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ENTRE TÚ Y YO

¡Que viene el hombre del saco!

Consuelo Aguayo Martes, 10 de Mayo de 2022 Tiempo de lectura:

 

Que me perdonen todos los periodistas del ´mundo mundial´ pero  yo que me prometí unas minivacaciones tranquilas y relajadas, he vivido de sobresalto en sobresalto con sus acaloradas crónicas de los acontecimientos nacionales. Aunque no es para menos: una reforma laboral que se aprueba de película y casi al filo de lo imposible, un cambio más o menos acelerado en el liderazgo de alguna formación política con dimisiones incluidas y a todo ello hay que sumarle el tema de los espionajes ¡válgame Dios! A duras penas he podido cumplir con el objetivo de releer el cuento de E. T. A. Hoffmann El hombre de arena, pese a que yo creía que podía tener cierta similitud con los acontecimientos actuales por aquello de que esta lectura se enmarca en el romanticismo negro y entre la denominada literatura de terror gótico.

 

Si quería releer ese cuento era para investigar la figura del arenero en la cultura anglosajona y celta, pues me parecía singular este personaje de ficción cuya función principal era la de ayudar a dormir a las personas plácidamente esparciendo arena mágica en sus ojos, de ahí las legañas que se forman como arena del sueño. Por este motivo  inicialmente pudiera ser asimilado por los niños como un duendecillo parecido al ´Ratoncito Pérez´ pero ¡ay! con el paso del tiempo esa visión plácida parece que pasó a mejor vida (al modo del doctor Jekyll y míster Hyde) y comenzó a concebirse como  una maligna personalidad que procuraba pesadillas a los niños en lugar de dulces sueños. Vamos, algo parecido a nuestro ´hombre del saco´.

 

Pues miren por dónde esta misión de ´asustador de niños´ en la cultura holandesa históricamente lo ejercíamos los españoles de tal forma que la mayor amenaza para un niño que se portaba mal –según dicen- era llevarlo a España. Pero no se extrañen, esto podría tener un origen histórico (o, mejor, esta es la historia que quiero hoy contarles).

 

Carlos, uno de los nietos de los Reyes Católicos, hijo de Juana I de Castilla y Felipe, reinó como  Carlos I de España en los reinos de los territorios hispánicos, y como Carlos V como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Como había nacido en Gante, un Condado de Flandes, fue bien visto por los neerlandeses al considerarlo uno de los suyos y lo aceptaron sin reservas (esto de las identidades creo que ya se llevaba). Hasta ahí todo muy bien.

 

Pero ¿qué me dicen de su sucesor Felipe II? Un rey que cuentan que se concibió en España en los alrededores de La Alhambra de Granada, pero que nació en Valladolid donde su madre, la reina Isabel I de Portugal, fue trasladada durante su embarazo por expreso deseo suyo en litera por 24 porteadores (según dicen, yo, qué quieren que les diga, lo veo un poco exagerado ¡tardarían los 9 meses de embarazo con sus días y sus noches en llegar a Valladolid!) al lugar donde estaba el padre de la criatura. Este rey criado en España y en sus costumbres ya lo vieron con peores ojos los holandeses “a ver si va a mirar más por los intereses de España que por los nuestros” -seguro que murmuraban entre ellos-, total, que les pareció extraño y extranjero.

 

A ello se sumó el ansia expansionista territorial del monarca  por los océanos Atlántico y Pacífico  gracias a la cual la monarquía española llegó a ser la primera potencia de Europa, y el Imperio español alcanzó su apogeo territorial y económico (claro con la ´platita´ y el oro de las Indias todo se allana, se compran espías, se aumenta la soldadesca… ya lo decía el Arcipreste de Hita: ´lo que puede el dinero´).

 

Así no es de extrañar que las Diecisiete Provincias de los Países Bajos se declararan en rebeldía y comenzara la Guerra de la Independencia de los Países Bajos (en España se referían a ella como la guerra de Flandes) contra su Soberano español, Felipe II,  y conocida como La guerra de los Ochenta Años. Felipe II no entró directamente ´al trapo´ y envió al Duque de Alba a ver si podía arreglarlo por las buenas. Pero éste la emprendió ´por las malas´ y reprimió, encarceló, degolló, multó y ´achicharró´ (sí, en sentido figurado: los frió a impuestos hasta dejarlos secos) a los neerlandeses con los diezmos, así que aquello presagiaba que iba a terminar muy mal.

 

Los Países Bajos, liderados por Guillermo de Orange y por su hijo Mauricio (posiblemente con buenos caballos tocotoc-tocotoc con los que suelen aparecer en los cuadros la mayoría de dignatarios) consiguieron tomar para los neerlandeses la ciudad de Breda y establecieron la Tregua de los Doce Años con el Soberano español, gracias a la intercesión del mejor estratega genovés a  las órdenes de los Tercios de Flandes, Ambrosio Spínola. Pero ya con Felipe III y su hijo Felipe IV en el trono y sus ansias de dominio (¡las guerras se eternizan!) Espínola no tuvo más remedio que romper la tregua y recuperar Breda para la corona española, aunque eso sí, ensalzando la valentía de los vencidos y respetando sus costumbres.

 

Quizá la Tregua y los años de equilibrio fueran el origen del fin de la guerra, pero el caso es que a partir de aquella y coincidiendo con la Paz de Westfalia que ponía fin a La Guerra de los Treinta años en Alemania, las Provincias Unidas, es decir, los Países Bajos alcanzaron finalmente su independencia.

 

Así se comprende mejor que España haya sido por algún tiempo 'el hombre del saco' en Holanda, aunque seguramente esto sea ya más bien un mito legendario. No sé si ha contribuido a derribar el mito el hecho de que el actual rey de Holanda Guillermo Alejandro de los Países Bajos conociera a su novia Máxima Zorreguieta (hoy convertida en su esposa) en España. Para más señas en Sevilla en la Feria de Abril. Quién sabe.

 

Seguro que todos ustedes conocen el cuadro de Velázquez La rendición de Breda o El cuadro de las lanzas que se encuentra en el Museo del Prado, ahora también pueden adivinar los motivos del lugar en el cuadro en el que abundan las lanzas.

 

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