
Llevo unos días pensando en solitario lo que le rondaría a Rafa Nadal por la cabeza cuando estaba contra las cuerdas, después de perder los dos primeros sets, en el torneo que le ha catapultado como el tenista más grande la historia. Sin fuerzas, cansado después de una temporada de muchos contratiempos, lesiones, el covid y quién sabe cuántas cosas más, todo el mundo vio cómo se levantaba y conseguía ganar los dos sets siguientes. Pero luego, vuelta a empezar. De nuevo a pelear y ver cómo en el último set perdía su saque casi a punto de terminar. Y yo me volvía a preguntar cómo estaría gestionando su cabeza esa situación. En silencio y sin ayuda, después de cinco horas de partido. Igual pensaba que no lo iba a conseguir. Que ya no estaba para ganar un Grand Slam. Que diez años de diferencia con su rival se notan demasiado o que llevaba ya muchos kilómetros recorridos ese domingo de enero. El caso es que el final de la historia ya lo conocen.
Y vengo a poner este ejemplo por dos motivos. Primero, para poder expresar mi humilde homenaje a este luchador. Y segundo, para darnos cuenta de que aun estando solo, cansado, sin ayuda, se puede conseguir alcanzar la meta. No hace falta sonreír cuando las cosas no van bien. Pero seguir luchando te permite sacar la sonrisa más emotiva. Una como nunca vimos antes a nuestro Rafa. La que mostró al ver cómo Medvedev estrellaba en la red la última bola. La bola de partido. Una sonrisa que nunca sabremos qué quería expresar. Como la de la Gioconda de Leonardo Da Vinci. Monna Lisa, para los amigos. Ahí queda la incógnita para la historia del tenis y del deporte.
El caso es que al día siguiente tuve la oportunidad de coincidir con un grupo de emprendedores para debatir sobre la situación de las StartUps, de los inversores y de todo el ecosistema del talento innovador. Yo los escuchaba y también aprendía de ellos. Algunos con más ilusión y otros con menos. Pero con un objetivo claro, cada uno en su parcela. Y de fondo de todo eso, un constante mirar de reojo la posibilidad del fracaso. Algo que no es malo en sí mismo, pero que nadie quiere pasar por eso.
Yo imagino que sería porque aún estaba caliente la hazaña del domingo, pero lo cierto es que veía una analogía con lo que pasó en Melbourne cuando veía a nuestros emprendedores resoplar mientras hacían recuento de todos los obstáculos que se han ido encontrando a lo largo de su experiencia empresarial. Y te sientes orgulloso de verlos, porque sabes que muy pronto serán una referencia. Habrán ganado el partido y aparecerá esa sonrisa que todos reservamos para un momento especial en tu vida. Y eso que el emprendedor no suele sentirse solo. Quizás un poco desesperado a veces, pero eso mismo debió pensar Nadal... y miren. Los sueños se cumplen.

