disculpas… He sido imprudente
-¡Por favor aclárese! Usted ha entrado y no he sido yo la que le he abierto la puerta.
-Ya, por eso le pido disculpas con tanta insistencia…
-¡Pues no pida tantas disculpas y dígame cómo ha entrado!
-Lleva razón. Tengo facilidad para abrir cerraduras.
-Y ha pensado que la de mi casa sería perfecta.
-Pues sí, eso es exactamente, pero no quiero que se enfade.
-¿Cómo pretende que no me enfade? La primera impresión ha sido de agrado. Hasta le he sonreído. Como si le conociera de algo.
-Yo también he tenido esa sensación.
-¡No me gusta que me siga la corriente cuando hablo!
-Sí, sí, lo tendré en cuenta.
-¿Qué quiere decir con eso?
-Pues que debo contestarle, no repetir las mismas palabras.
-Perfecto, y debe anteponer su criterio al de los demás.
-Entienda usted que lo he hecho por respeto.
-¡Por respeto a mí! ¿Por qué merezco tanta atención, ahora, cuando está en mi casa, y ha entrado sin mi permiso?
-Por eso mismo. No lo he podido evitar. Con las llaves que tengo puedo abrirlo todo.
Estaba exasperada. Si no era capaz de cortar este diálogo insoportable se volvería loca. Y lo peor es que también quedaría como una idiota. Pero, ¿delante de quién? ¿Quién era este tipo que intentaba sacarla de sus casillas, que la intimidaba, sin dar una respuesta coherente? Tenía que coger las riendas y cambiar de tono. No estaba dispuesta a dejarse amedrentar.
Pero sus pensamientos seguían metidos en ese galimatías absurdo porque nada tenía lógica, desde que tropezó con el desconocido dentro de la casa. Porque eso fue lo que había pasado, se había dado de bruces con él, sin más adornos. Hasta ahora todo había sido un desafortunado encontronazo, que empezó solo con una sorpresa. Pero esto no era un motivo para que dos personas cuerdas se hubieran puesto a decir tantas tonterías juntas. Habían conseguido caer en una trampa verbal, antes de decidirse por una frase inteligente. Incluso antes de sentir miedo por una situación que podría ser, como muy poco, comprometida. Lo peor era eso exactamente: que no había tenido miedo ni intranquilidad en ningún momento. Y seguía dándole vueltas a la cabeza; estaba segura de haber visto a este hombre en alguna parte. Su imaginación iba tan acelerada, que al volver a la realidad, los dos seguían de pie, sin haberse movido de sitio.
-Mire, voy a serle sincera. Cuando ha aparecido delante de mí, ha sido como ver a alguien que ya conocía. Después, tratando de aclarar la situación, hemos sido muy inmaduros, quitando importancia a algo que puede ser muy serio.
-Yo también he sentido lo mismo, y no crea que lo hago por seguirle la corriente, como ha dicho antes. Verla ha sido como encontrar lo que buscaba. A usted. Pero claro, cuando he abierto la puerta de su casa, sólo tenía interés en robar algo de dinero. Lo tiene todo tan cerrado, tan resguardado. Pensé que sería el sitio ideal para hacerlo de una forma limpia sin destrozar nada. No soy un delincuente.
Antes de contestar, toma aliento. Ya lo ha reconocido. Es el hombre en el que fijó su atención cuando entraba en un coche de lujo. Atractivo a rabiar, bien vestido, dentro de su desaliño jovial un poco descuidado. Y ahora lo tiene delante. Ha entrado en su casa, y… no sabe qué hacer. Está desarmada. Es pura agitación: adrenalina en estado salvaje. Indignada y encantada. Llamar a la policía, o tomar un té con él tranquilamente y poner las cosas en su sitio.
-Teniendo en cuenta lo que me ha dicho, voy a intentar ser comprensiva. Parece que no tiene intención de mentir, y que me ha contado la verdad. Sin embargo es una situación un tanto extraña, que estemos aquí como si no pasara nada.
-Tiene toda la razón. No me malinterprete. Haga lo que considere justo. Es cierto que he entrado en su casa sin permiso, y eso ya es un delito.
-Sí. Pero estoy abrumada. Necesito un té. Y necesito sentarme para pensar con calma. Ya no me sostengo más tiempo de pie. ¿Cómo te llamas? Hace la pregunta bruscamente, tuteándolo, buscando una salida para tomar una decisión. Entra en la cocina seguida del joven. Prepara las tazas en una bandeja, junto con la leche y el azúcar, mientras él sigue sus movimientos con un visible intento de ayudar. Pero su inquietud es tan evidente, junto a la paz que respira el muchacho… Algo en su interior frena el desasosiego que trata de anularla delante de un desconocido, al fin al cabo. Menos mal que todavía está maquillada y vestida. Unos minutos antes había llegado a casa, y es cierto, le gusta conservar la penumbra a esas horas tempranas de la noche, tan sólo la luz de la calle es suficiente para tomar contacto con el descanso. Y este encuentro ha alterado el orden y la armonía de su vida, en un tiempo mínimo.
-Bueno, cuéntame. ¿Quién eres? Creo que debo saber algo de ti. Has sido tú quién ha irrumpido en mi vida.
-Tiene razón, He sido un loco.
-Si te parece, tutéame. Yo lo estoy haciendo desde hace un rato.
-Gracias. Acabo de llegar de Chile con un contrato que ha resultado falso. Mi familia no comprendería lo que he hecho. En Santiago era policía. Por eso sé los trucos para abrir las cerraduras. El otro día me encontré observándote, mientras entraba en un coche y tú salías del supermercado. Me sentí impresionado por tu elegancia. Sí, te veía a lo lejos, unos segundos bastaron para darme cuenta de que eras una mujer muy especial. Yo lo sentí así; una especie de flechazo ante la belleza femenina. Una aparición casi como la de esta noche. Desde entonces he deseado verte, pero…, pero te juro que no ha sido premeditado. ¡Ah! y es la primera vez que abro un coche que no es mío y entro en una casa clandestinamente.
Sí, lo creía. Con ese candor tan propio de los tímidos. Con esa sonrisa capaz de desarmar a cualquiera. Deseaba hacerlo con toda el alma. Pero claro, había un pequeño incidente sin resolver. Y estaba segura de hacerlo con su ayuda.
-Todavía no me has dicho cómo te llamas. Y no te preocupes, estoy dispuesta a confiar en ti, siempre que no demuestres lo contrario.
- Me llamo Gabriel. Ahora me gustaría saber el tuyo.
Le cogió la mano suavemente, sólo un instante, para retirarla convencido de que debía hacerlo. Se sentía hechizado por esa mujer madura y sensible. Estaba sólo, y había empezado mal, era consciente de ello. Debía corregir ese comienzo y buscar una vida digna. Se levantó dispuesto a salir de aquella casa reforzado.
-Soy María. Me alegro mucho, Gabriel. La próxima vez llámame antes de venir. Y te espero. Me has caído muy bien.
-Con tu permiso, lo haré. Ha sido un placer inmenso…, aunque siento mucho las molestias.
Se despidieron, inseguros, con una oleada de emoción mucho más explícita que cualquier palabra.
Hoy tocaba cuento. ¡Hasta la semana que viene!

