
Hoy miro a mis compañeros y compañeras, que están prácticamente sumergidos en el ordenador, cada uno en su puesto. Desde mi silla, todo lo que puedo ver es la corona de sus cabellos, pero no es suficiente para ver sus rostros. Nadie dice nada. Ni un solo comentario. Me hundo en mi silla y sigo mortificándome, leyendo las últimas noticias que han tenido lugar en el mundo.
Después de todas las complicaciones que estamos sufriendo con las jugarretas de aquellos que nos gobiernan y tras haber aparecido en escena un villano llamado Putin, al que ahora culpan de todos los males, no puedo olvidar que, por mucho que nadie quiera hablar del tema, algo deben sentir por dentro. Y que, aunque callen, parezca importarle poco, todo le resbale, estarán pasándolo tan mal como cualquier hijo de vecino.
Era fundamental que el demagogo Sánchez, después de la que ha liado el ruso, pues hay que reconocer que se ha convertido por voluntad propia en el chivo expiatorio de todas las calamidades que nos afligen, prácticamente se abalanzara sobre él con gran descaro y lo señale como el único responsable de la descomunal subida de los precios de la energía (que lleva años al alza) y, en general, de una inflación que supera el 7% y que nada tiene que ver con lo que ocurre entre Rusia y Ucrania. Eso es un mérito de este gobierno.
Le han servido en bandeja quitarse de en medio todos aquellos abusos tarifarios eléctricos que hemos sufrido a diario durante años, la descomunal subida de los carburantes (llenar el tanque cuesta ahora un 40% más), la voladura de centrales de producción de energía ya existentes y su negativa a construir otras proyectadas que hubieran abaratado el precio de la energía, siempre con el slogan del cambio climático, pues puede plácidamente repercutir todas sus decisiones y culpas contra Putin, cuyas actuaciones abarcan todos los daños presentes y pasados. Eso sí, mientras tanto hay quien se muere de hambre porque los alimentos esenciales han subido más de un 40%, decenas de miles de familias no llegan a fin de mes porque no hay trabajo, los sueldos no dan para más o la inflación ha batido récords históricos, no pueden pagar el descomunal recibo de la luz, ni un combustible a más de dos euros el litro. Y es precisamente ahora, cuando el prestidigitador Sánchez destina 20.319 millones de euros (que no podemos permitirnos) a «impulsar políticas feministas»; o lo que es lo mismo, obliga a todos los españoles a soltar una cantidad media de 450 euros para engordar la lista de alimañas que se hacen de oro con el pretexto de la igualdad de género. Increíble pero cierto. Los autónomos, transportistas, pequeños y medianos empresarios, los parados, trabajadores y familias que no llegan a fin de mes, los agricultores, ganaderos y tantos y tantos otros españoles que sufren cada día esta puta realidad, no son la prioridad para este gobierno; no importan.
El rechazo a este tipo de políticas sin sentido, sin un rumbo claro que dañan el corazón de los orgullosos ciudadanos convirtiéndonos en el hazme reír de Europa hasta tal punto, que estoy seguro de que todos, por cerrado de mollera que seas, puedes adivinar la ruina que se nos va a venir encima muy pronto como no cambien las cosas con solo pensarlo un poco. Es percatarme de que existe una manada de borregos y borregas dispuesta a creer tan burdas patrañas. Esa es la triste realidad, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que una porción nada desdeñable de la población española se las traga religiosamente, como hacen los sindicatos a los que les han subido las subvenciones un 18% para tenerlos calladitos, los mismos que durante los últimos años se han tragado las altas tasas abusivas del recibo de la luz, de los alimentos básicos o de los carburantes, y todo ello, sin rechistar ni decir una palabra en contra de este gobierno o a favor del trabajador. ¿Por qué?
Por mucho que lo intento, no sé cómo explicarlo. O tal vez sí. Por muchos votos que se hayan encargado de comprar antes y ahora, no logro darme cuenta de lo que está pasando realmente. Pero sí de la inmundicia que está a punto de llegar si no hacemos algo y pronto. Ruina, piojos y hambre, mucha hambre.
Saben lo que creo, el experimento social al que hemos sido sometidos con esta pandemia (de la que ahora curiosamente nadie habla), como sociedad, como personas, como seres humanos, donde se han vulnerado nuestros derechos fundamentales, limitando ilegal e inconstitucionalmente libertades inalienables, y todo ello fomentado y amparado a través de unos medios desinformación generalistas y subvencionados, ha generado tal desinterés en la población, tantas personas hastiadas, atiborradas de órdenes y consignas, sometidas a que las despojen de lo fundamental y primario del ser humano, aunque ese despojo lo perpetren los «suyos», que ya nada les importa. Esta plaga del coronavirus ha sido un complejo experimento de psicología de masas a gran escala que, a través de distintos instrumentos de dominación ha logrado el control social absoluto de la población. Y, entre ellos, ninguno tan eficaz como el miedo, que todavía reside en el cerebro de tantos y tantos ciudadanos, como aquellos que se niegan a quietarse la mascarilla en la calle a pesar de no servir absolutamente de nada.
Lo he dicho en más de una ocasión, el miedo es un arma muy poderosa que se introduce en nuestro raciocinio y nos impide obrar con libertad, la varita mágica de Harry Potter con la que controlarnos, someternos y que el gobernante de turno haga básicamente «lo que le dé la gana con nosotros», en suma, lo que ha ocurrido y está ocurriendo en España. El miedo puede instaurar e inducir en nuestras cabezas los más delirantes pensamientos de toda índole. Si hemos llegado a creer que el coronavirus nació de un murciélago, ¿por qué Putin no va a ser el causante de todos nuestros males?

