
Ya hemos dado por terminado otra navidad. Los Reyes Magos han sido solitarios, precavidos y responsables. Las cartas se han escrito desde la más absoluta discreción, llevando muy en cuenta la dificultad a la que estamos sometidos; el miedo, por qué no decirlo, que llevamos encima. Ómicron ha aparecido como diciendo “más difícil todavía” cuando pensábamos que haber cumplido con la obligación de ser obedientes hasta el ¿final? no ha servido mucho. Porque estas apariciones, estos retrocesos acaban con nuestra mejor voluntad, puesta en la ciencia, la suerte, el aislamiento, y en nuestra cara tapada, para este largo tiempo de penumbra.
Pero hoy quiero hacer una reflexión. Siento la necesidad de hacer balance, cuando termina este reencuentro con una etapa que se repite con la misma cadencia todos los años; una melodía que no cambia, embutida en la magnitud de la tradición por excelencia.
Qué decir ahora, en este momento en el que todavía está caliente el gran esfuerzo basado en el comportamiento de estos días, se podría decir, rompedor de una rutina que acaba por padecer una desolación de las costumbres. Nos renovamos a pesar de todo. Y es que la fecha forma parte de la más humilde tarea de mostrar sin pudor las emociones, los sentimientos, y los pensamientos más íntimos y personales, intransferibles, pero comunes a todos los mortales que habitamos la tierra. Y es que el ser humano mantiene de igual forma, la misma cadena de percepciones en su interior.
Es la mayor hermandad universal, aunque la diversidad nos presente una realidad distinta. Pero siempre nos impresionan esos motivos de celebración que nos transportan hacia un deseo compartido de mejorar algo. El mundo lo pide a gritos. No somos únicos al desear que los demás también tengan estos pensamientos hacia otros latidos que se aproximan en el esfuerzo común. De acuerdo que la desproporción es manifiesta: el sufrimiento, la pobreza, la muerte, las oportunidades en la vida, parecen cerrar un círculo asfixiante, sin salida. Es necesario hacer algo. Pero nos evadirnos como podemos. Por eso también olvidamos que esa otra vida está muy cerca; cerramos los ojos a tantas cosas…
Descartes hizo un método para fabricarse sus propios razonamientos. Necesitaba que sus argumentos lograran apaciguar la inquietud, encontrar la verdad por sí solo, de manera individual, como una lección que sirviera a otros. Necesitaba su sentido común, su intuición, sus preguntas y sus ejemplos sencillos que lo llevaran a entender las decisiones que se habría de tomar en la vida.
Y sigo dando vueltas a estas cosas, pensando lo que nos proporciona la situación vírica: contagios familiares, sobresaltos, dudas, miedos. Mientras, las celebraciones han seguido su ritmo lento, interminable. Una mezcla difícil de digerir, y hasta ahora no parece que haya ningún método que por lo menos nos ayude a no perder de vista el horizonte. Lo digo porque todo lo referente a lo que está sucediendo, es incomprensible. Ha pillado por sorpresa. Nos sentimos impotentes, entre otras cosas, por el caos que supone la propagación, ese hilo conductor que cualquiera puede llevar hacia los demás.
A la gente de a pie nos deja en suspenso, hay muchas preguntas sin respuesta. Oigo en la radio, nada más encenderla, da igual la emisora, todas hablan de lo mismo, a un tertuliano que pregunta dónde está la diferencia entre la gripe y la covid; puesto que ahora los síntomas en gente vacunada son mucho menos agresivos, si es mejor quedarse en casa hasta que desaparezcan los síntomas, por si acaso. Y en Canadá las autoridades sanitarias aconsejan que cuando se noten indicios de enfriamiento no se acuda a los centros hospitalarios, simplemente hay que mantenerse en el domicilio el tiempo fijado. Nada de pruebas de antígenos. O sea, que sea o no sea, es mejor no salir, prevenir. Pero claro, en la familia se crea una emergencia de riesgo real, donde todos se contagian, y donde se condena a un encierro forzoso. Así que un simple estornudo es capaz de sacudir todo el orden y la armonía de una casa.
Y es que al terminar esta navidad nos queda una sensación agridulce, molesta, hasta hipocondríaca. Empezamos enero y lo mejor es quedarse en casa. Otra vez. ¿Cuáles son los pasos por seguir? Las luces ya se han apagado, los brillos han desaparecido. El telón de la fiesta se ha bajado y de nuevo nos enfrentamos a situaciones repetidas, estados de alarma y miedo. Sí, mucho miedo a retroceder, a ver como se cierran puertas, las virtuales y las auténticas porque, ¿quién va a dar pasos prohibidos?
“Si no puedes con tu enemigo, únete a él”. Cuando se acepta una situación dolorosa, se empieza a luchar, dice Mario Alonso. Son armas que vamos aprendiendo a manejar. Y a pesar de todo: siempre nos quedará el ruido de la ciudad.
¡¡Nos encontramos la semana que viene con más divagaciones!!

