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Opinión |
Lunes, 24 de Enero de 2022

¿Somos inclusivos?

 

Leo en la prensa que una muleña ha sido seleccionada por Forbes como una de las personas que cambiará nuestra realidad en 2022. Esta muleña, en concreto, es Esther Pina, fundadora de la StartupSecret Sound”. A través de su iniciativa se consigue facilitar el acceso a la cultura audiovisual a personas con problemas de audición y habla.

 

Esta noticia no me deja indiferente, sobre todo porque Esther tiene 23 años y ya despunta por su compromiso, su iniciativa, mentalidad, emprendimiento y liderazgo. Cualidad ésta que no sólo la ha llevado a situarla entre los veintidós protagonistas del 2022, según la lista Forbes, sino que ya en 2019 le hizo ganar el primer premio de los proyectos empresariales del Ayuntamiento de Murcia y que le deslumbra un futuro fulgurante.

 

Esta noticia me da qué pensar no sólo por la brillantez de su mente y la juventud en la que ya destaca entre la multitud, sino por la solidaridad, la empatía y el altruismo. Su iniciativa es inclusiva, permitiendo acceder a música, charlas, mesas redondas y otros programas culturales. Estas cosas me hacen sentir pequeña pero también me hacen recapacitar sobre la inclusividad.

 

Aunque la definición principal es: “actitud, tendencia o política de integrar a todas las personas en la sociedad, con el objetivo de que éstas puedan participar y contribuir en ella y beneficiarse en este proceso”. La mayoría nos quedamos en el lenguaje inclusivo en cuanto al género; como expresión oral y escrita que no discrimina a un sexo, género social o identidad de género en particular y que intenta evitar estereotipos de género. Es decir, se trata de evitar las diferencias entre hombres y mujeres respecto al discurso pero ¡¿qué ocurre con la realidad social? Es preciso cambiar una situación que es externa a la propia lengua y mientras esto no ocurra la efectividad del lenguaje inclusivo queda en entredicho.

 

El lenguaje crea pensamiento, se piensa cuando se habla y, al mismo tiempo, representa y construye realidad. Por este motivo la lengua debería reflejar los cambios sociales protagonizados por las mujeres en las últimas décadas, pero las desigualdades no sólo se encuentran en el ámbito del género. Las personas con discapacidades o capacidades diferentes también se encuentran ante una situación de desigualdad pero ¿cómo los incluimos en el lenguaje? Podríamos utilizar el lenguaje de accesibilidad y así hacerles partícipes.

 

Pues bien, con esta reflexión en mi cabeza, me encamino a mi oficina repasando las campañas y eventos organizados, los proyectos y las colaboraciones como ésta, en MurciaEconomía, y me doy cuenta de que aun cuando procuramos tenerles en cuenta, hacen siempre falta iniciativas como ésta de Esther Pina. Para habilitar la participación de personas con discapacidad es importante que todos hagamos un esfuerzo en allanar el camino y proporcionarles un entorno   apropiado para su correcto desarrollo.

 

Desde mi punto de vista, la modificación del contexto social de desigualdad, en el que se habilita la participación en experiencias independientemente de sus capacidades, modificará también el lenguaje utilizado.

 

¡Aprendamos de Esther y contagiémonos del espíritu inclusivo!

 

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