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ENTRE TÚ Y YO

¡La primavera et l´amour!

Consuelo Aguayo Lunes, 21 de Marzo de 2022 Tiempo de lectura:

 

No hay nada que les guste más  a los adolescentes que fantasear con los amores de los protagonistas de las películas. Bueno sí, ir de compras, grabar vídeos cantando, relatar acciones heroicas  y subirlo todo a las redes sociales, pero eso lo dejaremos para otro momento porque pocas cosas son tan sublimes en la adolescencia como ocupar el lugar de los protagonistas de las ´pelis´. Vamos a ver ¿cuántas jóvenes no han fantaseado con ser por ejemplo la Julia Roberts en aquella fantástica Pretty Woman junto al flamante Richard Gere? ¿o con ser un Agente del Servicio Secreto como Kevin Costner en El guardaespaldas y que Whitney Houston le susurre al oído aquel I Will Always Love You? Eso es algo a lo que pocos jóvenes y no tan jóvenes se resisten.

 

Bueno, es que basta con que pensemos que son distintas versiones más actuales de La Cenicienta y el príncipe, o del héroe Superman que conquista en su lucha contra el mal, para entender mejor la fuerza de su valor icónico. Hablamos de aquello que los psicólogos llaman  “mecanismos de defensa del yo”. En concreto el de “fantasía”, sí, aunque no es exclusivo de la juventud, también los adultos lo solemos usar. Y si no me creen, les sugiero que se pongan a escuchar aquella famosa If I were a rich man, “Si yo fuera rico…” y rellenen ustedes los puntos suspensivos.

 

¡Oh! el amor para los jóvenes cruza fronteras, océanos y continentes, sobrepasa barreras lingüísticas en forma de mon amour, love my Darling o amore mio y puede con todo ¡Ah! “Juventud, divino tesoro” que diría Rubén Darío, ¡cuántos personajes históricos se han movido por amor y cuántos han fracasado por no defenderlo! Aunque en la historia de la Realeza parece que los que abundan son los de conveniencia forzados por las obligaciones del cargo. Pero hoy, insertos de lleno en la primavera, prefiero hablar del triunfo del amor y no de su derrota. Aquí va una historia que no la supera ni el personaje de Richard Gere.

 

Amadeo, hijo del rey de Italia Víctor Manuel II de Saboya (que como el de los cuentos era también príncipe) ni quería ni le tocaba ser rey por ser el segundo hijo en la línea sucesoria, pero he aquí que el destino le jugó una mala pasada. Se enamoró de la noble María Victoria dal Pozzo della Cisterna (fíjense que con tierna edad Amadeo ya le susurraba a Victoria al oído aquello que cantaban Las Grecas “Te estoy amando locamente pero no sé cómo te lo voy a` decir), el caso es que, a pesar de que era VI princesa de La Cisterna y de Belriguardo, su padre no la veía con buenos ojos para que se convirtiera en su nuera ( vamos que “le parecía poca cosa para su Amadeo”), además él ya había planeado su matrimonio con alguna princesa extranjera, quizás alemana “de mejor familia”.

 

Ya en vista de que el niño no claudicaba tuvo que intervenir el diputado Francesco Cassins: “mira Víctor Manuel que el muchacho tiene 22 años, que se casa por las buenas o por las malas, que nos va a dar un disgusto en la corte y que más vale que le des tu bendición y allí paz y aquí gloria” A regañadientes el rey de Italia accedió y el 30 de mayo de 1867 se casaron en Turín. Triunfó el amor y tan felices, sí, pero no comieron muchas perdices.

 

La verdad es que el matrimonio tuvo que afrontar verdaderos problemas que posiblemente fortalecieran su amor (no llegaron a salir en las series en streaming de Netflix pero estuvieron a punto) pero acarrearon mucha inestabilidad en su hogar.

 

Por lo pronto, la Revolución de 1868 en España depuso a Isabel II, un reinado borbónico marcado por la inmoralidad y la corrupción, lo que dio lugar a un gobierno provisional presidido por Francisco Serrano que convocó unas Cortes Constituyentes en las que con una amplia mayoría monárquica se proclamó una Constitución cuya forma de gobierno era la monarquía constitucional. Pero no había rey a la mano. Y dando vueltas y vueltas ¿a quién se lo propusieron? Pues al pobre príncipe Amadeo que no tuvo más remedio que aceptar presionado otra vez por su padre. Y, a pesar de que estaban enfrentados todos los parlamentarios entre sí, el nuevo Parlamento lo eligió por mayoría.

 

Aunque su reinado fue breve, no sé si fue demasiado feliz en medio de una sociedad española inestable, empobrecida, un estado convulso y continuas luchas intestinas entre los afines a Amadeo que pusieron en él sus esperanzas de regeneración de las instituciones, y los borbones, contrarios a un rey extranjero que ni conocía ni participaba de las costumbres españolas.

 

El caso es que los nuevos reyes pusieron mucho de su parte. Se mostraron cercanos (“mira Victoria, nada de Rolls-Royce, vamos caminando a tomar un helado”), modestos (“querido Amadeo no reserves lugares de honor en la Iglesia, ¡Ah! Y en el teatro vamos a Platea, nada de Palco”) y hasta la reina quiso mostrar especial protección por los niños fundando hospitales, asilo para las lavanderas, y todo lo que se le ocurría.

 

Nada de ello tuvo el efecto deseado. La corte no vio en eso más que propaganda para mejorar su imagen en territorios que sabían adversos, así que se lanzó en tromba a mostrarle su descontento. El pueblo madrileño les dio una fría acogida. La aristocracia “le cerró las puertas y los balcones”. Y muchas de las muestras de esa adversidad se centraron en la reina.

 

Por una parte, el puesto de Camarera Mayor de la reina estaba vacante, pero no había en Madrid quien lo aceptara (seguro que no había listas en la oficina del INEM) y le costó Dios y ayuda encontrar personal doméstico. Por otra, en las todas las actividades importantes palaciegas las aristócratas y damas de la corte lucían la típica “mantilla isabelina” en señal de adhesión a la tradición monárquica isabelina y en repulsa a una reina extranjera. Pero el colmo de la grosería  fue cuando en un concierto en el Retiro nadie le puso asiento a la pobre Victoria y nadie se levantó para cederle el suyo. Aunque dicen que ella nunca se quejó del pueblo que le había dado la espalda, Amadeo, cansado de tanta intriga y adversidad, diría “¡hasta aquí hemos llegado! volvemos a Italia sí o sí”. Y abdicó con sólo dos años de reinado “saludó y se fue”. No era para menos. ¿Otra vez triunfó el amor? Pues eso creo yo.

 

En el Museo del Romanticismo de Madrid-Grabado pueden admirar la imagen de María Victoria dal Pozzo della Cisterna.

 

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