La banalidad del mal
Recientemente he visto la película dirigida por Margarethe von Trotta basada en la vida y pensamiento de Hannah Arendt, filósofa y politóloga alemana nacionalizada en Estados Unidos, judía y discípula de Heidegger. El filme se desarrolla en los primeros años de la década de los 60 y se centra en el libro que escribe sobre el criminal nazi Adolf Eichmann, responsable de la logística para enviar a los judíos a los campos de concentración y a los campos de exterminio, a partir de asistir al juicio de éste en Jerusalén enviada por el periódico estadounidense The New Yorker. Arendt esperaba encontrarse a un monstruo, cruel y sin ningún escrúpulo, que fue una de las piezas clave del exterminio de los judíos, y afirma que halló a un hombre insignificante, un don nadie, que actuó movido exclusivamente por la obediencia a sus superiores y que renunció a ser persona, incapaz de pensar en las consecuencias éticas y morales que sus actos iban a provocar. Es lo que ella llamó la banalidad del mal. Estas reflexiones de la filósofa causaron una agria polémica por la que llegaron a acusarla de justificar a Eichmann, nada más lejano de lo que pretendía.
Hay quien, sin embargo, sin ser un don nadie y habiendo accedido al liderazgo de una potencia mundial, basa su actuación en valores obsoletos, algo primitivos y un tanto banales ya superados en este siglo, y que adquieren alguna similitud con el régimen nazi. Claro, me refiero a Vladimir Putin, fiel representante de un viejo imperialismo en el que impera la dominación a sangre y fuego. Esa violencia se refleja en una figura viril trasnochada y agresiva al estilo de los matones de la Edad Media. Eichmann y Putin, dos ejemplos diferentes de la banalidad del mal y de los valores dictatoriales.
Estos episodios históricos relevantes nos llevan a reflexionar sobre lo que acontece en la actualidad y lo que puede ocurrir en un futuro no muy tardío, porque la escala de valores está cambiando en amplios sectores de nuestra sociedad, de valores inspirados en el humanismo a valores inspirados en el egocentrismo, la violencia y la ambición más extrema. No es, por tanto, exagerado temer por las pretensiones totalitarias de algunos círculos políticos en muchas partes del mundo. Si esta posibilidad se adereza con el sistema educativo un tanto banal que se está implantando en nuestro país, en el que las materias humanísticas están en serio retroceso y que la formación de nuestros jóvenes, que no estudiarán a Hanna Arendt, puede ser mediocre porque promocionarán con asignaturas suspensas, el espíritu crítico decaerá y será más fácil caer en esa ‘obediencia debida’ al poder totalitario. Si no se estimula el conocimiento, difícilmente se ayudará a pensar y, como consecuencia de ello, a tener una visión crítica. Sería el inicio de renunciar a ser persona, ser racional, y cualquier decisión espuria podría tener el engranaje necesario para generalizar el mal.





















