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ENTRE TÚ Y YO

Ni liberté, ni égalité, ni fraternité

Carlos Castillo Martes, 26 de Abril de 2022 Tiempo de lectura:

 

El resultado de las elecciones en Francia ha supuesto para muchos un alivio al haberse quedado Madame Le Pen a las puertas del Elíseo, pero también son muchos los que se llevan las manos a la cabeza por el hecho de que la candidata de Agrupación Nacional se haya quedado tan cerca de la presidencia, alcanzando un 42% de los votos. ¿Cómo puede ser que, en el país de la revolución, en el país de la liberté, l’égalité y la fraternité la mitad de la población sea reaccionaria?, ¿Se han vuelto locos los franceses?

 

Para comprenderlo todo mejor debemos, en primer lugar, deshacer el mito. Comenzaré negando la mayor: Francia no ha sido nunca ni el país de la liberté, ni de la egalité, ni mucho menos de la fraternité. Por lo que a la liberté se refiere, La revolución francesa pronto devino violenta y los jacobinos tardaron un suspiro en adueñarse de la situación para imponer una sangrienta dictadura y pasarse por el cepillo a cualquier sospechoso de no pensar como ellos. En cuanto a la égalité y la fraternité, la historia colonial habla por sí sola. En Francia se gestó el germen del autoritarismo que se multiplica hoy en el resto de Europa: el estatismo.

 

El estatismo se encuentra bien arraigado en la cultura gala desde la revolución, y fue Napoleón el que sentó las bases del monstruo burocrático que es hoy el estado francés. Desde finales del siglo XVIII ha ido calando en la mentalidad de los franceses que es el estado, al servicio del ciudadano, el que debe encargarse de procurar la libertad, la igualdad y la fraternidad. Sin embargo, ha sido el ciudadano el que, al servicio del estado, ha entregado su libertad, siendo por tanto imposibles la igualdad y la fraternidad.

 

El estado del bienestar ha fracasado estrepitosamente en Francia. Hoy, en Francia, los ciudadanos tienen que pagar dos impuestos de casi el 10% de su salario bruto, adicionales a las cotizaciones sociales, para costear un ineficiente sistema de pensiones de reparto. Hoy, en Francia, país baluarte de la modernidad y el multiculturalismo, los inmigrantes se hacinan en guetos sin ley en las afueras de las ciudades y los problemas de convivencia se multiplican a pesar de la intervención del estado que, como suele suceder, agrava los problemas que pretende solucionar. Y estos son solo dos ejemplos de los muchos problemas que dan buena cuenta del fracaso del estado de bienestar francés.

 

Resulta paradójico que en un país en que el gasto público representa un 60% del PIB los ciudadanos vean la panacea en personajes como Le Pen o Melenchon, que pretenden hipertrofiar todavía más el estado. Parece que Francia ha recorrido inexorablemente el camino de servidumbre al que, como nos alertó Hayek, conduce el estatismo. No es de extrañar entonces que los ciudadanos franceses, ante la adversidad, se dejen seducir por las soluciones del populismo autoritario. Entretanto, a los españoles solo nos queda aprender la lección y abandonar cuanto antes el camino que hace tiempo empezamos a discurrir siguiendo a nuestro vecino del norte.

 

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