
He leído que la creatividad produce retraso en la maduración de las personas. Quien tiene esta cualidad se ve implicado en funciones diferentes, como el lenguaje y la atención en un mismo momento, utilizando varias soluciones para el mismo problema, con una motivación más dispersa, más ambigua. María Zambrano tiene una frase para resolver esta manera de expresarlo: “Deshaciendo la confusión y creando un orden” y es que la creatividad implica un poco el desorden, porque atender el interior que llama a nuestra puerta, trae consigo otros caminos para hacernos reflexionar. Cambia el rumbo de lo que se ha propuesto.
Exactamente eso me ha pasado cuando buscaba un tema para esta semana. Mientras paseo en esta mañana de domingo, con el cambio de hora, que siempre me molesta y me cuesta adaptarme, doy muchas vueltas a la cabeza. Llevamos muchos días sin ver el sol. El cielo no se abre, hace frío. La lluvia está presente como algo sorprendente, pero nuestro carácter se siente alterado en cuanto que necesitamos esa cálida luz solar como supervivencia.
Y voy observando, pensando, intentando inventar alguna historia que me haga cambiar el tedio, que haga saltar la chispa. La zona del río hacia el auditorio está llena de mantas, fundas envolviendo a personas que han hecho de los jardines su dormitorio, su casa, su medio de vida. Todo lo que haga falta, menos ir a un centro de acogida. Personas jóvenes, tiradas, abandonadas en la humedad, el frío, la soledad, aunque en ese estado personal, callejero, van encontrando una sociedad que bulle: una forma de vida, insoportable para los que no se nos ocurre ahondar en esa situación.
Esta mañana pensaría que voy huyendo, evadiéndome. A falta de algo mejor que hacer, con esta perspectiva tan atolondrada, me muevo con lentitud. No se parece nada a lo que otras mañanas de domingo me propongo, cuando disfruto de mis caminatas cogiendo energía. Hoy solo deseo que me ayude a completar el fin de semana con un buen argumento.
La Gran Vía se prepara, la policía vigila y corta el paso. Una carrera de jóvenes deportistas espera la salida. Es normal que en los días festivos haya algún evento deportivo, como también que yo recorra la ciudad caminando a una hora todavía temprana. Quizá sea el domingo cuando madrugo más y salgo a la calle. Me gusta ver la ciudad cuando se levanta y coge un ritmo diferente al de los días laborables, que desde la madrugada empiezan a hervir de energía, da gusto verla perezosa, tranquila, con sensación de descanso, de paz festiva, que viene muy bien, y se disfruta.
Y no sé qué vuelta de tuerca me ha dado la respuesta que necesitaba. La realidad es que la ciudad siempre es el pulso mejor indicado para conocer lo que ocurre, y de quien ocupa sus calles. Los grupos de personas tienen sus horarios, transitan, acaparan todo el territorio urbano; un cúmulo de descubrimientos, de tiempos, si se es capaz de observar desde la autonomía de sentirse invisible.
Y esta mañana, no sé por qué recuerdo mi infancia en casa de mis abuelos en Málaga, donde pasaba mucho tiempo con ellos, junto con mis tíos y primos. Las sensaciones que toda mi vida recordaría, las cosas que hacía. Volaba, desaparecía para conocer el barrio; esas casas señoriales que me atraían como un imán. No sé si pedía permiso, si me dejaban o me escapaba. Solo tengo el recuerdo de haberlo hecho sola. El olor de una naturaleza urbana en el centro de la ciudad, el mar, que lo aspiraba subida a las rocas impregnadas de agua y sal, y el de las flores y la hierba de los jardines, que miraba libremente, porque en esos momentos solitarios, dejaba volar la imaginación tan nítida como ahora.
También por las tardes, cuando pasaba el carrito de los bollos, con un delicioso olor que se esparcía cuando la campana de cristal se levantaba dejando al descubierto los prodigiosos dulces, tan brillantes, tan recién tostados, con almendras laminadas cubriendo buena parte de ellos, colocados de forma perfecta en bandejas. Y es que en la infancia todo queda guardado en algún lugar muy personal, íntimo, que no se cuenta, que no se comparte, porque es la edad de la inocencia que requiere cierto misterio solo para quien lo ha vivido. Y después de toda una vida, ahora, en este momento, por la necesidad de superar la página en blanco, sale a la luz… Y por una vez se comparte.
Un poco más tarde, ya en la realidad de la calle, el murmullo sube de tono… Y el encantamiento deja un poso muy reconfortante.

