
Hoy mi “Mirada felina” se va a posar en Adele Bloch-Bauer (1881-1925), mecenas, musa y amante del pintor simbolista Gustav Klimt. En estas líneas descubriré un dato trascendental para entender el porqué de la espectacular pintura titulada La dama de oro. Es decir, lo que hay en la “trastienda” pero sin entrar en aburridos detalles estilísticos. La lectura de Belleza dorada me permitió enlazar dos cuadros, La dama de oro, y el más que sensual Judith con la cabeza de Holofernes. Ambos de Gustav Klimt.
Nuestra protagonista, Adele Bauer, nació en el seno de una acaudalada familia, su padre era banquero, ella siempre se sintió atraída por la filosofía, la anatomía, el arte y el conocimiento en general, saberes que se le negaban por el hecho de haber nacido mujer. En realidad, no le dejaban leer más allá de Jane Austen. De niña frecuentaba el Museo de Historia Natural donde contemplaba con disimulo pinturas que, en un principio, no eran aptas para ella. No obstante, el arte no estaba mal visto en su familia.
Se casó con un magnate de la industria azucarera, Ferdinand Bloch, que le dejó total libertad para que leyera lo que quisiera. Con él se sintió libre. De espíritu inquieto y gran inteligencia, solía compartir sus reflexiones y razonamientos en las tertulias filosóficas que organizaba en su casa. Años más tarde, estas veladas tendrían una connotación política dado el clima antisemita que ya se respiraba en Viena a principios del siglo XX. Adele era judía, pero de esas que intercambiaba regalos en Nochebuena junto al árbol de Navidad y que, en palabras suyas, no estaba precisamente bien vista en la sinagoga. No era practicante porque creció como aconfesional.
Según observó el célebre escritor austríaco Stefan Zweig, las mansiones de la Ringstrasse (centro neurálgico de la ciudad) albergaban a una creciente élite de burgueses judíos que acudía puntual a su cita con el teatro, la ópera y las exposiciones de arte. Y, es que, el emperador Francisco José (1830-1916) favoreció su participación activa en la vida financiera de Viena. Este clima de tolerancia liberal hizo que la comunidad judía se instalara y contribuyera con su talento a la prosperidad de la capital del imperio. Los judíos, en agradecimiento, “fueron siempre leales a la monarquía”, aseguró Zweig. Era también la Viena de Freud, Wittgenstein, Mahler, Kokoschka o Klimt, que fundó la llamada Secesión vienesa. Movimiento experimental de figuras planas y geométricas, y lleno de símbolos como los que él mismo usó en su etapa dorada a la que pertenecen los dos lienzos que menciono a continuación
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Adele comenzó a frecuentar el estudio de Klimt, y pronto se convertiría en su amante. Por allí pasaban, además de ella, modelos y prostitutas a las que también retrataba. Su reputación con respecto a las mujeres era bien conocida en Viena. En este contexto que acabo de describir, Klimt pinta a Judith con la cabeza de Holofernes. Es un tema bíblico en el que una bella judía libera a su pueblo de los invasores. Es una Judith erotizada y poderosa. Es una femme fatale. Es Adele. Este cuadro se presentó en 1902 ante la estupefacción de Ferdinand Bloch-Bauer. Su mujer aparecía semidesnuda y con un gesto de satisfacción que él nunca había visto. Adele siempre supo que su marido tenía una amante, de ahí que Judith representara el triunfo de una mujer libre y seductora que amó a Klimt como nunca antes lo había hecho.
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La consecuencia de este retrato no oficial fue, aparte de una más que comprensible tensión matrimonial, el encargo de Ferdinand Bloch-Bauer a Klimt de la que sería su obra cumbre: La dama de oro. En ella, Adele aparecería retratada como una reina, la reina de Viena. Quería un cuadro hecho a base de oro y plata que estuviera a la altura de su posición social. El dinero no importaba, Ferdinand reivindicaba aquí su papel de hombre poderoso casado con la mujer más bella e inteligente del imperio. La dama de oro se presentó oficialmente en 1908 coincidiendo con los 60 años de reinado del emperador Francisco José. Hay que recordar que la emperatriz Sisi había sido asesinada en 1898 por un anarquista italiano en Ginebra. Viena tenía otra reina. Adele.
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Adele adoraba su ciudad. Decía que rivalizaba en belleza con Berlín. Ella quería que su retrato colgara del Belvedere, y así fue hasta que su sobrina, María Altmann, emprendiera un pleito contra el estado austriaco por la posesión del cuadro que legítimamente le pertenecía. Adele no vivió el horror de la invasión nazi en Viena. Pero su sobrina, sí. Se fue con lo puesto. Y nadie le devolvió nada. Su tío Ferdinand con la voz entrecortada desde su exilio en Suiza le dijo: “Se la han llevado. Recupera a mi Adele”. Una vez ganado el juicio, el cuadro fue adquirido en 2006 por Roland Lauder, quien pagó la nada despreciable cifra de 125 millones de dólares. Está expuesto en la Neue Gallerie de Nueva York.
Judith con la cabeza de Holofernes sí que está en el Belvedere, cerca del archiconocido Beso de Klimt. Personalmente, y aunque comprenda las circunstancias que separan a los dos cuadros, creo que si estuvieran juntos se complementarían perfectamente porque uno es la consecuencia del otro. Es un aspecto desconocido pero crucial para comprender la realidad que se oculta tras el retrato de la gran dama de Viena. Es la historia de una infidelidad conyugal, de una seducción intensa hacia un artista, pero también la de un hombre seguro de sí mismo, Ferdinand Bloch, que admiró y amó hasta el final de sus días a la mujer más libre e inteligente de Viena: Adele, su Dama de oro.

