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ENTRE TÚ Y YO

'Generación ofendida'

Javier Escolano Lunes, 03 de Enero de 2022 Tiempo de lectura:

 

“No hay lados ocultos, pero sí lados que no miramos o incluso que no vemos porque los modos de hacer el mal y padecerlo, más allá de sus formas más extremas, son tal usuales que permanecen imperceptibles ante nuestros acostumbrados ojos” (Ana Carrasco-Conde, Decir el mal”, Editorial Galaxia Gutenberg, 2021, página 11).

 

Afirmar que “el mal existe en el mundo”, parece una tautología. Esto es, una repetición innecesaria, por cuanto la experiencia histórica y nuestra memoria individual, atestiguan la imperfección de la actuación humana y el daño que, en muchas ocasiones, por omisión o por acción, causamos a quienes nos rodean. Es por ello que, también, el recuerdo y nuestro presente están  unidos a la bondad humana, que se prodiga con naturalidad, sea iluminada por la razón o acrecentada con la fe.

 

Pero, en todo caso, el progreso de nuestra especie es, en gran medida, la construcción de sociedades amables y abiertas, en las que personas y agrupaciones diversas, disfrutan en igualdad de las oportunidades y libertades individuales, sin las cuales la vida es un verdadero tormento.  

 

Hoy, hay un ámbito en el que vemos un claro retroceso (como apunté en mis colaboraciones anteriores); y es, precisamente, aquel propio de la educación de mayor nivel (la universidad) y la creatividad por naturaleza (la cultura y el arte).

 

Es por ello que les recomiendo un libro, del que tomo prestado el título de este artículo: “Generación ofendida: De la política cultural a la política del pensamiento” (Editorial Península Atalaya, 2021) de Caroline Fourest, (Aix-en-Provence, 1975), Diplomada en Historia y Sociología y en Ciencias Políticas, redactora jefe  de “Prochoix”,  periodista de “Charlie Heddo” y profesora en el Instituto de Estudios Políticos de Paris.

 

La trayectoria intelectual de la autora hace recomendable cualquiera de sus anteriores libros (“Eloge du blaphéme” y “La derniére utopie”); pero el actual, editado en español, constituye una nítida y amena aportación desde la causa feminista, la izquierda francesa y la defensa de la universalidad y la libertad de expresión.

 

Caroline Fourest desarrolla su ameno, breve e intenso ensayo (de 154 páginas) con importantes referencias a:

 

La penetración de las primigenias doctrinas anglosajonas de la “apropiación cultural” (definida por Susan Scafidi como: “el hecho de adueñarse de la propiedad intelectual, del saber tradicional, de las expresiones culturales, de los artefactos de la cultura de otro sin su permiso”);   “la cancelación” (la censura de obras artísticas, pictóricas, escultóricas o de teatro), o “el feminismo interseccional”.

 

La situación actual en Francia republicana (“temo por la libertad de creer, de pensar, de dibujar y hasta de burlar”), con especial referencia la generación joven  y a sus organizaciones (por ejemplo,  el sindicato de izquierda más antiguo, la Unión Nacional de Estudiantes de Francia, defensor siempre de la laicidad contra los integristas y los antiabortistas, con un giro actual de ciento ochenta grados, para respaldar el “Día del Hiyab” y centrarse en las reivindicaciones “identitarias” e “indigenistas” hasta acusar a los laicos y a las feministas de “islamofobia”); así como denunciar, desde su activismo feminista, a movimientos como “Indígenas de la República” (constituido en partido político desde 2005), que se define como “antirracista y decolonial”; pero también, acusado de antifeminista, antisemita, homófono, identitario y, hasta, racista.

 

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Caroline Fourest, cita a su líder, Houria Bouteldja, quien publicó un libro (“Los Blancos, los Judios y nosotros”), en el que literalmente dice: “Mi cuerpo no me pertenece, Ningún magisterio me hará asumir un lema concebido por y para las feministas blancas… Pertenezco a mi familia, a mi clan, a mi barrio, a mi raza, a Argelia, al islam”.  A decir de Caroline Fourest: “Una lógica que la conduce a considerar que una mujer violada por un hombre de su clan -es decir, de su cultura- no debe denunciarlo, para no alimentar el racismo. La consigna es clara. Una feminista no ha de delatar a su violador si este es negro, árabe o musulmán, sobre todo siendo musulmana, so pena de traición”.

 

El retorno a Europa de un fundamentalismo religioso que piensa en separar claramente a las mujeres de los hombres y clasificar a los ciudadanos en “racializados” y “no racionalizados”, “transgénero” y “cisgénero” (cuando su sexo biológico se corresponde con su identidad de género). Hasta el punto de preconizar talleres de debate no mixtos racial ni sexualmente”.

 

Y concluir con una llamamiento para revertir la situación en la cual los “… jóvenes, a fuerza de vivir un mundo descontextualizado, el de las redes sociales, sin que las universidades los eduquen para tener un espíritu crítico”, son de una injusticia anacrónica”; de modo que “lo único que falta es impedir que los tiranos dicten la ley en los campus”; y desafiar la intimidación y volver a aprender a defender la igualdad y no la mera diversidad. Sin ceder a la tentación de poner a competir la lucha contra las desigualdades sociales y la lucha contra la discriminación… Soñando con identidades fluidas, con sexualidades libres, con transculturalismo y con una sociedad mestiza… La tiranía de la ofensa nos está sofocando”.

 

En mi opinión: Caroline Fourest es una voz autorizada que junto a otras se están escuchando, cada vez con mayor intensidad y, quiero creer, con creciente interés, en las sociedades occidentales democráticas para recuperar el terreno perdido en la efectiva libertad de expresión, previa e indispensable para el sano debate con las herramientas de la razón, que permite la construcción de mejores sociedades abiertas, creadoras del acerbo común que constituye el mejorado tesoro legado por las generaciones anteriores y sujeto a la perfección de quienes ya nos empiezan, afortunadamente, a suceder.

 

La frescura rotundidad de sus reflexiones, inescindibles de su práctica comprometida cotidiana, reconforta desde la actualización inequívoca de las ideas de la izquierda francesa, universalista (por tanto, antisectaria),  republicana (en el mejor sentido de nuestro vecino país) y feminista. Con una consecuencia nítida -a mi juicio- evitar que los inquisidores modernos confisquen la “historia”, para poder reescribirla.

 

Con ella, Francia apunta a un nuevo horizonte universalista que reivindica no ser silenciado ni cancelado por nuestra apariencia, raza, origen, sexualidad o credo.

 

Siempre, con la vieja receta  de Thomas Jefferson: “no debemos tener miedo de seguir la verdad, nos lleve adonde nos lleve”.

Queridos lectores, quien nos iba a decir, tras superar la segunda década del siglo XXI, que seguiría siendo revolucionario “buscar la verdad utilizando la razón, con la fuerza de la fe en el ser humano,  la mochila llena de ciencia, técnica y filosofía y los múltiples ropajes del arte”. 

 

El viaje queda, todavía abierto: buscar la auténtica belleza y disfrutar de la bondad de este mundo, sin olvidar que la inhumanidad ha de ser desenmascarada. Pero comprender no es justificar.

 

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