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ENTRE TÚ Y YO

El Santo Dedo

Paco López Mengual Viernes, 07 de Enero de 2022 Tiempo de lectura:

 

          Siempre me ha resultado chocante la feroz competencia de los clérigos del medievo por adquirir reliquias de hombres santos para su veneración; la lucha por atraer, así, un mayor número de fieles a sus iglesias, rivalizando con las de los pueblos vecinos. Reconozco que cada vez que visito una iglesia me detengo un buen rato ante su relicario a contemplar lo que allí se conserva.

 

          Desde hace siglos, en la parroquia de la Asunción de mi pueblo, Molina de Segura, se conserva uno de los dedos de San Vicente Mártir, el patrón de la ciudad. La reliquia, que se preserva en el interior de una custodia, fue regalada por un fraile que visitó el pueblo. Desde entonces, el Santo Dedo ha sido muy venerado por los feligreses, que se arrodillaban ante él y le dedicaban largos rezos. Cada 22 de enero, el dedo de San Vicente protagonizaba la procesión que recorría las calles más céntricas en honor al Santo Patrón. En el verano del 36, cuando fue saqueada la iglesia de la Asunción, una niña recogió la reliquia que había sido tirada al suelo y la salvó de la quema escondiéndola en el bolsillo de su falda. Durante los tres años que duró la Guerra Civil, la mantuvo oculta bajo el colchón de su cama y, una vez concluida la contienda, fue repuesta en su lugar celebrándose una emotiva ceremonia de desagravio. En pocas ocasiones se ha adorado tanto un dedo.

 

          Hace unos años, durante un viaje que realicé a Lisboa con mi mujer, visité la Alfama, el antiguo barrio pescador de la capital portuguesa. Paseando por sus empinadas calles, descubrí un templo consagrado a San Vicente Mártir que, al igual que de Molina de Segura, es el patrón de esa ciudad. En las vitrinas de aquella parroquia, había muchas calaveras envueltas en trapos; brazos, pies y corazones momificados dentro de urnas. Pero mi mayor sorpresa fue la de encontrar en el interior de un arcón de madera con tapa de cristal el cuerpo momificado del Santo. Me llenó de gozo el encuentro. Fue como toparte en una ciudad extranjera con uno de tu mismo pueblo. Confieso que me dieron ganas de decirle: ¡Acho! ¿Qué haces aquí?

 

          Durante un buen rato permanecimos asomados a la urna, contemplando al Santo. Debo decir que había poca luz, y que el cristal estaba oscurecido por el humo de las velas… Pero a pesar de ello, pudimos observar detenidamente las manos del cadáver y comprobar atónitos que estaban íntegras, que no les faltaba ningún dedo. Entonces comenzamos a preguntarnos de quién era el dedo al que llevábamos 400 años rezándole y sacándolo en procesión en nuestro pueblo.  No pudimos resistir el imaginar a un pobre vagabundo que tuvo la mala fortuna de pasar por aquí y toparse con un avispado sacristán…

 

          Al regreso a Molina y comentar con la gente nuestro descubrimiento, la mayoría afirmaba que nuestro dedo es, sin ninguna duda, auténtico; y que, seguramente, el cuerpo que veneran los portugueses sea el de algún mendigo al que le dieron un porrazo, le colocaron una casulla de santo y lo metieron en una urna. Una farsa.

 

         Lo cierto es que, además del certificado papal que verifica la autenticidad de nuestra reliquia, existe una prueba infalible que demuestra que el dedo es el de San Vicente Mártir: en la catedral de Valencia, en el interior de una caja de cristal, se conserva el brazo del Santo… al que le falta un dedo. Sin duda, el de Molina.  

 

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