
¡Ya pasó la Semana Santa! Para algunos, días libres en los que poder hacer una escapada o un viajecito para escapar de la rutina; para otros, días libres para recrear las costumbres ancestrales de procesiones, bandas y tambores. Y en esta ocasión, me voy a quedar con la última opción y “viajar” cerca. Es lo que tiene ser hellinera de pura cepa afincada en la provincia vecina de Murcia.
Hellín, mi pueblo, conocido en sus inicios como “Ilunum”, es una ciudad de la provincia de Albacete que con sus 30.000 habitantes se posiciona como el municipio más poblado tras la capital albaceteña. Se ubica en una inmensa llanura llena de viñedos, almendros y albaricoqueros, sobre todo los excelentes “moniquís” y rodeada de unos yacimientos arqueológicos impresionantes. Sus orígenes se remontan al Paleolítico y de esta antigüedad dan fe los vestigios hallados en el Tolmo de Minateda, la Fuente de Isso, o el Abrigo Grande de Minateda. Este último, a 8 km al sur de Hellín, es uno de los abrigos más importantes del arte levantino y sus pinturas rupestres han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1988.
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Iberos, romanos, visigodos y árabes dominaron el Tolmo, bien ubicado junto al camino natural que une la Meseta con la costa murciana. Este peñasco elevado, con casi 10 hectáreas de superficie del cerro estuvo ocupado por gente de diferentes culturas durante más de 2.000 años desde la Edad de Bronce hasta principio del siglo X d.C. Empezó siendo un importante asentamiento de época ibérica, después un municipio romano, más tarde una ciudad visigoda y por último una notable medina.
Murallas, viviendas rupestres, almazaras, necrópolis, canteras, aljibes, pozos y hasta una impresionante basílica visigoda nos hablan del más importante enclave arqueológico del sureste español y uno de los cinco más importantes de Castilla-La Mancha.
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María Cristina, como Reina Regente y en nombre de Alfonso XIII, le concedió a Hellín el título de ciudad el 27 de diciembre de 1898. Además de su núcleo, cuenta con 12 pedanías: Agra, Agramón, Cancarix, Cañada de Agra, Isso, La Horca, Las Minas, Minateda, Mingogil, Nava de Campaña, Rincón del Moro y Torre Uchea.
El esparto es una fibra olvidada, pero en los años 40 y 50 aportó importantes ingresos. Sin esa materia prima (el oro verde) y sin esa “Yutera del Carmen”, que todavía fabrica embalajes, aunque de fibras artificiales, sería bien distinto hoy día concebir el desarrollo y el progreso que alcanzó la ciudad.
Su centro histórico, cuenta con varios monumentos significativos. Al comienzo de la conocida calle de El Rabal, nos encontramos con el Ayuntamiento, construido en 1932. Destaca su hermosa cúpula de mosaico azul que corona su fachada y la escalera imperial de su interior. Siendo pequeña, guardo el recuerdo de la visita que nos hicieron unos jóvenes príncipes, Juan Carlos y Sofía. Los visualizo asomados al balcón de este edificio con el clamor de la multitud en la plaza. Nuestro gentilicio era hellineros, hellineras, o ilunenses, pero al comenzar el discurso el inexperto príncipe nos llamó “Hellinenses”. ¡Nunca he olvidado ese detalle!
En la misma plaza, que por algo se llama Plaza de la Iglesia, no hay que perderse la Iglesia parroquial de Santa María de la Asunción, del siglo XVI, con una imponente escalinata de acceso. Destacan las poderosas columnas de su interior, así como los arcos apuntados de las naves laterales, que nos llevan a finales del gótico y al inicio del Renacimiento en España. Fue una de las primeras iglesias denominadas “de cantería” y la primera columnaria de la Diócesis de Cartagena.
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Dentro se encuentra la imagen de la Virgen de Los Dolores, más conocida como La Dolorosa. También el Cristo Yacente, obra espectacular de Mariano Benlliure que llegaba a Hellín en 1942 y que según algunos expertos es una de las cinco mejores esculturas del siglo XX. Esta Parroquia ha sido testigo de bautizos, comuniones, bodas y entierros de todos los hellineros y su escalinata de las salidas y recogidas de nazarenos y de todas las imágenes en Semana Santa.
Detrás de ella, en la Calle El Cinto, y en el cerro del Castillo, se ubica la Ermita Santuario de Nuestra Señora del Rosario, con una curiosa fachada y una hermosa torre que simula un faro. En su interior se alberga la imagen de Nuestra Señora del Rosario, la patrona de Hellín. Originalmente era una antigua ermita mudéjar que se construyó tras la Reconquista siendo modificada y reconstruida desde el siglo XVIII hasta finales del XIX. El camarín, la cripta y parte del templo pertenecen a la época barroca.
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Si nos vamos hacia el antiguo barrio de la judería, encontraremos la Ermita de San Rafael. Una construcción muy sencilla del siglo XVII, que contiene la imagen del Arcángel Rafael, patrón de la ciudad.
¡Pero si por algo es conocido mi pueblo es por su Semana Santa, su tamborada y sus caramelos!
La Semana Santa declarada Fiesta de Interés Turístico Internacional, fue también declarada por la UNESCO Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2018. Las tamboradas, las procesiones de Hellín y sus bandas de música, sobre todo de cornetas forman un todo indisoluble y son los mismos hellineros los que mayoritariamente participan en todos los acontecimientos cambiando en un santiamén un atuendo por otro. Doy fe de mis años de juventud en la que formaba parte de la Hermandad de San Juan Evangelista y también “aporreaba” el tambor cuando procedía. ¡Esos días son un “no parar”!
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La imaginería está catalogada como una de las muestras más importantes de la escultura religiosa del siglo XX. Veintiséis Cofradías y Hermandades con siglos de historia. Escultores como Mariano Benlliure, Federico Coullaut Valera, Fernández Andes, Víctor de los Ríos o José Zamorano supieron captar dolor y belleza en su iconografía. Leyendas y verdades cómo que Mariano Benlliure quiso comprar de nuevo la imagen de Santa María Magdalena después de venderla en Hellín, por considerarla su obra maestra de dos caras: una de dolor, otra de mujer alegre y desenfadada. San Juan Evangelista que tiene dos imágenes, una de José Diez López de 1940 (el viejo) y otra de José Zamorano de 1962 (el guapo) y se alternan anualmente. Nuestra Señora de la Soledad, única imagen que sobrevivió a la Guerra Civil, caracterizada por su rostro y su indumentaria. La Verónica de Fernández-Andes de 1949, muy guapa, que recuerdo llevarla a un domicilio particular el Domingo de Resurrección al acabar la procesión, y que la familia donó al pueblo de Hellín y ahora se encuentra en la Ermita del Rosario. Y miles de historias sin fin…
La tamborada, no encuentro mejor forma de definirla que la frase que ha utilizado turismo de Castilla-La Mancha: Negra, roja, atronadora. Si hay un instrumento que caracteriza la fiesta pagana en Hellín es el tambor. Más de 20.000 personas, sin distinción de edad, religión, sexo o nacionalidad, redoblan sus tambores al ritmo del “racataplá” por las calles de la ciudad, ataviados con túnica negra y pañuelo rojo o negro al cuello.
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Es uno de los 22 pueblos que forman parte de Las Jornadas Nacionales de Exaltación del Tambor y del Bombo, que une personas, pueblos y tradiciones. La concentración se celebra cada año en un pueblo adscrito distinto, consiguiendo el mayor número de tamborileros de España tocando al unísono.
¡Y esa gastronomía callejera, en las casas o en las peñas! Esas empanadillas, ese “mojete” helinero, esas habas con bacalao regados con la bota de vino, esos “panecicos”, esos caramelos de La Elisa o de La Pajara…
Tampoco quiero olvidarme de esos albaricoques metidos en aguasal, esperando a que amarillearan para poderlos comer. ¡Qué recuerdos!
Qué emoción siente la gente de Hellín preparando sus tambores y ensayando los meses previos. Qué tristeza cuando se despiden de él hasta el próximo año. Es un ruido ensordecedor que nos emociona a todos los hellineros. Es nuestra identidad. Como bien dice la frase del principio, “la tierra no es del hombre, el hombre es de la tierra”, y yo añado, de la tierra en la que se nace y se crece. ¡Orgullosa de ser hellinera y de habéroslo contado!

