
“La arrogancia es la suma de la ignorancia y la convicción. Mientras que la humildad es un filtro permeable que absorbe las experiencias de la vida y las convierte en conocimiento y sabiduría” (Tim Urban en www.waitbutwhy.com/2019/09/thinking-ladder.html).
“Olvidar lo aprendido” sin más puede ser, evidentemente, un auténtico drama; pero también lo es ser esclavo del conocimiento adquirido, máxime en un mundo plagado de retos inéditos y certidumbres escasas, en el que lo inesperado aguarda al día siguiente, para demostrar la obsolescencia de las herramientas con las que hemos cimentado nuestro “saber”.
Es por eso que les traigo noticia de un libro que tiene por objeto una importante herramienta: “reconsiderar las cosas”, titulado “Piénsalo otra vez: El poder de saber lo que no sabes” (Editorial Deusto, 2022) de Adam Grant (Míchigan, 1981), psicólogo organizacional, profesor en la Universidad de Pensilvania, consultor, escritor en The New York Times y conferenciante en las charlas TED.
En sus 341 páginas, divididas en tres grandes apartados dedicados a las reconsideraciones “individuales”, “interpersonales” y “colectivas”, y culminadas con la conclusión titulada “escapar de la visión unidireccional”, el autor, con un texto ameno, lleno de referencias a experiencias, estudios y experimentos, nos lleva a una auténtica aventura intelectual que:
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Parte de una evidencia: “para disponer de una buena fortaleza mental, la primera idea que suele venir a la cabeza tiene que ver con la inteligencia… Pero en un mundo tan turbulento como el nuestro, hay otra capacidad cognitiva que puede llegar a ser aún más importante: la de reconsiderar las cosas y olvidar todo lo aprendido”.
Nos propone un reto: “pensar otra vez la forma en que trabajamos, lideramos y vivimos; y ofrecer a los demás la posibilidad de hacer lo mismo”. Ya que: “pensar otra vez puede ayudarte a crear nuevas soluciones para viejos problemas; y también a revisar las viejas soluciones para los nuevos problemas”. Lo cual es más acuciante ahora, pues: “el ritmo creciente de los cambios nos obliga a cuestionarnos nuestras creencias con mucha más inmediatez que en cualquier otro momento del pasado”.
Un camino: “reconsiderar es un conjunto de habilidades, pero es también una actitud. Ya tenemos muchas de las herramientas mentales que necesitamos. Sólo tenemos que acordarnos de sacarlas de la caja y quitarles el óxido”. Es imprescindible luchar contra la pereza mental, pues: “por desgracia, en lo que respecta a nuestros propios conocimientos y opiniones, muchas veces preferimos sentirnos bien a estar en lo cierto”.
Una metodología: el método científico; esto es, “realizar experimentos para comprobar las hipótesis y obtener nuevos conocimientos”. Y evitar imitar la típica actitud de tres profesionales (Phil Tetlock): un predicador (soltar sermones para proteger y promover nuestros ideales), un fiscal (actuar sobre los puntos débiles de los demás, demostrar que se equivocan y ganar el caso) y un político (hacer campaña y mover los hilos que hagan falta para obtener la aprobación). “El pensamiento científico prefiere la humildad al orgullo, la duda a la certeza, la curiosidad a la cerrazón”. O dicho de otro modo, utilizando las palabras de Elizabeth Krumrei-Mancuso: “El aprendizaje requiere la humildad para darse cuenta de que uno tiene cosas que aprender”.
Y finalmente, treinta recomendaciones favoritas o acciones para el cambio, (entre ellas): “disfruta del placer de equivocarte” o “aprende algo nuevo de cada persona que conozcas”.
En mi opinión: es imposible resumir en esta tribuna la riqueza de las reflexiones, los matices y las sugerentes experiencias que recorren la aventura propuesta por Adam Grant en su libro. Por lo que destaco para mí y comparto con ustedes: la invitación, a obtener un sentido a la vida (quién eres debería ser una cuestión de valores, no de creencias); y a resistir el impulso de simplificar las respuestas que tendemos a dar en todos los ámbitos de nuestra vida (familiar, profesional, redes sociales y debates políticos), Y, en particular, evitar dejarnos arrastrar por unas ideologías calcificadas, olvidando la obligación que como ciudadanos tenemos de ser críticos con la información y propaganda que nutrida y diariamente nos llega por los numerosos canales audiovisuales o escritos; lo cual nos permite premiar con nuestra atención a aquellos profesionales o divulgadores que contribuyen a abrir los debates, enriquecer los temas con diversidad de actores y permitir reconsiderar las opiniones sin condenar la disidencia. Quizás así, al menos, como dice el autor: “podría servirte para evitar que una conversación aparentemente inocente explote y se transforme en un infierno emocional”.
Queridos lectores: la herramienta ha quedado expuesta y más aún dispuesta en sus respectivas cajas. No duden en utilizarla y evitar que se oxide; pues está diseñada por su autor para contribuir a “tener una vida más gratificante”.

