
Tú, tú, sí, tú … y yo. Todos podríamos ser esa madre ucraniana, que deja atrás toda su comodidad material, coge a sus hijos, a su marido, a la abuela y abandonan su hogar para refugiarse en un trastero inhabitable, sucio, sin luz, sin agua, sin esperanza.
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Mientras tanto, el resto de Europa y del mundo, asistimos al terrible espectáculo de la guerra.
Protegidos o eso creemos, bajo las siglas y el estandarte de la Unión Europea, de la OTAN, vamos dando torpes pasitos en dirección a Ucrania. Biden, hace cara, pero solo de medio lado (el enemigo es poderoso en muchos sentidos y sus amigos, también), y va junto al resto de estados democráticos, tomando posiciones en este inmenso y absurdo tablero de ajedrez que es nuestro mundo actual.
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Desde el confort de nuestros hogares con nuestros trabajos intactos, nuestro carril bici, y nuestras neuras de Primer Mundo, contemplamos con asombro e incredulidad como un tirano (tirando a bajito, ¿os recuerda a cierto deleznable personaje histórico?) emerge como el dictador omnipotente, que siempre ha sido. E inicia una guerra desalmada contra sus vecinos, en franca desigualdad de condiciones.
De momento, nosotros, seguimos, cómodamente instalados en nuestros sillones, con un café Starbucks en la mano (divina globalización) y además de empatía, dolor, tristeza y compasión … comenzamos a notar un desagradable cosquilleo antes las alarmantes noticias y amenazas que vienen de la fría Rusia.
Donde antes había incredulidad, ahora hay miedo, sólo un poquito (de momento).
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Seguiremos atentos a las últimas noticias, a las bajas humanas, al lamento de las madres, al llanto de los niños y miraremos con más detenimiento la mirada sabia y resignada de los ancianos ucranianos.
Querida Europa: qué vergüenza…


