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ENTRE TÚ Y YO

Democracia y café

Carlos Castillo Martes, 01 de Febrero de 2022 Tiempo de lectura:

 

La semana pasada estaba tomando un café con mi amigo Badr en la Avenue des Arts, una de las arterias de Bruselas, ciudad a la que me he mudado hace unas pocas semanas. Discutíamos sobre la compatibilidad entre la democracia y el liberalismo. Mi amigo Badr, amante del café, argumentaba que la democracia liberal es como el café descafeinado. El liberalismo pervierte a la democracia y le hace perder su esencia. Y yo estaba de acuerdo, bueno, parcialmente.

 

Efectivamente, la democracia liberal es como el café descafeinado. Pero ¿es acaso esto malo?

 

Es cierto, el café sin cafeína pierde parte de su esencia. Ahora bien, ¿Acaso el café es esencialmente bueno? La cafeína, que, como argumentaba mi amigo, es parte de la esencia del café, consumida en exceso puede causar efectos secundarios como temblores, taquicardia, nerviosismo, diarrea y/o sudoración y, en el largo plazo, problemas cardiovasculares más graves. El café descafeinado, sin embargo, permite a los amantes del café disfrutar de su sabor sin exponerse a los efectos perjudiciales de la cafeína. Si la cafeína, que puede ser nociva para la salud, es parte de la esencia del café, entonces el café no es esencialmente bueno. Pero, si extraemos esa sustancia dañina, entonces podemos disfrutar del café evitando el peligro al que de otro modo estaríamos expuestos.

 

La democracia es como el café. En su esencia, podemos encontrar elementos positivos, pero también negativos. El liberalismo es el complemento que, añadido a la democracia, la modifica lo justo como para hacerla mejor. Mejor para los ciudadanos, pues, por un lado, hace que la marcha del estado sea más operativa y, por otro, protege los derechos individuales frente a los posibles excesos en los que podría incurrir una democracia ilimitada.

 

El apellido liberal hace que la democracia sea más operativa. Bueno, no hace que sea más operativa, sino que permite que sea operativa. La democracia significa, en esencia, el gobierno del pueblo, pero ¿Está el pueblo dispuesto a realizar los sacrificios necesarios para gobernarse sabiamente? Es más, ¿Aunque estuviese dispuesto, sería capaz de alcanzar tal nivel de información y compromiso como para lograrlo? El principio de ignorancia racional, acuñado por Anthony Downs, da una respuesta para estas preguntas.

 

De acuerdo con Downs, si somos los ciudadanos los que tenemos que tomar las decisiones de gobierno del estado, entonces, lo más racional, será que lo hagamos desinformados. Supongamos que los ciudadanos tuviéramos que votar el mes que viene si el estado debe financiar la construcción bien de un parque eólico, bien de un parque solar en Calasparra. Para votar informados sobre esta decisión deberíamos, en primer lugar, informarnos en profundidad sobre cómo funciona cada uno de los dos sistemas de generación de energía. Además, deberíamos adquirir los conocimientos financieros necesarios como para poder valorar la conveniencia económica de uno y otro proyecto. Por último, deberíamos estudiar a fondo las características técnicas y financieras de cada uno de esos proyectos. Naturalmente, no estaríamos dispuestos a realizar tal esfuerzo, pues el coste de oportunidad, es decir, aquello a lo que tendríamos que renunciar sería enorme. La labor de información supondría un esfuerzo titánico que nos obligaría a renunciar a llevar a cabo las labores de nuestro trabajo, al cuidado de nuestras familias, a nuestro tiempo de ocio… Lo más racional sería, pues, o bien votar desinformado o bien, sencillamente, no participar en la votación. La democracia liberal, que aboga por la elección periódica de representantes que ejerzan las labores de gobierno parece, sin duda, más plausible.

 

Pero el liberalismo no solo mejora la democracia porque la hace operativa, sino, sobre todo, porque protege los derechos de los ciudadanos frente a los vicios a los que la democracia puede llevar. El liberalismo añade una serie de principios que dan sustancia al mecanismo formal de la democracia. De otro modo, las decisiones estarían justificadas por el mero hecho de haber sido acordadas democráticamente. Pongamos un ejemplo. Si en mi grupo de amigos, formado por 10 personas, se realiza una votación y 8 de ellos votan a favor de expropiar todos mis bienes y repartírselos, esa decisión sería perfectamente democrática. La democracia liberal, mediante una serie de mecanismo formales, como la separación de poderes, y otros mecanismos sustanciales, como la proclamación de una serie de derechos y libertades inviolables, evita que se pueda cometer este tipo de violaciones que podrían darse en una democracia pura.

 

En definitiva, la democracia liberal, al igual que el café descafeinado, es más sana. Así que, si quieren tener un corazón sano, vigilen las dosis de cafeína que toman. Si quieren vivir en una sociedad sana, cuídense de creer a aquellos que opinan que el liberalismo desvirtúa la democracia, pues sólo así se puede evitar que la democracia se convierta en tiranía. Y, créanme, la mayoría puede ser tan tirana como el peor dictador.

 

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