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ENTRE TÚ Y YO

La música y el fuego

Soledad Hernando Miércoles, 09 de Marzo de 2022 Tiempo de lectura:

 

En un mundo desigual donde los más vulnerables sufren, necesitamos calor y color. Calor cercano para sentir que no estamos solos y color luminoso que nos aporte esperanza para sentir que vamos a lograr superar las dificultades. El fuego reúne esas dos cualidades, nos aporta calor y es llama de esperanza transformadora.

 

El fuego es vital para el desarrollo de muchas de las actividades diarias en la vida del ser humano. El fuego es vida, deseo, pasión y amor, y representa como ningún otro elemento la voluntad y la fuerza emprendedora. Con el fuego, nos purificamos y transformamos desterrando las energías negativas que nos rodean. El fuego nos permite ir más allá de las barreras. Es una energía radiante universal, excitable y entusiasta que aporta color al mundo, a través de la luz que irradia. El fuego se utiliza para soltar y transformar.

 

¿Cómo se consigue expresar calor y color a través de la música? Se consigue mediante el TIMBRE. EL timbre es la cualidad sonora por la que se distingue una voz de otra o un instrumento de otro. Es el color constituido por la cantidad e intensidad de ondas sonoras diferentes. Los músicos utilizamos los rangos de cada instrumento en beneficio de la expresión sonora. Así, dependiendo del mensaje que queremos trasmitir o de la emoción que queremos suscitar elegimos emplear un instrumento u otro.

 

En España tenemos un ejemplo maravilloso de expresión sonora del fuego que es “La Danza de Fuego” de Manuel de Falla. La Danza de Fuego pertenece a la obra de Falla denominada “El Amor Brujo”. Inicialmente fue concebida como un ballet en un acto y dos cuadros. “La Danza del Fuego” forma parte del segundo cuadro. Al igual que el fuego cambia continuamente porque está vivo, Falla remodeló El Amor Brujo once veces. La idea original se fue desfigurando y transformando como el fuego que a veces es inmenso, en ocasiones chispeante y en otras se apaga.

 

Musicalmente, se define como una obra juvenil de Falla, que conserva aún algunas influencias del impresionismo y romanticismo tardío, aunque se vislumbran las características propias que desarrollaría más adelante. El autor busca la claridad, a través de la economía de medios. Los coros, danzas e interludios musicales son las piezas más logradas de la obra.

 

Manuel de Falla nació el 23 de noviembre de 1873 en Cádiz, cuando todavía Cádiz era una referencia atlántica, el último eslabón entre oriente y occidente. Su infancia estuvo plagada de música, danza, cantos e historias contadas por su cuidadora, que le abrieron las puertas hacia un nuevo mundo de fantasía. Murió en Argentina y vivió en París, pero el folclore español le acompañó siempre. Junto con Enrique Granados e Isaac Albéniz, Manuel de Falla fue el compositor español que supo llevar la tradición musical española a Europa y a América. ¿Recordamos los billetes de cien pesetas marrones? El personaje calvo y con gafas que aparecía en ellos es Manuel de Falla.

 

Entre sus obras, además de “El amor brujo” (1915), destacan el ballet “El sombrero de tres picos” (1919), la ópera “La vida breve (1913), la pieza para orquesta y piano “Noches en los jardines de España” (1915), la “Fantasía Bética” para piano (1919), la fantasía escénica “El retablo de Maese Pedro” (1924) y el “Concierto para clave y 7 instrumentos” (1926).

 

Dejó sin concluir su obra más ambiciosa “La Atlántida”, basada en un poema épico de Jacinto Verdaguer, en el que trabajó desde 1925 hasta su muerte y que fue terminado años después por su discípulo Ernesto Halffter.

 

El fuego supone una clara  evolución de la humanidad. Gracias a su descubrimiento y posterior dominio, el hombre ya no dependía tanto del sol o de las horas de luz. Podía salir de noche a cazar y ampliar su alimentación, ya que podía cocinar todo tipo de animales y plantas. El fuego es siempre un compañero inseparable del hombre, un brote cálido y luminoso de la naturaleza que crepita en las chimeneas y difunde una onda amorosa, una fuente de luz en las bujías que se llevan consigo para alejar las sombras, para leer en las noches e iluminar la vida.

 

Aquello que empezó como un descubrimiento, que se erigió luego como una divinidad y mantuvo su jerarquía, aun cuando fue utilizado ya en diversos menesteres, se extendió por el mundo y allí donde hubo un hombre hubo también el fuego.

 

 

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