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Opinión | Pte. Consejo Editorial de MurciaEconomía
Viernes, 13 de Mayo de 2022
Antonio Fuentes Segura

Maximus in Minimus

 

Es mayo y el sol surge con fuerza esta mañana. Sentado junto a mi ventana disfruto mientras leo ‘Azorín, o primores de lo vulgar’, de Ortega y Gasset, uno de los ensayos que forman parte de su colección 'El espectador', en el que confiesa su admiración por el escritor. Mientras disfruto del soberbio y gran Ortega, sorprendido por verle rendido ante la sencillez de Azorín, oigo música a la vez. Y sonrío en este ratico, pues la lluvia constante de días pasados ha cesado y el sol luce espléndido y mediterráneo. Estamos sencillamente vivos. Así de simples serían hoy mis pensamientos, aparentemente desprovistos de ningún valor, pues acostumbramos las personas a dejar morir, instante tras instante, nuestros vitales momentos. Sin embargo cada hora trae su luz.


Ciertamente fue Azorín ejemplo de un pensamiento que conseguía ensalzar lo cotidiano, lo bucólico, lo elemental, disfrutar el máximo de lo mínimo, todo aquello que, sin saberlo, nos rodea y se nos escapa a los demás, siendo la sencillez de cada día, a buen seguro, lo más importante de nuestro vivir, de nuestra propia conciencia, pues parece que vagamos por la vida sin rumbo mientras anhelamos lo que fuimos o lo que queremos ser, olvidando quiénes somos hoy, sin ser conscientes de que sólo esta vida contemplamos, de momento. Y no debería ser tiempo para engañarse.


Pero no es ni Azorín ni Ortega lo que se estila. Ni la buena música, tampoco. La 'kultura' ahora son otras cosas. Acaso sea el destino de nuestra poco edificante democracia, que una vez más nos enseña su torpeza, aireando presuntos secretos y espionajes, riñendo nuestra dignidad como país con imposibles alianzas, ensalzando a vulgares referencias o jugando con nuestro dinero y con nuestro tiempo, durante el único tiempo en el que viviremos. Acaso sea una sociedad empeñada en borrar sus cimientos, que se recrea en no ser nada más, pues lo permite, cuando no lo aplaude. Algo va mal, sin entrar en detalles, algo no funciona como debería. Parece que la democracia no fuera un instrumento sino un fin sin mayor sentido, que todo lo absorbe, que todo lo justifica, imponiendo un pensamiento pobre, basado en esa tiranía de la mayoría, extrañamente educada para no llegar a nada, pues avergüenza hablar de nada que no sea superficial, ya nadie recuerda cuáles son las buenas fuentes, los buenos arcos y pilares que sirven para construir un puente.  


Mientras procuro inhibirme, de mañanita temprano, entre lecturas, me asombro de cuando en cuando pensando que el tiempo que vivimos no esté a la altura de nuestra sociedad de antes, tan humanista, tan centrada en lo que fuimos, y me planteo si será una consigna de nuestros gobiernos dejar en blanco las páginas de nuestra memoria. A veces pienso que  hemos conseguido darles una herramienta que les hace invencibles, pues quienes deberían guiarnos instigan nuestra desmemoria, para escribir otra nueva que se acomode a los nuevos intereses, nada de Filosofía, nada de Historia que llegue a nuestros días, no sea que alguien forje ideas propias.


Decía José Martínez Ruíz, Azorín, allá por 1902, en su obra 'La Voluntad', siendo la ciudad de Yecla el escenario de sus tribulaciones, lo siguiente: 


“Me refiero a la democracia que tiende al dominio de la masa, al absolutismo del número, y que ya no tiene tantos partidarios como antes entre los hombres libres que piensan sin prejuicios".


Todo un visionario. Un ácrata anarquista, converso en moderado, que duda del sistema. Ciertamente podríamos plantearnos si este borreguismo que impera habrá conseguido su propósito, si este sistema permitirá descubrir la verdad que hay en cada uno de nosotros, o si, por el contrario, nos somete y nos convence de que nada somos, a nada aspiramos. Tomemos conciencia de quiénes somos y no dejemos que este pensamiento nuevo y pacato nos arrase.


Ortega, al referirse a su colega, tan distinto, tan concreto en lo mínimo e insignificante, dijo que nuestro es cada instante:

 

“Pienso que no debiera llamarse culto sino al hombre que ha tomado posesión de todo sí mismo. Cultura es fidelidad consigo mismo, una actitud de religioso respeto hacia nuestra propia y personal vida".


Debemos revelarnos. Seamos capaces de disfrutar el 'Maximus in minimus' en un día de mayo cualquiera, pero exijamos también el máximo al mínimo de nuestros representantes. 


Ahora Pegasus. Nos toman el pelo y lo consentimos. 

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