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ENTRE TÚ Y YO

Maximiliano en la corte

Patricia López Haas Jueves, 17 de Marzo de 2022 Tiempo de lectura:

 

Mi primera “Mirada felina” es un guiño a la ciudad de Murcia y a dos Maximilianos a los que el azar ha querido unir simbólicamente. Empecemos por el más modesto, aunque no por ello menos importante y del cual soy su imperial súbdita.  Suave como el terciopelo y delicado como un bebé, llegó a nuestras vidas como un regalo de Navidad llamado Max. En un ataque de grandeza decidí rebautizarlo como si hubiera nacido en el palacio de Schönbrunn, en Viena, en vez de en algún punto de la costa alicantina. Era huérfano, negro y tenía cinco meses. Manso y de intensa mirada verde, nuestra astuta pantera se convirtió en un bello ejemplar al que hoy llamamos Maximiliano, como el emperador de México, país del que yo estaba recién aterrizada. La historia del desafortunado Maximiliano de Habsburgo me conmovió durante la visita al castillo de Chapultepec, su residencia oficial en el país azteca. Así pues, es inevitable reflexionar sobre qué pudo llevar hasta allí a alguien nacido y educado en la corte imperial de Viena, soñador y cariñoso, amante del mar y la botánica, además de políglota.

 

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Nieto y hermano de emperador, el ofrecimiento de una corona por parte de Napoleón III, que movido por sus ambiciones imperialistas veía en México un protectorado francés, hizo que Maximiliano (1832-1867) dejara su cómodo retiro en el Adriático y se embarcara en un proyecto que le costó la vida. Los conservadores mexicanos, que habían pedido ayuda a Francia para su causa, le hicieron creer que el pueblo le apoyaba, cuando no era así. Guiado por su lema de justicia y libertad, Maximiliano, se entregó a las causas sociales, defendió el derecho al voto y la libertad de culto, se interesó por las condiciones de los indígenas y abolió el trabajo infantil. Estas ideas liberales hicieron que perdiera el apoyo de los conservadores, la Iglesia católica y del propio Napoleón III, que se marchó, y nunca mejor dicho, a la francesa. Pronto se quedó solo.

 

Amó México desde el mismo momento en el que llegó, pero sus cualidades y buenas iniciativas le sirvieron de poco porque, en definitiva, era un invasor. Un extranjero al que Napoleón III dejó en posición de jaque mate. Maximiliano fue fusilado en 1867 por orden de Benito Juárez en Querétaro. Muchos fueron los que pidieron clemencia para él, desde Victor Hugo, Dickens, su hermano el emperador Francisco José de Austria o la Reina Isabel II de España. Pienso que Benito Juárez podría haberle dejado marchar por Veracruz, pero es obvio que la intención era la de dar una lección al mundo porque México es para los mexicanos. Vemos como la Historia se repite una y otra vez.

 

La naturaleza de México sorprendió a un amante de la botánica como nuestro Maximiliano. Las vistas desde el castillo de Chapultepec intimidan. Te sientes pequeño e indefenso ante la magnitud del frondoso bosque que lo rodea, la visión del volcán Popocatépetl, con su activa fumarola, potencia aún más ese sentimiento de tierra exótica e indómita. El palacio de Schönbrunn en Viena, que también tengo el gusto de haber visitado, transmite orden, arte, música y tranquilidad. Sus jardines están bellamente organizados a base de parterres que forman dibujos geométricos, laberintos e incluso huertos. No hay nada más opuesto que estas dos ciudades que fueron el lugar de nacimiento y muerte del emperador de México.

 

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Y, en este contexto, qué tiene que ver la ciudad de Murcia con Maximiliano de Austria. En un principio nada. Nada en absoluto. A excepción de un detalle importante, grandioso y propio de una ciudad imperial como lo es Viena, y es que nuestro desdichado Maximiliano, antes de su aventura mexicana, había encargado unas espectaculares lámparas de bronce fundido con baño de oro, y adornadas con cristal de Baccarat que son las que hoy cuelgan del Salón de Baile del Real Casino de Murcia. A propósito de esto, y de mi curiosidad ante tal imperial origen, su actual presidente, Juan Antonio Megías, me contó de forma casual hace un tiempo que, en 1870, una comisión de socios se fue a París con el fin de adquirir unas lámparas a una fábrica que les había sido recomendada. Allí les ofrecieron las de Maximiliano, que ya había sido fusilado, y ni cortos ni perezosos las compraron y se las trajeron a Murcia, parece que en carreta. A mí esto me recuerda a las extravagantes y divertidas historias del absurdo Club Pickwick de Dickens. Megías añadió también que todavía conservan la factura con el precio que se pagó por ellas. París, como vemos, nunca defrauda en cuestión de artes decorativas. La comisión de socios adquirió, sin lugar a duda, una de las más notables joyas de la ciudad.

 

En otro tiempo el salón de baile neobarroco fue testigo de bodas y demás fiestas bajo las impresionantes luces palaciegas que ahora admiran visitantes, turistas y socios del RCM. Miradas curiosas. Miradas felinas como la de mi gato Maximiliano, que vive retirado del mundanal ruido en su propia corte, y que debe su nombre al gentil y confiado emperador de México que fue víctima de su propia ingenuidad. He aquí el vínculo sesgado entre los dos y la ciudad de Murcia a través de su Real Casino.

 

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