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ENTRE TÚ Y YO

Capri, c ´est fini

Consuelo Aguayo Lunes, 21 de Febrero de 2022 Tiempo de lectura:

 

No sé si les he confesado alguna vez que no me gusta el invierno. Creo que sí, pero a riesgo de repetirme he de exclamar: ¡va por ustedes este brindis al sol que ya despunta! Acompañado, además, de un refresquito, unas aceitunitas y unos espetos de nácar que humean y despiertan los sentidos más adormilados bajo el quitasol del mediodía. Delante, el mar transparente, y a lo lejos los acantilados rocosos que activan mis recuerdos más entrañables de grutas magníficas como aquella maravilla de Capri. ¡Ah! La singular apertura parcialmente sumergida en el mar (hay que agachar la cabeza para traspasar la roca y penetrar en ella) con un azul tan intenso que parece estar iluminada debajo del agua, con una sonoridad tan especial que arrulla en su balanceo, con una transparencia tan inusitada como sorpresiva, con una magia tan infinita que parece estar destinada únicamente a los dioses. Con razón cuentan que fue usada como piscina privada de los emperadores ¡vaya suerte! Seguro que fueron ellos los que en su baño en la Gruta Azul se anticiparon a Marc Anthony y entonaban con él, además del obligado O sole mío, (que para eso estaban en Italia) aquello de: voy a reír, voy a bailar, vivir mi vida, la la la la, quien sabe.

 

¿Alguien sería capaz de abandonar todo el poder del mayor imperio de la historia para retirarse a una pequeña isla? Pues parece ser que el emperador Tiberio sí. Vean mi historia, vean. Vean mi historia de la vida de este controvertido personaje que para unos fue un eficaz y diligente administrador mientras que otros destacan de él lo más terrorífico y grotesco.

 

El emperador Octavio Augusto (que ya les presenté a ustedes hace unas décadas de artículos) como recordarán no sabía bien a quien dejar el trono. Se casó una vez, se casó otra vez y a la tercera fue la vencida porque esta tercera esposa llamada Livia sería el germen de su sucesor Tiberio. Bueno y digo “el germen” sólo en sentido metafórico. Tiberio no era su hijo biológico, sino hijastro, porque Livia se había divorciado de Tiberio Claudio Nerón (padre de la criatura) para casarse con Octavio (que seguramente era mejor partido) y así conseguir que alguno de sus hijos fuera emperador. Ahora que le costó. Sobre todo, porque Augusto tenía una hija, Julia, la mayor de su segunda esposa que al final pudo casarla con su Tiberio. Supongo que como Octavio no tenía varones (seguro que Augusto pensaba que eran chorradas eso de la paridad) el emperador estuvo dudando para nombrar su sucesor. A ver, Livia se casó un poquito embarazada (decían las persianas que quizás era de Octavio cuando eran amantes y no de su marido, quien sabe) y tuvo a un hijo que se llamaría Druso, pero murió el hijo, murieron los nietos y murió hasta el apuntador, así que a Augusto sólo le quedaba el yerno al que tuvo que nombrar su sucesor, aunque no le gustaba demasiado. Cosas de familia.

 

De Tiberio les diré que estuvo viviendo con su anciano padre biológico hasta que falleció cuando él tenía 9 años y cuentan que el pobre tuvo que pronunciar él mismo su elogio fúnebre desde el Foro. Claro un niñito forzado a eso tan lúgubre por fuerza tenía que arrastrar algún complejo. El que más destacan sus biógrafos es el de su prematura calvicie (dicen que condenó a Cesiano por haberse burlado de su calva (¿pero es que Tiberio no veía los anuncios de la Tele del calvo de la Lotería de Navidad? Señor, Señor), por lo demás era zurdo, blanquecino, con dermatitis faciales, y…no sigo. Así ya me dirán ustedes si no es para que saliera un poquito raro y depresivo.

 

Eso sí, estudió Tiberio en las mejores escuelas de la época porque su padre lo envió a Hispania (aún no había entrado ninguna reforma educativa de las muchas que conocemos) donde se cultivó, y adoptó un talante serio, discreto y culto que contribuyó a ganarse una buena reputación durante gran parte de su gobierno. En la Península Ibérica participó con éxito en las Guerras Cántabras, y después de otros triunfos militares fue recibido en Roma con honores militares. Todo ello parece ser que no fue suficiente para su padrastro Augusto (quien parece que lo nombró sucesor de muy mala gana y hasta cuentan que en el lecho de la muerte dijo algo así como: “¡romanos, ahí lo lleváis!”) que incluso se negó a hacerle la Salutatio que el Senado le había otorgado al joven Tiberio por sus victorias. ¡Harto ya de tantos desprecios, Tiberio le gritó un good bye! y se largó a Rodas sin ser emperador (pero ¿a quién se le ocurre irse a una islita y con las manos vacías?).

 

Pero volvió cuando Octavio ya estaba en las últimas, y Tiberio ya entronizado (claro ya he dicho que se murieron todos los posibles candidatos) se encargó de suministrar trigo a Roma (¡gratis!), fortaleció el Imperio mediante la construcción de murallas defensivas y usó la diplomacia con éxito en los litigios de monarcas extranjeros, con lo que consolidó su dominio.

 

Pero ¡ay cuando le llegó la vejez! Debería de haber leído a Fray Luis de León: ¡qué descansada vida/la que huye del mundanal ruido/y sigue la escondida/senda por donde han ido/los pocos sabios que en el mundo han sido! Pero como Tiberio fue terco y no lo hizo, se dedicó a escuchar unas coplas que decían Capri, c ´est fini y allá que se fue a finalizar su etapa de hombre sensato en su supervilla Villa Jovis en la isla, a llevar una vida lujuriosa, libidinosa, de horrores y de excesos que hizo que pasara a la historia como “Tiberio o las máscaras del miedo” La preciosa isla de Capri fue testigo involuntario de sus excesos. Si tuviera que confesar sus pecados quizás el sacerdote le diría lo que le dijo a una feligresa después que confesara un desliz en ese paraíso: “hija el pecado es muy gordo, pero el sitio…”

 

Ya saben, no dejen de visitar Capri, nunca podrán olvidar la magia de la Gruta Azul.

 

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