
¿A quién no le ha dado un ataque de risa involuntario en actos solemnes o luctuosos como en un funeral? O en otros sitios, dejándonos en evidencia incluso con las desgracias ajenas cotidianas, fíjense, aún recuerdo las carcajadas de un grupo de visitantes al monumento de la Alhambra de Granada cuando un turista empeñado en sacar la foto perfecta cayó a una alberca de los jardines del Partal mientras los visitantes se partían de risa, pese a que el improvisado fotógrafo se levantó asustado, dolorido y empapado. En demasiadas ocasiones se ha considerado la risa subversiva, peligrosa y hasta indecorosa pero ¿habrá algo más sano que el humor para lo terrible? Ciertamente reconozco que en estos tiempos tan convulsos que vivimos será difícil contarlo, y auguro que los narradores del futuro tendrán que armarse de toneladas de imaginación si no quieren morir en el intento. De momento yo me inclino a contar historias desde la fascinación y la sonrisa entonando con fuerza el tan necesario “pasen y vean”.
El cómic, el cine, la literatura y todas las artes ofrecen relatos amables e increíbles de sucesos terribles como la locura del Quijote, la guerra en la película La vida es bella o el hambre en la picaresca del Lazarillo. También el periodista Manuel Rivas reconoce que se sintió interpelado por el cuadro de Roy Fox Lichtenstein, Mujer en el baño, como icono del arte pop de tal modo que no pudo resistirse a escribir un artículo que relatara una visión desenfadada y sonriente incluso desde el hecho cotidiano del baño. De igual modo este mes de marzo parece que también nos interpela a todos a reivindicar el papel de la mujer en las historias del pasado a partir de su papel en el presente, en el éxodo de los refugiados y en el cuidado de los pequeños.
Seguramente muchos de ustedes pensarán como la periodista Oriana Fallaci que no hay que escribir especialmente de las mujeres porque no constituyen una fauna aparte. Pero ella misma lanzó una imagen que dio la vuelta al mundo al plantar su pintalabios junto al arma de un hombre cuando trabajó como cronista en la guerra del Golfo. Que en la mayoría de las culturas desarrolladas las mujeres han alcanzado hoy día un estatus impensable es cierto, pero que sea por encima del de otros tiempos, quizás no sea del todo exacto. Aunque hay pocos nombres que reconozca la historia, agárrense y acompáñenme en este salto que voy a dar en busca de una épica femenina digna de reseñar.
Allá por los siglos XII y XIII el califa almohade Muhámmad an-Násir se empeñó, erre que erre, en dominar el Tajo y apoderarse de las ricas ciudades que baña, pero claro no se lo iban a poner tan fácil porque Alfonso VIII, rey de Castilla, no estaba dispuesto a perder Toledo, y así con su “fiel espada triunfadora” y la unión de todos los reyes de la cristiandad, apeló al Papa Inocencio III para que predicara una Santa Cruzada (seguramente el Califa no había leído el Quijote y desconocía aquello de “con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho”) que terminó con la derrota del infiel en la famosa batalla de Las Navas de Tolosa.
Todo hasta ahí muy bien, pero la reina consorte Leonor Plantagenet que era de armas tomar (cuentan que se sabía de memoria la canción de Coz “Las chicas son guerreras” y que la tarareaba continuamente por palacio) se hartó de corbatas en su reino y quiso hacer valer los tacones, por lo que emprendió una loca carrera diplomática para colocar bien a las numerosas hijas que tuvo con el rey y, de paso, mejorar la condición de las mujeres de su reino.
La verdad es que tuvo que afanarse porque cuentan que fueron documentadas hasta 7 hijas, aparte los varones (claro, es que se casó con 10 años y con tanto tiempo y sin problemas habitacionales, ya se sabe…), y las que no consiguió casar con reyes (el de Portugal, el de Aragón, el de León…), las colocó como Madres Abadesas (a las que le otorgó el rango de ser algo así como uno de los más Altos Comisionados Femeninos de la época).
Pero ¡Ay! No había ningún monasterio femenino con tan alta dignidad, sólo los masculinos estaban bien equipados (seguramente con calefacción, hilo musical y bañera de hidromasaje, ahí era donde aprendían el gregoriano, sin duda) por lo que, ni corta ni perezosa, convenció a su marido para que edificase uno a la altura de la condición femenina de unas reinas (pero no uno cualquiera, no, ella quería uno que pudiera ser declarado posteriormente como BIC -Bien de Interés Cultural- y como Monumento histórico-artístico del Tesoro Artístico Nacional) y con esa idea construyó el de Santa María la Real de las Huelgas en Burgos (y ya que estaba construido dijo pues ¡Hala! que sirva también como Panteón Real y como lugar de retiro para las mujeres más cool), lugar de alojamiento de nobles y aristocráticas señoras.
La verdad es que Leonor se empeñó en que las mujeres pudieran alcanzar unos niveles de mando y responsabilidad similares a los los hombres, al menos dentro de la vida monástica, que ya era bien difícil. Situó su poder por encima del de la curia de tal forma que las abadesas de las Huelgas tenían señoríos tanto de tierras (diversos bienes materiales) como jurídico (podían incluso nombrar alcaldes), tenían contacto directo y sin intermediarios con el Papa, y precisamente ese monasterio ejercía su jurisdicción sobre un buen número de otros que estaban bajo su mando (no sé yo cómo le sentó esto a los obispos, abades y cardenales de la época tan acostumbrados al mando, pero como estaba el Jefe-Papa por medio no dijeron ni mu).
Yo no pretendo aquí reivindicar nada (¡válganme” vuesas mercedes”!) pero con estas atribuciones a las Madres Abadesas de las Huelgas y el currículum de Leonor de Plantagenet ya pueden ustedes juzgar si las conquistas del 8M actual no tienen claros antecedentes en la historia. Claro que todas las mujeres no son reinas ni abadesas. Aunque por su fortaleza en las adversidades antes y ahora sí parece que compartan aquello de “¡Uh! ¡Ah! Las chicas son guerreras”.
El Monasterio de Huelgas continúa siendo hogar de una comunidad de monjas cistercienses que viven en clausura, por lo que existen horarios específicos para visitarlo. Y, naturalmente, la abadesa actual no tiene mandos ni privilegios, toda la comunidad religiosa dedica su vida a la oración.
Además, en su interior pueden visitar el Museo de Ricas Telas donde se guarda el pendón de las Navas de Tolosa, una rica pieza de tela del siglo XIII cuyo origen se remonta a la famosa batalla y seguramente formaba parte de la tienda de campaña del jefe musulmán, ¡Vaya tela!


