
“Cuántas veces las palabras resultan inmaduras. Quien así las usa determina una sensación de irresponsabilidad hacia los otros. Como un agujero negro se cierran conversaciones, que más bien son discursos; no existe comunicación, sino incongruencias que vuelan sin dirección”.
Diría que muchos de los políticos cuando hacen política se comportan así: solo el cerebro se mantiene activo. Solo eso. Y ahondando un poco más los hay que son máquinas sin alma; esperpentos vagando por sus dañinos conflictos personales. Sin hacerles caso ellos sí cuentan con nosotros para sus fines dictatoriales, enmascarados en sistemas de vida modernos. Lo estamos viendo en este momento; en el dolor que inflige un hombre sin corazón. ¿Cómo puede justificar un proyecto humano el sufrimiento masivo? Se nos tacha de mirar hacia otro lado mientras nos compadecemos de lo que está ocurriendo en el mundo; ahora muy cerca de nosotros. El ciudadano de a pie se queda anonadado con estos problemas añadidos, pues ningún mandatario de turno cuenta con él para hacer su libre albedrío, causando miedo y confusión en un mundo, ya caótico por sí mismo.
No me gusta la política, la rechazo, me aparto de ella cuanto puedo; intento seguir mi ritmo de vida haciendo algo que merezca la pena, que yo me lo crea, porque pongo todo mi empeño cada día al levantarme. Pero hay gente que manda mucho, dirige el mundo, o una gran parte de él, diría yo, aunque lo que hace afecta a todo el planeta y nos hace infelices, así sin más. Y no solo a mí, a millones de personas que tienen el sentimiento común de hacer algo positivo. Porque observar lo que ocurre te hace sentirte implicado de esa influencia continua de poder y gloria, provocadora de un terror imposible de comprender.
Por otra parte, creo que nada es nuevo. Todo se repite ante los espantados ojos del mundo responsable. Pero se siente una gran impotencia al no poder hacer gran cosa, la colaboración ciudadana se hace difícil por el gran caos surgido del éxodo masivo.
En estos juegos bélicos, políticos, diplomáticos la vida humana no vale nada. La vida se debate sobre lo que hacer y poder hacer. Casi al final del primer cuarto del siglo XXI se repiten las mismas locuras y disparates que con mucha frecuencia han asolado la tierra: la vida de una persona no vale nada, todo hombre se vuelve soldado, movido por la obligación, el deber, y la valentía, en un momento dado. ¿Por qué no nos dejan en paz? ¿Quién es capaz de sentirse realizado en una guerra? La idea de defender la guerra queda eclipsada por la ambición de quien la provoca. Pobres chicos que se dejan seducir. Conozco madres que los esconderían debajo de la cama antes que enviarlos a luchar. Yo también lo haría. Esos ideales tan fuertes perderán encanto al enfrentare a la realidad.
Iréne Némirovsky, nacida en Kiev en 1903, dentro de una familia acaudalada, que tuvo que huir a París para escapar de la revolución bolchevique. En su sobrecogedora novela “Los fuegos de otoño”, pone en entredicho, esa valentía que siente un joven, ante los valores que le impulsan a luchar. Con su inteligente y minuciosa prosa, rebaja los ideales de jóvenes que en un momento dado sienten que están hechos para salvaguardar con su vida cualquier mandato. Nos sitúa en el París de antes, durante, y después de la primera guerra mundial. Su protagonista Bernard, es un joven que no quiere envilecerse por la frivolidad de la burguesía parisina en un período agitado y clasista. Al volver de las trincheras sostiene su medalla desilusionado ante la falta de perspectiva. Sus aspiraciones se convierten en paja ante la nueva situación que encuentra para vivir en un mundo turbio y corrupto, apartado de los valores de su juventud. En un ambiente de lujo incierto, el desasosiego se apodera de su voluntad.
Así pues, Rusia, Putin, ocupan una posición privilegiada para reconquistar lo que tuvo en un momento de la historia, y pone todo su impulso en las malas hierbas de su ambición. Europa está en estado de alerta máxima. Se ha declarado otra guerra: peligrosa, sin sentido, en la que habrá tiempos marcados para la desesperación, la decepción, para el libertinaje… También para curar heridas y pensar en un futuro, confiados en que será mejor.
Y quiero terminar con las palabras de Iñaki, un niño de nueve años, sobre esta guerra, que todos vivimos de alguna manera: “No entiendo por qué Putin se empeña en destrozar un país que quiere conseguir para él. Menudo trabajo va a tener para arreglarlo. Es tonto. No lo entiendo”.
¡¡Nos vemos la semana que viene!!

