
Tratar bien y con buenos modos a las personas con las que nos relacionamos es algo que debería estar presente en nosotros en cualquier circunstancia. Lo podemos manifestar a través de las palabras, de nuestros gestos o de nuestras acciones, y es sin duda lo mínimo que también debemos esperar de los demás. A igual que pasa con las personas, ser respetuoso además incluye cuidar las cosas y los espacios que otros utilizan. Por eso, si el respeto es mutuo causa bienestar y satisfacción, pero si va en una sola dirección puede ser frustrante y realmente injusto.
Cuando alguien que queremos nos hace daño, puedes aferrarte a tu enojo, rencor y deseos de venganza, o en cambio, elegir el perdón y seguir adelante. Perdonar puede además llevarte a tener sentimientos de comprensión, empatía y compasión hacia la persona que te hizo daño. Del mismo modo, todos nos equivocamos muchas veces a lo largo de nuestra vida, y de ahí la importancia tanto de saber perdonar como de pedir perdón. Es valiente admitir que frecuentemente cometemos errores, y precisamente eso nos permite avanzar nuestro propio crecimiento personal, siendo sensibles al dolor del otro y al dolor propio frente a una equivocación.
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La palabra "perdonar" viene del latín perdonare y significa "dar completamente, olvidar una falta, librar de una deuda". Sus componentes léxicos son: el prefijo per- (completamente, total) y donare (regalar). Realmente, el origen del verbo venía de “regalar por completo al deudor aquello que nos debía”. Se trata de un acto de disculpa hacia alguien que nos ha hecho daño, renunciar en nuestro interior a castigar o a que se nos compense por ello, y desistir de devolver el daño recibido.
Tanto la persona que pide perdón como la que perdona consiguen una gran paz interior, por lo que conviene practicarlo siempre que sea necesario. Disculparse es un ejercicio que denota madurez y valentía que nos libra de la presión que tenías en la conciencia por saber que habías hecho algo malo, pero no habías reconocido. Es en el momento en el que se pide perdón en el que se exterioriza esa carga que, hasta el momento, se llevaba en la conciencia, liberando así un gran peso y quedando libre para poder continuar con la vida, ya que el cuerpo se relaja mientras que la mente se libera de una pesada carga.
Pero si no aprendes a perdonar, quizás seas tú quien acabes pagando el precio más alto, pues perdonar limpia asuntos inconclusos y cierra episodios dolorosos de rencor que roban nuestra energía y que nos afectan el rendimiento personal. Y por otro lado, al aceptar el perdón también podrás adoptar en ti la paz mental, la calma, la gratitud y el sosiego.
Porque finalmente, perdonar no es más que volver a aquello que nos hizo daño y saber regresar ilesos de allí.

