
En todos los ámbitos de las relaciones sociales, laborales y empresariales la cobardía gana por goleada.
Honesto no es sólo quien cumple con su deber o respeta la propiedad ajena, sino quien mantiene una opinión, un juicio o un criterio sin subordinarse a ningún interés o circunstancia.
Las ideas existen para ser debatidas y debatirlas significa que estás dispuesto a cambiarlas y si aceptas el debate sin quedarte en la rigidez de lo tuyo es porque admites la posibilidad de cambiar cuando existan argumentos que lo justifiquen.
Las Juntas Directivas de las organizaciones empresariales son, salvo excepciones, un claro y tradicional ejemplo de subordinación a las ideas de otros que no siempre responden al progreso del colectivo sino a intereses particulares. A los que han tenido oportunidad de participar o pertenecer a sus Juntas Directivas les sonará la aprobación unánime de la mayoría de los acuerdos sometidos por el presidente o su Comité Ejecutivo sin especial oposición, si acaso, alguna matización, previa manifestación del agradecimiento por plantear dicha propuesta y la laudatio a la figura del presidente.
Si por casualidad aparece la figura del discrepante, se asocia indisolublemente con alguien problemático o con quien no se puede confiar y se transforma en enemigo de la organización o de sus dirigentes. Eso sí, cuando termina la reunión y en el ambiente distendido del bar de abajo, recibirá la solidaridad, apoyo y sintonía de aquellos cobardes que no lo hicieron en el lugar que correspondía. Los políticos llevan muchos años encargados de confundir al discrepante con el enemigo; si no estás conmigo a muerte, estas contra mí. No caben grises ni dubitación; quieren el apoyo fanático propio del proselita que representan.
Seguramente muchos recordareis el experimento que hace la profesora compinchada con la clase para analizar el comportamiento del alumno que llega tarde. Cuando la profesora pregunta a varios alumnos de qué color es la carpeta verde que tiene en la mano, todos contestan que es roja ante el asombro del recién llegado, quien, cuando es preguntado, lejos de atreverse a decir que es verde para no discrepar de la realidad que ve el grupo, se somete al criterio de la mayoría y al sacrificio de la verdad.
Y no nos damos cuenta, que esa forma de actuar movida por el deseo de no quedar excluido del grupo dirigente, o de no perder las oportunidades lucrativas que puedan aparecer de convivir con ese grupo, son una forma relevante de corrupción y especialmente cuando esas organizaciones están contaminadas e influenciadas por el poder político local o autonómico tan estrechamente vinculado al mundo empresarial, a quien desean hacer cómplice y brazo ejecutor de decisiones que nada tienen que ver con los intereses generales.
Y no son pocos los dirigentes empresariales en nuestra reciente historia que con el tiempo han sido imputados y condenados por prácticas indecorosas o delictivas después de catequizarnos sobre las bondades del compliance, la responsabilidad social de las empresas, la sostenibilidad del planeta o la” resiliencia” aconsejable para el triunfo empresarial.
Ni las empresas ni sus organizaciones necesitan palmeros del líder, ni tampoco revolucionarios, sino talento inconformista que permita la evolución y el progreso. Y desde luego, la independencia económica y política para cumplir con su objeto social.
El honesto discrepante, especie en vías de extinción, se caracteriza por sentirse parte de un colectivo, involucrado en él y con deseo de mejorarlo. Quiere aportar para mejorar, conoce y participa de los problemas, no rompe las reglas del juego, pero trata de convencer hasta la extenuación y desde luego no comulga con ruedas de molino, aunque pierda oportunidades, beneficios o prebendas.


