
Cuántas veces hemos dicho, “yo nunca haré lo que hicieron mis padres” y en la cocina de tu casa te pillas a ti misma hablándole a tu hijo como tu madre. ¡Qué rabia nos da! sobre todo porque no estamos siendo genuinos, sino parte de un guion.
En el coche con mi hija mayor. Le hago una pregunta y su respuesta, con un solo monosílabo, me traslada a una escena con mi padre. Estaba contestando de la misma manera que mi padre lo hacía conmigo de pequeña y que es obvio que yo lo he reproducido con mi hija. Una sola palabra, pero cargada de muchísimo significado.
Nos ha llevado durante el trayecto por la carretera a dialogar sobre la repetición de patrones, casi todos inconscientes, pero que nos atrapan y nos hacen perpetuar dinámicas, muchas veces, disfuncionales de comunicación.
Ya lo decía Platón en el mito de la caverna. “Estamos encadenados dentro de una caverna, desde que nacemos, cegados y limitados a la sabiduría, y que quizás no queramos romper esas cadenas porque nos sentimos cómodos sin habernos esforzado un poco más para realmente conocer”.
Salir de la zona de confort, a un mundo de aprendizaje, no sólo me libera a mí, sino que libera a mis hijos, amigos, pareja, de la misma pauta disfuncional. Lo bueno es darse cuenta de esas cadenas para dejar de hacer lo mismo. Si nos damos cuenta que siempre son las mismas respuestas ante las situaciones, ya sea de enfado, de tristeza, miedo, debemos pararnos a reparar que estamos haciendo las mismas cosas. Y hasta donde yo sé, si hacemos las mismas cosas, nos pasarán las mismas cosas.
Estar perdidos o asustados ante el bosque, como la película del cineasta Shyamalan, nos recuerda a la alegoría de la caverna de Platón, con cadenas que nos sujetan el cuello y las piernas de forma que únicamente podemos mirar hacia la pared del fondo de la caverna sin poder nunca girar la cabeza. En nuestro bosque vital vivimos con amenazas desconocidas para no atravesar los límites que nos daría libertad, a mí y a los que me rodean. Conocemos y cumplimos las reglas que nos alejan del bosque, creyéndonos una realidad que, en realidad, no es.
Os invito a desafiar nuestro guion establecido, a que nos atrevamos a despertarnos de manera emocional, intelectual y existencial con otras formas de responder a nuestros hijos y a la gente. Y entonces ya no será lo mismo porque ya no será otra vez, como en el Show de Truman, buenos días, buenas tardes, buenas noches. Será lo que nosotros queramos que sea.
Este artículo se lo dedico a mi madre, que acaba de perder a su hermana pequeña, Mari Cruz, de manera repentina. Y, por supuesto, con todo mi cariño a mi tío Pedro y a mis primos Mery, David y Pedro.
Un abrazo, Esther.

