
Los pensamientos marcan nuestra vida. Miden nuestro estado de ánimo. Podemos guardarlos ordenados, encontrarnos con ellos, tenerlos a mano como si fueran carpetas digitales; nos dan prioridad a un sistema único, como dueños de un práctico departamento, siempre a punto, para formar un entramado con la posibilidad de una identidad. Resuelven muchas dudas sobre lo que sentimos, nos preocupa, nos atañe, con la capacidad de formar ideas en la mente sobre los que tenemos la suerte de observar con atención, todo lo que nos interesa conocer y retener. Nos permiten dar sentido a nuestra vida, interpretar el mundo, experimentar y hacer predicciones sobre su evolución. Por lo tanto, muy útiles para el ser humano que tiene objetivos, necesidades y deseos cuando se plantea investigar la vida.
Puede ser que los directores de cine tengan la capacidad de poner a prueba esos fines en cuanto sus cabezas pensantes pasan a la acción. Cualquier película que se basa en la vida real está llena de expectación, de personajes extraños o no, peculiares siempre, eso sí, que nos van a dar idea de lo variado que es el ser humano, a la vez que nos igualan por el sencillo hecho de vivir.
Esta introducción viene a cuento para hablar de lo que he sentido mientras veía la película noruega “La peor persona del mundo”. Me interesa sacar mi propia conclusión, me ha gustado y voy a hablar de ella por muchos motivos: me inquieta su diseño vanguardista, realista, que escapa de la estética del cine americano, de su sensiblería, violencia, de sus actrices uniformadas por la cirugía estética y, sobre todo, porque conozco y me encanta Noruega, una sociedad moderna pero tradicional, sin estar muy alejada de lo que existe en otros países. Es posible que la vida no haya inventado nada nuevo, aunque sí la persona que se mueve y moldea formas diferentes de estar en el mundo.
La actriz Renate Reinsve que da vida a Julie, la protagonista, ha ganado el premio a la mejor actriz en el festival de Cannes. Película premiada en festivales como el de Sevilla y Valladolid. Su director Joachim Trier está nominado a dos Oscar: mejor película internacional y guion original. La película cierra su trilogía “Oslo”.
“La peor persona del mundo” (título que no encaja del todo), es una reflexión sobre la identidad, la amistad, el amor y las relaciones humanas. Julie cumplirá los treinta años y se da cuenta de que no encuentra su lugar en el mundo, y que su vida es un desastre existencial. Ese razonamiento roza con el desinterés que va dejando como una huella, en su modo de vida. Enfrentarse a la vida modifica su conducta emocional cada vez más complicada en la relación con los demás y consigo misma. Busca y no encuentra. Julie se cansa de todo y pierde la confianza en la relación de pareja. Se deja seducir por la banalidad y la improvisación; los cambios la van alentando a una insegura confianza, a deambular por una ciudad que le ofrece algo incierto; enredos apasionantes y sentir que nada merece detener su impulso. Su conducta se aparta mucho de la chica que espera estabilizar su vida.
Al contrario, Julie hace gala de una inmadurez que la va alejando de todo lo que la haga reflexionar en lo primordial, como la confianza, el respeto, la estabilidad y el amor. La película se va tejiendo con relaciones que podrían trasladarse a una comedia romántica, intrascendente, muy explícita, pero en la medida que se va desarrollando, lo fundamental para entender el porqué de su conducta, deja clara las dudas que se anteponen a sus decisiones; es muy probable que el director quiera demostrar que las dudas son necesarias para entender mejor al personaje, aunque la arrastren a una situación de pasos mal dados y caprichos que harán tambalear su vida.
La película se desarrolla en 12 capítulos, con un prólogo y un epílogo, con una narradora que va situando al espectador en las escenas. Las propuestas que la ciudad ofrece a la incierta Julie, lo que pretende y busca la joven, no son del todo claras, pero se deja llevar. Sus relaciones son perspectivas que no se consolidan. Mientas Julie vagabundea por las calles, Oslo surge como protagonista junto al deambular de la chica, que camina demostrando que no está preparada para asumir ninguna responsabilidad.
Sí, una ciudad que se convierte en protagonista: anochece, amanece con un trasfondo de colores donde los tonos claroscuros de luz resaltan, con una belleza blanca muy característica, como una propuesta, para continuar a pesar de todo.

