
Acompañé el otro día a mi hija Elena a un gimnasio que parecía más un parque de atracciones que un gimnasio. La experiencia que viví como generación X en un gimnasio de generación Z es el reflejo de convivencia entre generaciones.
Llego al vestuario y me peleo con el grifo del lavabo. Sólo quería lavarme las manos y después de darle a un pequeño mando del grifo, aletear las manos debajo del grifo y el pie por debajo del lavabo no había manera de conseguir agua; hasta que sin saber cómo sale agua y mojo el espejo. Salía agua como si hubiera encontrado petróleo y todavía no sabía qué había hecho. Al final mi hija me indica un sensor al lado del grifo y me lavo las manos. Sólo quería lavarme las manos y no supe sola.
Para salir de la sala tienes que pasar la mano por otro sensor como si estuviéramos en una nave espacial. Me quedo delante de la puerta transparente esperando a que se abra y no veo ningún pomo para abrirla; todo apuntaba a una conspiración contra la generación X hasta que viene un joven y enfrente de la puerta pasa la mano por un sensor y se abre. No estaba con alienígenas, estaba en el mundo actual.
Cuando llego a las máquinas me encuentro haciendo bicicleta viendo Antena 3; menos mal que el botón de STOP es universal y pude pararla antes de morir en el intento.
La adaptación fue rápida y cómoda pero mi torpeza inicial y sin la ayuda de un “Z” me hubiera quedado con las manos sucias, pero con el espejo mojado, encerrada en una sala y enganchada al Arguiñano con una suculenta receta y futuras agujetas.
Con esta realidad nos encontramos cuando convivimos varias generaciones juntas y accedes a un mundo actualizado sin explorar por las generaciones anteriores. Y ya no te digo si el que convive en la actualidad es un Baby Boomers, lo abuelos nacidos entre 1946 y 1964, que todavía recuerdan con nostalgia el tocadisco, radiocassette o taquigrafía pero intentan modernizarse aprendiendo con mucho esfuerzo cómo mandar mensajes por whatssap a sus paisanos, hijos o nietos. Y cuando ya han aprendido aparecen las actualizaciones y tienen que volver a aprender si quieren seguir conectados con sus allegados. Ahí están los nietos porque los padres también nos perdemos con facilidad.
Esto quiere decir que los abuelos y padres estamos educando a hijos con otra forma de pensar y relacionarse con el mundo y que dista mucho de la que vivimos en nuestra época. Los padres y abuelos de la generación Z nos cuesta entender y criticamos su forma de pensar y actuar. La generación Z, nuestros hijos de 0 a 23 años, son nativos digitales y están altamente vinculados con las nuevas tecnologías y limitados por ellas. Esta dependencia tecnológica que tanto nos cuesta entender es su principal medio de relación social, de ahí a su aislamiento y menos necesidad social, agudizada por la larga pandemia.
Su forma de socializarse es virtual, a través de los dispositivos y su comunicación se convierte en respuestas inmediatas con necesidad de disponer de wifi y de datos para seguir relacionándose, con el peligro de convertirse en “App dependientes” con una gran limitación de sus competencias personales en vez de “App competentes”.
Esta forma de relacionarse de los Milenials y Centenails hace que tengan poca inteligencia emocional, bajo control emocional y que se frustren con facilidad por su impaciencia e inmediatez de las cosas.
Nuestra responsabilidad como padres es que empleen la tecnología para fomentar sus competencias personales y no para limitarlas. Y como padres no tenemos las tecnologías a nuestro favor pero saber poner límites es una gran ventaja. Si no quieres que tu hijo pase más tiempo en lo virtual que en lo real, que no disfrute de las relaciones normales o empiece a tener respuestas hostiles o a descuidar su higiene debes enseñarle a desconectar. Si es pequeño pon tú las reglas, pero si es adolescente hazle que decida conjuntamente contigo las normas de conexión a los dispositivos.
Es saludable que los tengan alejados para comer, guardados para estudiar y apagados para dormir. Que utilicen los entornos familiares para comunicar opiniones y emociones que les conecte con los demás y les haga más empáticos. Es saludable que se quiten las notificaciones y que tengan un límite en su uso al margen de las rutinas diarias y no parezca un apéndice de ellos. Para ello, es lógico que vean en los padres un uso razonable de móviles para ser buenos modelos.
No existe una generación mejor que otra, pero la realidad es que sí coexisten varias generaciones simultáneamente, constituyendo un desafío para cada una por la educación e influjos culturales y sociales vividos.
Pero ya seamos boomers, generación X, Milenials (Y) o Centenials (Z), todos estamos juntos, pero no revueltos; debemos entenderlos, aunque no compartamos su forma de hacerlo y debemos ponerles límites y convertir al nativo digital en bilingüe social.

