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ENTRE TÚ Y YO

El hilo de Feli

Pablo Piñeiro Viernes, 03 de Diciembre de 2021 Tiempo de lectura:

 

      Era un día como otro cualquiera de trabajo en la peluquería de Mari, donde llevaba ya un tiempo trabajando. La única salvedad era que llevábamos unos días con reformas por unas tuberías que filtraban humedad, pero por lo demás todo era muy normal.

 

      Yo estaba colocando cuidadosamente unos trocitos de papel de aluminio en la cabeza de una clienta que se estaba haciendo unas mechas y mi jefa estaba peinando a una chica con secador y cepillo en mano.

 

      Era una peluquería pequeña, con cuatro asientos y un gran mesado donde teníamos todo lo que necesitábamos para trabajar, no como esas peluquerías de ahora que tienen siete peluqueros, una esteticista y hasta una masajista. Esta era de lo más humilde, estaba ubicada en el segundo piso de un edificio bastante céntrico, cerca de donde yo vivía con mis padres y donde pasé toda mi infancia.

 

      «¡Pum, pum, pum!» Ese era el sonido que se escuchaba esa semana por encima de secadores de pelo a máxima potencia y del dial que hubiésemos decidido sintonizar esa mañana. Eran los fontaneros con una maceta y un cincel con el que hacían un surco en el suelo persiguiendo tuberías. La verdad es que ya estábamos acostumbradas a ese sonido.

 

      Para lo que no estábamos preparadas era para el terrible estruendo que hizo que tuviéramos que desalojar la peluquería. Pensamos que se venía abajo el edificio y poco le faltó. Se vino abajo el suelo o parte de él, donde trabajaban los fontaneros, cayéndose en la vivienda que teníamos inmediatamente debajo, el pánico se apoderó de Mari y de mí.

 

      Corrimos escaleras abajo para asegurarnos de que no habíamos ocasionado una desgracia. Cuando llegamos al piso de abajo, Mari estaba tan nerviosa que me pidió que llamase yo. Me abrió la puerta un chico de más o menos mi edad, con cara de susto y lleno de polvo hasta las orejas.

 

—¿Estáis todos bien? —le pregunté a aquel joven que a primera vista me resultó tremendamente guapo.

 

—Sí, por suerte ha caído el techo en la parte del salón y no estaba nadie de mi familia en él —esa fue la respuesta del apuesto joven.

 

      Después de las disculpas de Mari con toda la familia del primero, volvimos al trabajo. Si ya era raro convivir con fontaneros, ahora ya no te quiero contar con albañiles, peritos y demás personal que se adueñó de la peluquería esos días.

 

      Jorge, que así se llamaba nuestro vecino del primero, nos visitó para ofrecernos su ayuda con las labores de limpieza y reconstrucción. Aceptamos su ayuda y nos alegró la vista los pocos días que duró nuestro particular calvario.

 

      Tiempo después, Jorge empezó a venir a cortarse el pelo a la peluquería y me pretendió hasta que caí en sus redes. Fue una relación maravillosa que a medida que la vivíamos, nos dábamos cuenta de que el destino nos estaba poniendo uno frente al otro todo el tiempo.

 

      Descubrimos que habíamos hecho párvulos en el mismo lugar, que la comunión la hicimos el mismo día y en la misma iglesia, que cada día él me observaba desde la ventana de su casa pasar, cuando solo era una niña y peinaba coletas de la mano de mi madre. No encajó hasta que salió la conversación de que aquella niña era yo, es más, esa conversación salió cuando vimos que nos habíamos criado en el mismo barrio.

 

      La verdad es que la vida es de lo más caprichosa y parece que nos estaba poniendo en el camino el uno al otro y no queríamos vernos, pero un día cualquiera, decide ponerse un poco agresiva y hacer que lo que pudo haber sido una desgracia, fuese el comienzo de lo mejor que me ha pasado en mi vida: descubrir a mi hilo rojo.

 

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