
Los padres creemos que la experiencia y el profundo amor que tenemos a los hijos son suficientes para comunicarnos bien. Pero nosotros afrontamos los retos diarios con un sentido mucho más desarrollado sobre quiénes somos, qué deseamos y cómo lo conseguimos.
No podemos ni debemos intentar trasladar este sentido, logrado después de muchos años de aprendizaje, a nuestros hijos. Imponer nuestra manera de hacer las cosas o de arreglar situaciones difíciles no les ayuda, por mucho que estemos más preparados que ellos para hacerlo.
Lo que sí podemos y debemos hacer es escuchar y respetar su manera de hacer las cosas hasta que aprendan a resolver sus problemas y puedan tomar mejores decisiones.
Comunicación proviene del latín “communicare” y significa poner en común. Y poner en común no es lo mismo que pensar igual, tener la misma opinión, criterio o idea. Poner en común es compartir ideas, aunque no estemos de acuerdo, respetando la individualidad y la diferenciación de cada uno en su modo de ver, sentir y hacer las cosas.
Si queremos que nuestros hijos sepan hacer frente a la presión de grupo, defiendan sus ideas con respeto y respeten las ajenas, tendremos los padres como reto, enseñar esta habilidad en casa.
Es necesario que los padres aprendamos el arte de la comunicación para escuchar lo que el hijo realmente siente y quiere decir y para garantizar lo que queremos decir. Nuestro hijo necesita que prestemos oídos y atención a sus conflictos cotidianos por mucho que a nosotros, en ocasiones, nos parezcan insignificantes.
Comunicarse en familia es como jugar a las cartas. Cada uno lleva su juego y una madurez para hacerle frente a la partida. Pero sus cartas están desordenadas y no saben cómo utilizarlas para jugar bien. Con la práctica y ayuda aprenderán las estrategias para jugar mejor.
Para escuchar a tu hijo y abrir puertas es necesario jugar bien la partida. Y abrir puertas es abrir oídos y cerrar boca, con lo que nos cuesta a los padres estar callados. Abrir puertas es estar disponible físicamente y no ocupados con otras cosas porque les oímos. Abrir puertas es usar un tono de voz y gestos amables que inspiran seguir hablando, como “te entiendo” o “cuéntame más” en vez de gestos de impaciencia o desaprobación como “termina que ahora te vas a enterar” “o yo ya sé lo que te pasa”. Por lo que si queremos las puertas de la comunicación abiertas… cuando quiera hablar no le interrumpas; no emitas juicios hasta que termine; no estés pensando tu respuesta en lugar de ponerte en su lugar, incluso aunque te preocupe.
Ayudar al hijo no siempre ayuda, sobre todo, si no sabes cuál es el problema. Abre puertas y pasará!

