
Marina Serrano Echalecu
Servicio Cirugía y Traumatología
Hospital Veterinario Universidad de Murcia
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El término “displasia” proviene del griego antiguo y significa “malformación durante el desarrollo”. Describiéndose la displasia de cadera como una entidad clínica resultado de una anomalía en su desarrollo. En perros tiene una alta incidencia de presentación y es de carácter hereditario y progresivo, cuya evolución final conlleva la deformación de la articulación de la cadera con aparición de signos severos de osteoartrosis (formación de un sobrecrecimiento óseo en una articulación) produciendo inestabilidad y/o falta de laxitud en la misma. Puede pasar desapercibida a edades tempranas y comenzar a manifestarse a partir de los 5 - 12 meses, mostrando cojera que aumenta con el ejercicio, balanceo de la cadera y tendencia a juntar los miembros posteriores al caminar y trotar, dificultad para levantarse y saltar, intolerancia al ejercicio, así como rechazo a subir escaleras.
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A pesar de que esta patología se puede presentar en cualquier raza de perros, sobre todo de tamaño mediano y grande, independientemente de su sexo, se ha descrito una predisposición genética y/o racial en razas de gran tamaño como Rottweiler, Pastor Alemán, Pastor Belga, Golden Retroceder, Labrador, Dogo Alemán y Argentino, Mastín Napolitano, Bullmastiff, y San Bernardo. En razas medianas como el American Staffordshire, Beagle y Pit Bull. Y en razas de pequeño tamaño como el Carlino, Bulldog Inglés, francés y americano. Destacando el Pastor Alemán, Dogo de Burdeos, Mastín Napolitano, San Bernardo, Bulldog Ingles y el Carlino como las razas con mayor prevalencia de displasia de cadera, en comparación con el resto de razas. Por otra parte, es sabido que la manifestación de la enfermedad va a depender también de factores ambientales como la superficie sobre la que camina el cachorro durante su crecimiento, su nutrición o incluso el momento en el que sea castrado o esterilizado.
El diagnóstico presuntivo puede ser conseguido con un examen físico que incluya la manipulación de los miembros traseros, valorando la movilidad de la articulación (que estará disminuida) y comprobando la presencia de dolor. Aunque, el diagnóstico definitivo, solamente, se consigue con un estudio radiográfico de cadera, hecho siempre bajo sedación. La edad para realizarlo depende principalmente de la raza, siendo necesario que el perro haya terminado su crecimiento óseo. En general, la edad mínima es de un año, aunque en las razas de gran tamaño es de 18 meses. Esta técnica permite al clínico determinar el grado y severidad de la displasia de cadera que padece nuestra mascota.
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El tratamiento puede ser conservador, médico o quirúrgico, en función de los signos radiográficos, raza, edad y sintomatología que presente el paciente. El tratamiento conservador (control del peso, ejercicio controlado, dietas de prescripción específicas) se emplea en perros asintomáticos. Mientras que el tratamiento médico (principalmente antinflamatorios no esteroideos) se recomienda en pacientes con dolor, que por su edad no se recomienda ser tratados quirúrgicamente, quedando los tratamientos quirúrgicos (denervación, prótesis) reservados para aquellos animales que presenten dolor que no respondan al tratamiento médico, o animales jóvenes con alto grado de displasia.
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Es por ello que la detección precoz y el comienzo temprano de los tratamientos preventivos son de ayuda para manejar la enfermedad de una manera óptima y mejorar la calidad de vida de nuestras mascotas. De esta manera, en aquellos perros de raza, con predisposición para desarrollar displasia de cadera, que comiencen con la sintomatología mencionada, es recomendable que acudan a su centro veterinario para la realización de un examen físico ortopédico y el estudio radiográfico correspondiente.

