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ENTRE TÚ Y YO

De mayor quiero ser como Rafa Nadal

Francisco Luis Velasco Miércoles, 02 de Febrero de 2022 Tiempo de lectura:

 

Era yo niño aun cuando mis padres me alejaron de mi casa de toda la vida para que comenzara mis estudios en un internado en el año 1985; el convento de Santo Domingo de Orihuela, conocido también como Colegio Diocesano de Santo Domingo y apodado como El Escorial de Levante. Un famoso por aquel tiempo edificio monumental de estilos gótico, renacentista, barroco y rococó del siglo XVI que terminó convertido por derecho propio en el Monumento Nacional más grande de toda la Comunidad Valenciana y más representativo del antiguo Reino de Valencia.

 

Todavía me acuerdo bien de sus dos claustros de estilos renacentista y barroco, de su lóbrega iglesia barroca lujosamente decorada en la que pasé innumerables horas rezando, meditando, investigando sus catacumbas, acariciando el teclado del magistral órgano o a veces simplemente, sentado en uno de aquellos bancos de madera recia respirando una paz y una armonía que ya quisiera yo rememorar en estos días.

 

Pasé noches en vela, muchas, llorando de pena, pena por pensar que mis padres no me querían cerca, y que, sin decirme una sola palabra, me habían apartado de su lado por considerarme una mala persona. Recuerdo que era solo un día a la semana el que podía recibir la llamada de mis progenitores, momento tan esperado como aquel en el que el sediento abre la boca para tragar agua pura y limpia. Los sollozos me embargaban la voz al hablar con mi madre y cuando salía de nuevo a la luz del claustro, todavía rodando alguna lágrima por mis mejillas, algunos compañeros despiadados se reían de mí por lo que consideraban una conducta impropia de un verdadero interno.

 

Se podría decir que pasé un infierno, experimenté un perpetuo presentimiento innegable de muchos pesares y sufrimientos, una mili adelantada donde un puñado de «chicos» sin escrúpulos abusaban de mí, me pegaban, me insultaban y me vejaban a diario. Una cruz que no llegué a comprender su finalidad y cometido hasta bien entrado en años. Porque ahora, siendo padre, comprendo perfectamente aquella decisión tan dura para los míos en su momento. Hicieron con ello que durante esos años dejase de vagar por mi alma el espíritu del conformismo, de la holgazanería, de adueñarse de las cepas de una vida fácil. Sin comprenderlo, me habían convertido en un hombre a la temprana edad de 13 años. Un hombre hecho y derecho que ahora le da las gracias a sus padres por haberle enseñado que las cosas no caen del cielo, que lo fácil no es lo correcto, que cada día se sufre un calvario para seguir adelante y que lo que más cuesta, más recompensa.

 

Me enseñaron que el esfuerzo y la dedicación son el único camino, que debes enfrentarte tú mismo a tus miedos, a los abusones, a las contrariedades de esta puta vida para sentirte orgulloso de ser quién eres, que nada se obtiene alargando la mano para recibir un dinero que no te mereces porque no lo has ganado. Que las cosas cuestan mucho sudor, esfuerzo, sangre y lágrimas. Y que, si algo quieres, debes buscarte las habichuelas por ti mismo. Esperar humildemente tu turno. Reponerte de las caídas, levantarte del suelo sin balbucear y poner la otra mejilla sonrojada las veces que haga falta. Que no vale el conformismo más que la perseverancia. Que los demás hagan por ti aquello que solo tú respondes. Aun y cuando estés helado por el miedo, por la sensación de dolor intenso, por la precaución de la muerte, aun en esos duros momentos, aquellos años de esa inexperta y mía cabeza infantil contra todo pronóstico me ayudaron a comprender que, por ti mismo, puedes conseguirlo todo con trabajo, dedicación, sufrimiento y mucho esfuerzo.

 

Esa es la España que representa Nadal, la que merece la pena vivir y defender, la del arrojo constante y las cosas en su sitio, la del mérito precedido por el sacrificio y el aprecio por las cosas bien hechas, la de la perfección adornada gloriosamente por una humanidad y humildad sin paragón.

 

Rafael Nadal logró la victoria sobre el ruso Daniil Medvedev en la final del Abierto de Australia a base de garra y pundonor, de sobreponerse a un marcador adverso cuando todos lo daban por vencido. A base de demostrar que su férrea resistencia frente a la adversidad y su voluntad inmutable de conquistar otro hito terminaron imponiéndose. Que las lesiones o el desgaste físico no son más poderosas que la mente, que se puede...

 

Uno no llega a ser el mejor tenista de la historia porque lo coloquen a dedo. Nadal es un manantial de agua cristalina en una España putrefacta y conformista. Un ejemplo de resistencia y voluntad, de perseverancia, constancia y esfuerzo para todos. Un hombre que encaja las derrotas sin culpar a los demás de sus desgracias, en contraste con la actual cultura de la queja. Que demuestra que la fuerza interior puede combatir tus limitaciones, que sabe sobreponerse a la adversidad, a la frustración, a los contratiempos y se adapta para salir delante de los problemas. Un maestro que derrocha una naturalidad desprovista del engreído dispendio que nuestros políticos de mierda nos obsequian. Esos mismos que desde sus escaños nos invitan a vivir una España facilona del subsidio, de la paga por no hacer nada, del dinero compra votos. Una España mediocre, transigente y tragacionista.

 

Nadal encarna unas ideas que no encajan en el «estilo» de los nuevos planes de estudio que han diseñado para nuestros hijos, a los que permiten maliciosamente pasar de curso tras haber suspendido. Niños a los que engañan con una comodidad irreal que los priva de conocer lo dura que es la vida, esa vida que millones de españoles anónimos soportan cada día en silencio, esa en la que hay que padecer, sudar, madrugar, pasar mil noches de insomnio y sufrir para seguir adelante.

 

Es curioso y paradójico que algunos se atrevan a hacer suyos los méritos de Nadal cuando su éxito es la antítesis de la filosofía del rechazo al esfuerzo imperante en el país. Cuando nos están doblegando con el miedo de telón de fondo a formar una sociedad que ha renunciado a seguir su ejemplo. Una donde el sentido del deber, las cosas bien hechas, la responsabilidad, la ética del trabajo y la exigencia brillan por su palmaria ausencia. Nadal representa todo lo contrario.

 

Nos gustaría parecernos a él cuando nos miramos al espejo, pero no hacemos nada para lograrlo. Su patriotismo es tal que se jacta de ser español cubriéndose con la bandera nacional cuando aquí la escondemos. Pero no te engañes, las victorias son solo suyas, por mucho que te las ofrezca humildemente y las consigue solo, sí, esa es la lección que me enseñaron mis padres en aquel internado, solo tú sin más apoyo serás capaz de lograrlo.

 

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