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Opinión |
Jueves, 23 de Agosto de 2012

El Cristo del Avon

No me van a creer, pero escribo desde Borja, Zaragoza, donde todo el mundo anda revolucionado porque una ancianita ha restaurado, motu proprio, una pintura mural de un Ecce Homo, “de cierto valor sentimental”, fechado entre finales del XIX y principios del XX, y ha quedado el pobre que no lo reconoce ni Dios, o sea, su padre.

El próximo lunes, una restauradora profesional se personará en el Santuario de la Misericordia, -que es donde vive este Cristo más retocado que la Belén Esteban-, para evaluar los daños, que se estiman desde ya como irreversibles. Pero gracias a servidora, no hace falta que esperen, ayer estuve cenando unos huevos tontos en casa de la susodicha ancianita y lo sé todo.

Resulta que la abuelita, -prefiere que su nombre permanezca en el anonimato-, como no le llegaba la pensión, se hizo representante de Avon, pero nadie le compraba nada porque para vender las excelencias de estos potingues hay que tener 20 años y no 80, que son los que ella tiene.

Sin saber para dónde girar, encaminó sus pasos hacia el santuario y allí se plantó delante del Ecce Homo, a ver si éste le hacía un milagro y viéndolo tan desmejorado, echó mano del maletín de distribuidora.

La abuelita está fatal, los remordimientos no la dejan ni de día ni de noche. No le consuela el haber advertido del desaguisado al responsable de patrimonio del municipio, que si no llega a ser por eso no se entera ni el Ángel de la Guarda, que este Ecce Homo, que Dios me perdone, le importaba a todo el mundo una higa.

De poco sirvió que le comentara que el Cristo le había quedado como muy de vanguardia, picassiano incluso, que si la Saatchi Gallery lo veía, la harían su artista revelación. Al final, encomendándome a todos los Santos, le compré una barra de labios fucsia de efecto volumen sensual, y me pareció que se quedó como más animada.

[Img #9086]El Ecce Homo antes y después de la intervención geriátrica.

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