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ENTRE TÚ Y YO

"Quien vive ve mucho. Quien viaja ve más” (Proverbio árabe)

Lola Iniesta Jueves, 09 de Diciembre de 2021 Tiempo de lectura:

 

Como decía José de Espronceda, en su “Canción del pirata” …Asia a un lado, al otro Europa, y allá a su frente Estambul…

 

Todavía no he empezado a escribir y ya sé que las pinceladas que pueda darte serán insuficientes para apreciar lo que un día se conoció como Constantinopla. He tenido la suerte de visitarla varias veces gracias a la gentileza de Turkish Airlines, su aerolínea bandera, y de distintos tour operadores. Nunca ha dejado de sorprenderme y sobrecogerme y es que, la capital de los imperios – romano, bizantino, latino y otomano – no deja indiferente a nadie que la visite. Te lo garantizo.

 

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Estambul, siendo una importante ciudad de Turquía, no es su capital. No lo necesita. Tiene personalidad propia. Atravesada por el Bósforo, un estrecho que comunica el Mar Negro con el Mar de Mármara, la imagen accediendo a ella desde el agua debería ser Patrimonio de la Humanidad. Contemplar la belleza de sus mezquitas, los minaretes anunciando con sus cantos la llamada a la oración y el ajetreo de las gaviotas sobre los destellos del agua, todo de un plumazo, impregnará una huella en los sentidos difícil de olvidar.

 

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El barrio antiguo de Sultanahmet, en zona europea, es un museo de edificios al aire libre a cual más bello e impresionante. La Basílica de Santa Sofía, famosa por su enorme cúpula, es el icono más preciado de la arquitectura bizantina y fue la catedral con mayor superficie del mundo durante más de mil años.  La catedral de Sevilla, mira tú por donde, fue quien le quitó el título. La Mezquita Azul, la única con 6 minaretes al igual que la Meca, fue un capricho del Sultán Ahmed I que quería superar a la construcción cristiana y la situó frente a Santa Sofía, consiguiendo dos monumentos espectaculares en la misma explanada. Dos amantes unidos para siempre. La mezcla de mosaicos azules, de colores tenues y de luz a través de sus vidrieras consiguen una atmosfera de oración y reflexión impecable. Muy cerca de ellas, escondida bajo tierra, la Cisterna de Yerebatan, Palacio Basílica sumergida, te deja sin habla al descubrir su bosque de columnas de mármol, tras bajar sus 52 escalones de acceso.

 

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El Palacio de Topkapi o Puerta del Cañón es un palacio a lo grande, compuesto por muchos edificios y rodeados por cuatro patios. Ni más ni menos que 700.000  m2 rodeados por una muralla bizantina, el doble de extensión que la Ciudad del Vaticano. ¡¡Así se las gastaba el Imperio Otomano!!  Te pierdes dentro de él, pero merece la pena aguantar las colas y no saltarte La Sala del Harén, y La Sala del Tesoro, donde se encuentran entre otros la daga de Topkapi, la más cara del mundo, elaborada con oro, diamantes, esmeraldas y piedras preciosas, y el diamante cuchara, el de “Las mil y una noches”, el tercero del planeta en peso y tamaño. Te hará reír la colección de la Indumentaria Imperial. Talles anchos y brazos cortos. ¡Yo creo que Solimán El Magnífico y Astérix y Obélix podrían ser parientes!  Después de todos estos descubrimientos, uno no puede abandonar el Palacio sin tomar un café turco, disfrutando de las vistas del Mar del Bósforo.

 

Vamos a dejarnos de monumentos y vamos al lío, que Estambul es una ciudad viva, alegre, locuaz y merece la pena perderse entre bazares, olores, colores y sabores.

 

En El Gran Bazar, todos los turcos te ofrecen, te llaman, te dan precio, te lo bajan, se chillan entre ellos, y cuando se enteran que eres español, te asaltan con frases como “más barato que Mercadona”… “misma calidad que Corte Inglés” y ya te han ganado (jajaja). Vuélvete loco comprando cerámicas multicolores, lámparas turcas, amuletos contra el mal de ojo, alfombras kilim, joyas en plata y oro y muchas otras artesanías locales.

 

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Continúa en El Bazar de las Especias, donde insistirán que pruebes desde un té hasta caviar que dicen es “mejor que ruso”. Imprescindible comprar sus delicias turcas de sabores, especias que huelen divinas o mil y un té de aromas peculiares. Y sus frutos secos. ¡¡Ay esos pistachos turcos, pequeños, apretados y sabrosos que son mi debilidad y mi perdición!!

 

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A la salida del Bazar de las Especias hay que comer pescado en los puestos ambulantes del Puente Gálata y disfrutar del trasiego de gente que pesca, cocina, pasea y disfruta  de las vistas. Es un maravilloso puente levadizo que une ambos continentes y distintas formas de vida. Coge un ferry y adéntrate en el estuario natural del Cuerno de Oro. Divisa como sobresale, imponente, la Torre Gálata.

 

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Esta espectacular ciudad, asociada últimamente a trasplantes capilares y a series de televisión, tiene para ofrecerte un sinfín de experiencias tradicionales que no te puedes perder.

 

No puedes abandonar Estambul sin visitar un Hamam y disfrutar de un exfoliante baño turco. Ni tampoco sin fumar una shisha. Tienes que comer un tradicional kebab y beber un Ayran, un batido de yogur salado. Maréate viendo bailar sus derviches danzantes y su danza del vientre. Pasea por la Plaza Taksim, considerada el corazón del Estambul moderno. Disfruta desde tierra y desde el mar…Vívela...Siéntela…Recítala:” y ve el capitán pirata, cantando alegre en la popa, Asia a un lado, al otro Europa…”

 

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