
El sol, que acababa de ennoblecer pleno y grandioso un cielo de un azul profundo coronado por las altísimas crestas de las nubes, irradiaba una paz tristona pero serena, acomodada a intervalos por el melódico sonido de la voz de Nina Simone y su Sinnerman, lustrando los espumosos pensamientos de mi mente y disolviendo con un destello melancólico hasta el último resquicio de temor incierto que me atenazaba de buena mañana. Parado en aquel sempiterno semáforo, los tubos de escape de los vehículos que tenía delante desprendían al unísono sus mansos y recónditos efluvios. Aquella relativa paz, fue interrumpida de repente por el rumor de una historia que se repite día tras día desde que un puñado de patanes pretenciosos, embusteros y manipuladores llegaron al poder de la mejor nación que jamás ha existido, el precio de la gasolina que figuraba en el cartel de una gasolinera a mi izquierda: 1.74€ el litro.
Apoyé sorprendido los codos sobre el semicírculo superior del volante del coche, me imaginé que mis ojos me habían jugado una mala pasada en medio del habitual caos matutino que se respiraba tan temprano, pero no, la realidad estaba allí, ahondando en el pesar y sacrificio de tantos ciudadanos orgullosos que hacen lo indecible y, aun así, apenas si llegan a fin de mes. Era otra de las «obras y milagros» del mismo gobierno que iba a bajar el precio de la luz, cuando resulta que pagamos más del doble.
El sueño de una España libre: ahora podría, limitada y coartada de derechos hasta tal punto, que ya resulta indistinguible la realidad de la ficción que nos hacen ver desde las televisiones generalistas, o la que desde el CIS y la última jugadita iracunda de Tezanos y su campaña de desánimo querían imponer a base de invenciones izquierdistas. Solo semejante impresentable que estaría en la puñetera calle al día siguiente si no lo hubieran colocado a dedo sus amiguitos del gobierno y cobrara dinero público, solo a él, se le ocurriría justificar, una vez desmontada la mentira, el descalabro rojo y el no haber dado ni una, argumentando que «No somos adivinos».
¡Pero no! Resulta que la mágica providencia ha resultado una vez más reveladora de la inteligencia y orgullo de millones de españoles que están hartos de tamaña falsedad, de que les tomen por tontos, de que les mientan a la cara. Me refiero como no, a las elecciones celebradas en Castilla y León. En ocasiones, el saber hacer y la cordura de los ciudadanos de este país llaman la atención a sus dirigentes. La razón y el sentido común se imponen, toman las riendas en vez de la mentira, la desvergüenza y la confabulación antes de ir despeñados cuesta abajo y terminar en el abismo. Es entonces, al percatarme de esto, cuando mi corazón palpita muy fuerte. Y siento orgullo. Orgullo de ser español y de vivir en el país en el que vivo y como no, de todas sus gentes.
El varapalo sufrido por el sanchismo no solo significa haber perdido otro plebiscito (y van cuatro) en Castilla y León, Galicia, el País Vasco y Madrid. Es un paso más en el progresivo e inexorable deterioro de estos aristócratas de pacotilla y su jefe que quiso ser rey al estilo chavista. Clavel que se va marchitando y que abre el camino a un seguro cambio de ciclo del panorama nacional. Este gobierno ya no convence a nadie, no fascina con sus pueriles argumentos o sus promesas vacías que han resultado ser meros engaños. No tiene credibilidad ni margen de maniobra y sus tácticas a la desesperada son puro teatro, un fracaso irrefutable. El deterioro y desgaste inmenso y el complejo entramado propagandístico que le rinde pleitesía ya no sirve de nada ni convence a nadie.
Sin dejar de oír esa voz maravillosa, paciente y profunda de la gran Nina Simone, porque pronunciada la letra de Sinnerman de otros labios no sería lo mismo, ni acrecentarían el sentido, me viene a mi memoria un grato pensamiento; Galicia, el País Vasco, Madrid y ahora Castilla y León. Una de las etapas más negras de la historia de España tiene los días contados. Se acabó lo que se daba. Próxima estación: Andalucía.

