Tienes activado un bloqueador de publicidad

Intentamos presentarte publicidad respectuosa con el lector, que además ayuda a mantener este medio de comunicación y ofrecerte información de calidad.

Por eso te pedimos que nos apoyes y desactives el bloqueador de anuncios. Gracias.

ENTRE TÚ Y YO

Juegos de invierno

Ángeles Hernández-Gil Jueves, 10 de Febrero de 2022 Tiempo de lectura:

 

“Cuando subí al autobús me impresionó que un hombre de apariencia agradable se levantara para dejarme el asiento. Lo hizo con un gesto tan amable, que aunque me negué sonriendo, no pude rechazar su oferta.”

 

            “Creo que esta mujer se merece que le ceda mi asiento –iba pensando, agarrado a la barra, cerca de la puerta.-  Es una agradable aparición, a estas horas imposibles de la mañana. No está nada mal. Una magnífica muestra de la belleza femenina”

 

            Estas conclusiones fugaces a las que llegaron abrieron una ventana a otras cada vez más personales y atractivas. Coincidían y se miraban, casi a diario en el autobús de línea que utilizaban para sus respectivos asuntos. Una situación imprevista, que suele aparecer por algún gesto o movimiento, de una persona, que la hace única, entre una multitud. Un breve momento, que ellos interpretaron como una alarma que sintonizaba con sus emociones. Y era muy importante que volviera a repetirse.

 

            Y se repite con mucha frecuencia. Cada uno por separado les ha sacudido el mismo juicio. Necesitan saber en qué situación se encuentran cada día, cuando suben la escalerilla, pagan su billete y soportan el trayecto que los lleva a su destino, mirándose un poco descarados y libres. No les importa saberse observado por el otro; lo desean con toda el alma. Indagan cualquier minucia para explorar el terreno que pisan. Él espera que ella suba en la parada siguiente a la suya. No le ha vuelto a ceder el sitio. Raramente se sientan; aun de lejos se reconocen y se otean con ansiedad, buscando alguna complicidad que les ayude a ampliar su conocimiento del otro. Los escasos metros que los separan les hace sentirse muy unidos por una audacia que puede ser reflejo de un incipiente volcán en el que se afianzan.      

 

             “Cómo me gusta saber que la tengo cerca. ¿Qué está ocurriendo? Es una mujer tan atractiva y diferente. Me gusta muchísimo. Una locura pensar estas cosas. Estoy seguro que los dos nos miramos con la misma intención. Pero no quiero ser yo quien dé el primer paso y huya despavorida. Es mejor dejar que todo fluya platónicamente. No me voy a exponer a darme un batacazo de primeras. Encima creo que debe ser mayor que yo, y eso no lo he soportado nunca. Y  no le voy a decir: –Señorita ¿cuántos años tiene?- No seré tan cretino. También podría bajarme en su parada y abordarla: -Me he fijado en ti desde el primer día que nos vimos. Estoy muy interesado en conocerte, puesto que los dos ponemos empeño en que esto ocurra…- ¡Ah, vaya pastel! Y lo peor es que se me ha escapado. La he perdido. Ha bajado sin que me haya dado cuenta”.

 

            “Hoy no ha sido ni un buen encuentro, ni un buen trayecto. Despistado, ni me ha visto salir; y sabía perfectamente que era mi parada. Tan enchaquetado, tan atractivo, es cierto, y sin quitarme los ojos de encima. Y eso que parece frío. Los hombres son increíbles aquí. Y yo, con la experiencia que tengo es preferible no dar pie a esta escena diaria tan romántica como poco productiva. No estoy acostumbrada a que me cedan el asiento. No voy a hacerme ilusiones. Aunque siento rabia, impotencia; necesito hacer amigos, pero este rollo no va por ese camino. Si nos hubiésemos mirado de otra forma sí que podría haber sido amistad. Habríamos entablado una conversación natural y, a lo mejor en un futuro…, bueno; cuánta imaginación estoy desperdiciando con la cantidad de cosas que tengo sin resolver. Lo nuestro ha sido un flechado mudo, quizá condenado a desaparecer. Estoy segura que hemos metido la pata creyéndolo, así, sin dirigirnos la palabra. Una estupidez sin vuelta de hoja”.

 

            Cuando suena el móvil parece que el mundo se detiene. Va caminando, tan encogida, que hasta el cielo plomizo con intensa oscuridad, se deja caer sobre la calle peatonal Strandgaten cuando pone los pies en ella. Se aparta como puede a un rincón, apoyada en la pared de unos grandes almacenes. Necesita estar segura, en condiciones para cualquier sorpresa. Esto sí que es importante, necesario para su supervivencia. La llamada que va a contestar en unos segundos la espera desde que llegó a Noruega. La entrevista se ha hecho realidad; seguramente cuando arrastre el dedo obtendrá la respuesta.

 

            Se siente sola. No conoce a nadie. Lo que ha ocurrido está bien, pero es preferible no esperar muchas cosas de este encontronazo. Mañana, no sabe lo que va a ocurrir cuando suba al autobús, si se van a dar la oportunidad de hablar. A lo mejor a ella le gustaría acercarse y decirle: -¿Qué nos pasa? ¿Qué hacemos aquí, mirándonos cada día, sin decir una palabra?- Dejarlo todo al azar es como tirar migas de pan para dejar las huellas. Nada. Desaparecerán sin dejar rastro. Una historia sentimental provocada por dos personas que se encuentran. La ilusión de algo diferente y sin compromiso. Un frenazo a la buena suerte. Han dejado que surja lo especial, cuando lo que rodea es un escenario de emociones insignificantes. La contradicción se basa en la negación por parte de los dos de sentirse partícipes de lo que pueda ocurrir. Miedo. De mutuo acuerdo deciden utilizar sensaciones que no van a compartir; sólo unos cruces de miradas ante una multitud, ajena, a esto que sucede junto a ellos.

 

             Cuando entra en el departamento de decoración de la multinacional Habitissimo, las piernas le tiemblan como si hubiera subido una montaña. Su única referencia ha sido una voz de mujer, en perfecto inglés, que muy correcta le ha dado cita para el día siguiente a las ocho de la mañana. Y allí espera, con su cartera llena de proyectos para presentarlos…, como habían quedado.

 

            Una secretaria, perfectamente vestida, se le acerca y la acompaña por un pasillo acristalado, donde a derecha e izquierda, aparecen despachos que respiran funcionalidad y escasez de mobiliario…

 

            Al final de la estancia, un poco apartado, se detienen ante lo que debe ser el despacho más importante, y que con la puerta de madera oscura, adquiere una prestancia evidente. La atractiva joven se dispone a abrirla, no sin antes llamar con unos suaves golpecitos; mientras la deja pasar retiene el tirador con suavidad. Una vez dentro, reconoce, sentado a una mesa de madera de arce, austera y limpísima, a su compañero de autobús, quien muy sonriente se levanta para atenderla.

 

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.