
Donde muere la muerte es el poemario póstumo de Francisco Brines. Una despedida elegante y sobria. Emocional e íntima, sin estridencias ni rastro de victimismo.
Si nos paramos a pensar detenidamente en la vida, nos damos cuenta de que el primer aliento al nacer ya está cercado por el último. Ufanos creemos que nuestro pecho está henchido de largas estaciones, que nuestra espléndida vida nos pertenece. Pero hay un lugar donde mora impertérrita la incógnita de la brevedad y la levedad de nuestro ser, donde rezan los secretos del epílogo.
Dar la mano a quien está en el camino de partida es allanar la inquietud de su intemperie, aliviar el dolor físico y emocional del miedo a lo desconocido... Tener la oportunidad de acompañar a la persona que va a morir es un puente entre de lo divino y lo humano, una experiencia vital. Es el espejo donde se encuentra el verdadero rostro del alma. Y si tenemos la capacidad de afrontar esa imagen, tendremos la oportunidad de encalar las membranas espirituales, sanearlas, darles oxígeno.
El vivir es un principio de morir, dice el poeta, Brines.
He pasado por esta experiencia recientemente y, he de decir, que de alguna manera y aunque parezca extraño, ha sido hermoso.
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COMIENZO DE ADVIENTO
A mi tía Encarna
(…) mirada al ver la suerte que le amaga
sin esta presa en que satisfacía
el hambre atroz que nunca se le apaga.
Miguel de Unamuno
Es tiempo de luminarias.
La gente exprime la tradición,
traza caminos de bullicio y acebo.
La felicidad se expande
en todas sus dimensiones
de abrazos y consabidos parabienes.
En esta casa
se desdibuja el canal de la luz,
se va perdiendo
en la profundidad oscura de la tierra.
La televisión salmodia anuncios navideños.
Es tiempo de luminarias…
Fuera,
hace una feroz tenacidad
por devorar la vida.
Dentro,
me dispongo a preparar
el santuario patrio de mis muertos.
Es tiempo de luminarias…
Cuánta lealtad de fe y vida
puede caber en las praderas
de un animal herido de muerte.
Apenas un fardo de piel y huesos,
donde reza un veredicto inapelable.

