
Hoy no me resisto a compartir otro de mis razonamientos. Otro de esos que no se basan en ninguna base de datos científica o ensayo empírico del catálogo de Web of Science. Es la tristeza que siento cuando veo el horror de lo que está suponiendo esta dramática guerra que ha desencadenado la invasión de Rusia a Ucrania. Esto en el siglo XXI. Dos países con recursos, con talento y con buena gente en ambos bandos.
Es la pena de ver cómo las pantallas de los móviles de los compañeros con los que trabajamos o salimos, sólo proyectan imágenes horrorosas. En pantallas de alta resolución, para que aún sea más relevante y notorio lo dramático de esta guerra. Y no se trata de emisiones on-demand, sino de emisiones en directo. Lo de la televisión de toda la vida. Es un crudo directo que cuesta creer que esté pasando. Lo mal que ha evolucionado la raza humana, que seguro que en su versión inicial era un buen diseño. Pero no tenemos ese botón de restaurar sistema que tienen todos los equipos hardware-software. El retorno a los tiempos de Adán y Eva igual nos calmaba los ánimos. Qué sencillez de vida y qué bonito todo.
Y es que, el ser humano es hoy en día un diseño con demasiados fallos, me parece a mí. Somos las fichas de este gran tablero, cuyas reglas de juego no venían en la caja o igual las hemos perdido. Y de ahí las consecuencias.
Ahora que me he desahogado, ya puedo compartir este pensamiento. El caso es que, en medio de este conflicto bélico, me doy cuenta de la cantidad de tecnología que hay en todos estos dispositivos de ataque y defensa armamentísticos y de sus sistemas de control. Y es entonces, cuando percibo que no hay StartUps que se dediquen a eso. Yo, al menos, no las conozco. Los emprendedores están en otras cosas.
Por tanto, el razonamiento es sencillo. Si el número de emprendedores que tenemos es finito y aumentamos el número de StartUps tecnológicas que se dedican a mejorar el mundo, se debería reducir el talento dedicado a la tecnología bélica. Y si, reducir las aportaciones a este tipo de tecnología puede reducir la probabilidad de más guerras, entonces la conclusión es obvia. A más StartUps, menos talento innovador para sistemas de defensa, menos tecnología bélica y menos guerras. Por tanto… a más StartUps, menos guerras. Así de fácil.
La conclusión puede parecer asombrosa y el razonamiento tiene sus lagunillas, por supuesto. No se crean que yo no lo veo. Pero no me digan que no podríamos destinar todo nuestro talento al desarrollo del bienestar y no justo lo contrario. Porque no hay premios para la tecnología bélica sino para aquéllas que ayudan a nuestros mayores, protegen a nuestros hijos, nos facilitan la vida y mejoran nuestra salud. Algún día nos daremos cuenta y, entonces, tiraremos de hemeroteca. Igual esto sirve de algo. O igual no. Pero ahí lo dejo.


