
La aristocracia rural inglesa quedó al descubierto gracias a escritores como Jane Austen y Evelyn Waugh, ellos describieron de manera magistral a la alta sociedad británica. Esa que permanecía oculta tras los muros de las impresionantes country houses, o villas campestres, por los que ahora se cuela esta “Mirada felina”, ¡quién no ha leído Sentido y sensibilidad, Orgullo y prejuicio, Emma o Retorno a Brideshead! Es sabido que Mark Twain detestaba la prosa de Austen, tal vez porque era mujer, inglesa y pudiente, en cualquier caso, sin entrar en este tipo de consideraciones, creo que esta escritora describió como nadie una cultura, la inglesa, de emociones encorsetadas e incapaz de expresar sus sentimientos. La literatura y el arte son la voz y la imagen de los tiempos pretéritos. Sin ellos la Historia estaría muda y ciega.
La serie Downton Abbey, ahora de nuevo en televisión, muestra la necesaria adaptación de su protagonista, el conde Crawley, a los nuevos tiempos, así como la dificultad de mantener su mansión en pleno siglo XX. Estas fincas comenzaban a convertirse en una pesada carga debido al inmenso legado histórico-artístico que atesoraban, y que había que preservar para las generaciones futuras. Y modernizar. Hablamos de villas en el campo de más de 150 habitaciones que contaban con mayordomo, ama de llaves, lacayos, cocineras, doncellas, etc. La sociedad de entreguerras, que refleja Downton Abbey, estaba inmersa en profundos cambios sociales que amenazaban las estructuras tradicionales en las que se había basado la nobleza hasta entonces. Ese tipo de vida era inviable después de 1914. Algunos miembros del servicio ya se planteaban trabajar en oficinas o para sí mismos. Estos palacios se pueden visitar y subsisten a día de hoy gracias al National Trust, o sea, al Estado, que decidió implicarse en la preservación de este gran patrimonio que de otra forma se hubiera perdido.
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En esta serie, al igual que en las novelas de Jane Austen, se aprecia cómo a partir de los 18 años la principal tarea de todas las mujeres era la de presentarse en sociedad y encontrar marido, ya que en caso de fallecimiento del padre pasaban a depender de la renta anual que este hubiera considerado para ellas, además de tener que dejar la mansión familiar al hermano varón. Y si no lo hubiera, se consideraba como heredero a cualquier pariente del género masculino. La sensación es que los años de tranquilidad se limitaban, con suerte, a la infancia. Estas ladys vivían atrapadas entre lujosas paredes a expensas de lo que el destino les deparase: un matrimonio de conveniencia o la siempre mal vista soltería condicionada a su renta anual. Menos mal que eran unas privilegiadas de la sociedad.
En este punto voy hacer un pequeño inciso. En el S. XXI, todavía existen en Londres ecos de ese pasado de arriba y abajo. Una vez me hablaron de una residencia de estudiantes enorme, misteriosa y llena de estancias vacías donde, según me dijeron, el personal del servicio dormía, comía y trabajaba al estilo victoriano, no en vano es de 1884. Hacían su vida en el basement, es decir, en el sótano, sin poder acceder a la zona superior ni entablar amistad con las estudiantes. Tenía su housekeeper, o ama de llaves, pero sin cofia ni delantal. Esta forma de trabajo nos traslada a ese mundo obsoleto que describe Downton Abbey, ¡salvando las diferencias, claro!, porque los tapices y el piano se reservaban para Navidad, y la decoración y el arte brillaban por su ausencia. Allí se rodó una escena de Scoop, la famosa película de Woody Allen. El escenario es, sin duda, de película. Y está tan céntrico que es fácil pasar a echar un vistazo. Y, cómo no, puedes hasta encontrarte con algún pequeño roedor que complete la escena de novela victoriana que aún está por escribir. El gato imperial lo hubiera atrapado con un movimiento de bigotes. Esta amiga me contaba que fue muy feliz allí, porque desde su habitación veía las chimeneas de Londres y el campanario del Imperial College. El olor de los jardines de Kensington entraba por su ventana, ramos de flores decoraban su bay window, y por la noche se paseaba en sueños por las buhardillas londinenses. De libro.
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Volviendo a las mansiones de la aristocracia rural, hay que decir que merece la pena visitarlas. En algunas lo más llamativo es la porcelana china, en otras su colección de pintura y, en todas, el mobiliario y las alfombras. En realidad son museos donde se encuentra lo mejor del arte europeo y oriental. Los cuadros de Van Dyck, Gainsborough o Reynolds se mezclan con elegantes escritorios ingleses, cómodas de estilo Luis XV, alfombras persas y jarrones Ming o de porcelana de Sèvres. Pero lo que no puede dejar indiferente a nadie son los jardines. De un verde insolente, cuando llega la primavera, la cantidad y calidad de las flores es absolutamente soberbia. Belleza soberbia e insultante, ¡es la estación por antonomasia!, ¡la del pícnic! Muchas mansiones, algunas Reales como Hampton Court, aprovechan el buen tiempo para organizar conciertos de música de cámara al aire libre. Riachuelos, flores, césped, palacios y una copa de vino hacen que la visita sea más satisfactoria que vivir en Downton Abbey porque, a pesar de todo, el S. XXI es mejor.
Para finalizar esta ronda felina, si pienso en Oliver Twist y en lo que era el Londres del S. XIX, una ciudad sucia, contaminada, con niebla producida por el carbón de mala calidad y superpoblada por el éxodo masivo del campo a las grandes urbes, hay que recordar que Londres entre 1800 y 1900 quintuplicó su población, yo no elegiría, en caso de tener opción, ni Downton Abbey ni la ciudad del Támesis para vivir, sino llegar con el viento del este como Mary Poppins y bajar de las nubes usando un paraguas como paracaídas. Tener un amigo deshollinador con quien visitar los tejados de Londres, volar con un maletín lleno de ingenio, hacer del trabajo un juego pero sin promesas de azúcar, que en palabras de Mary Poppins, según se hacen, se deshacen, y al rolar el viento llevaría mi magia a otros niños para enseñarles que las tareas son divertidas porque “el ser feliz, un truco es al fin”. La vida es cambio, incluso para Mary Poppins, pero cualquier tiempo pasado no fue mejor y, es que, Downton Abbey, en mi opinión, se disfruta más desde la comodidad del S. XXI.

