Isabel, Rinconete y Cortadillo
“Y lloraría de pena de ver cuál te había puesto; que en estos tales hombres, y en tales casos, no han cometido la culpa cuando les viene el arrepentimiento; y tú verás, hermana, si no viene a buscarte antes que de aquí nos vamos, y a pedirte perdón de todo lo pasado, rindiéndosete como un cordero”. (“Rinconete y Cortadillo”, Miguel de Cervantes Saavedra)
Vaya semana de pasión, entre Génova y Sol. Y es que, viendo las trazas de algunos protagonistas de esta historia no he podido evitar imaginarles con cierta indulgencia, representados bajo los célebres personajes de Cervantes. Y digo de “algunos”, entre esa cuadrilla singular tan nuestra, pues me hace a mí que Isabel Díaz Ayuso no es la Juliana Cariharta de la historia cervantina.
Isabel es nombre con carácter. Lo sé yo muy bien, que tengo dos en casa. La Historia ha dado Isabeles importantes, empezando por nuestra admirada Isabel La Católica. Sin saber de su vida no comprenderíamos bien qué es España. La pinten como la pinten quienes la odian, era mujer cultivada, piadosa, inteligente, buena amazona, apasionada esposa. Responsable a una vez del descubrimiento de América, de la rendición del último reino nazarí o de la abolición del comercio de esclavos, antes de morir.
Soy de la opinión de que un español no puede serlo del todo sin haber visto sus restos en su cripta en la Capilla Real de Granada, presidida por ese espectacular sepulcro blanco de Fancelli. Si quisiéramos poner un ejemplo de igualdad en relación con el feminismo, o con el papel social o político de la mujer, no podríamos hacerlo con ella, sería una referencia falsa, pues, como dice alguna joven a la que conozco bien, comparados con esta mujer, el problema lo tenemos los hombres considerando su supremacía como persona, pues Isabel siempre fue superior a cualquier varón próximo a su tiempo y a los de ahora.
Además de ella hay otras Isabeles famosas. Ciertamente son muchas si te paras a pensar, como Isabel de Portugal. Pintada por Tiziano, podemos ver su retrato en el Museo de El Prado, encargado por su viudo esposo, Carlos I de España y V de Alemania, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Jamás nadie reinó como ella en un mayor y extenso imperio. También lo fue Isabel II, seguramente no tan virtuosa como las anteriores, maltratada por la Historia, primera mujer en reinar de acuerdo a una Constitución. Hay otras extranjeras, como Isabel I, conocida como la Reina Virgen, Reina de Inglaterra y de Irlanda, o la actual reina británica, con méritos relevantes, que esperemos sea capaz de superar la covid, con su extraordinaria fortaleza y la ayuda de algún gin-tonic. Por último, conocemos bajo este nombre a otras Isabeles más populares, como la Preysler o la Pantoja.
Tanto unas como otras dan ejemplos “sutiles” de absoluta independencia en vidas tan distintas y particulares. Aunque sin duda estas últimas son harina de otro costal. En fin, si fuera por los de “la casta”, todas estas Isabeles deberían ser mujeres “empoderadas”, aunque no sé si su definición contempla a todas o solo a las pocas militantes de sus “confluencias”. Tengo yo la manía de que ese tema no lo tienen claro, así que, siendo terreno delicado, lo dejo estar pues no quisiera salir escaldado.
Pero lo que toca estos días es hablar de otra Isabel diferente, de Isabel Díaz Ayuso. De cómo una mujer ha sido capaz esta semana de rendir a dos hombres, situados en una aparente atalaya desde donde, según parece, querían humillarla. De cómo una mujer nos enseña, fuera del alcance del idioma de los hombres, la lección de política más admirable de todas las que nos acompañan en democracia. Otro estilo directo y despiadado, como posiblemente merecía este notable conflicto, considerando que se trata de cómo huir del fuego amigo, de cómo escapar de ese mundo de ambiciones, de envidias y de rivalidades, tan frecuentes últimamente en la política de todos los partidos, en los que el liderazgo brilla por su ausencia. Es una historia de cómo, muy avanzados los efectos de esa guerra, que hasta los más fieles flaquean, unos príncipes aparentes, aprendices de Maquiavelo, se nos presentan ahora ante todos como “trileros” emboscados que, como Rinconete y Cortadillo, al servicio de Monipodio, creen que los errores propios de esta vida se arreglan rápido “arrimando aldabillas y mosqueando las espaldas por un rato”.
No sabemos el desenlace todavía, quiénes serán culpables o inocentes, tampoco si las heridas quedarán repartidas, ni cómo serán avivadas por sus verdaderos rivales en cola ante la Fiscalía, pero hemos visto estos días, estupefactos, que esta Isabel, mujer de armas tomar, que por cándida tenían, ha cruzado la cara de sus contrarios con un guantelete de malla que les ha borrado la sonrisa y las ganas de seguir tramando, pues estos cortesanos, algún día admirados, entre tanta inquina olvidaron ese refrán, citado en la misma obra por nuestro gran literato, que decía que "Quien bien quiere a Beltrán, bien quiere a su can". Caro error, la delación como consigna, tan ingenua, tan impropia de nuestra cultura mediterránea, que, aun pudiendo disimular alguna causa difusa y escondida, se torna indigna ante los ojos de la gente, sea cual sea su opción política.
Y es que, como diría don Miguel, al presentarnos en su relato a aquellos dos pícaros renombrados, Isabel les ha visto a tiempo la trampa y… el trapo:
“Venían en él envueltos y guardados unos naipes de figura ovada, porque de ejercitarlos se les habían gastado las puntas, y porque durasen más se las cercenaron y los dejaron de aquel talle.”
Sí. Se veía venir. No es momento para ensañamiento pero…a esta Isabel ya no la olvidan, es un nombre con carácter.





















