
Vemos lo que queremos ver y oímos lo que queremos oír. Por más objetivos que queramos ser, todos caemos en una memoria selectiva que nos lleva a sesgar la información que recibimos.
Si tenemos una idea de alguien, positiva o negativa, tendemos a ver a esa persona como pensamos que es, por muchas cosas que haga al contrario. Esto pasa a nivel individual, con los amigos, con la pareja o con los hijos.
Si alguien nos cae bien tendemos a justificar e incluso perdonarle los errores; pero como alguien nos caiga mal o nos haya hecho sentirnos mal, es muy probable que por nuestro sesgo de negatividad recordemos su actitud o conducta negativa y que lo confirmemos, aun habiendo conductas positivas.
Hay una tendencia universal a prestar atención y a fijarnos antes y más a unos estímulos que a otros, generándose juicios sobre lo que acaba de ocurrir por la información almacenada en nuestra memoria, congruente con el estado de ánimo que grabó la experiencia y nuestras expectativas.
Estas creencias se activan con situaciones estresantes y, cuando estas creencias son rígidas y excesivas dan lugar a sesgos del procesamiento de la información, muchas veces hostil, buscando y encontrando injustamente una intencionalidad en el hijo que muchas veces no se ajusta a la realidad, por su condición subjetiva.
En la familia hay hijos atrapados en etiquetas muy negativas, respaldadas por conductas desadaptadas, pero que los padres no le dan la opción de salir de ellas aunque haya evidencia en contra. Entonces, se puede producir la profecía autocumplida, y el hijo termina respondiendo como se espera de él. Una respuesta muy típica ante una buena conducta o responsable del hijo puede ser “a ver cuánto le dura; lo hace porque le interesa algo; ya, pero no ha hecho lo otro o no lo ha hecho cuando se lo pedí”. ¡Maldita memoria que atrapa a la familia en una burbuja sin oxígeno!
Las familias necesitan oxigenarse para salir de la entropía en la que viven. Coger oxígeno significa hacer cosas diferentes que desequilibran en un principio pero que ordenan al final, como cuando echas leche caliente en una taza de café; el primer chorro tiende a saltar pero en pocos segundos recupera el caos y se equilibra. Por ejemplo, si la familia está acostumbrada ante un conflicto a gritar como respuesta comunicativa y ahora el padre lo afronta de manera tranquila, va a generar un cambio difícil de manejar porque lo esperado es gritar. El hijo seguirá gritando pero si el padre sigue tranquilo, se produce el cambio, al principio incómodo y desconocido, pero que llevará a una mejor resolución del conflicto. O el hijo que hace alguna tarea de casa y si la madre en lugar de protestar porque no está bien hecha se lo agradece y le rectifica con cariño se produce una situación de desconcierto porque lo cotidiano es la protesta y la negatividad.
Si oxigenamos estas situaciones con nuevas conductas y mantenemos el nuevo caos funcional podremos disfrutar del café en familia aunque al principio el cambio sea desconcertante para todos.
Para mirar mejor las situaciones es necesario que los progenitores nos graduemos las gafas para dejar la miopía e hipermetropía parental, que percibe de manera borrosa la realidad de nuestros hijos. Si te cuesta ver las situaciones, aléjate del árbol y verás el bosque y pregúntate que si no es justo que te vean a ti como un padre regañón y exigente, porque no siempre eres así, con qué gafas deberías ver a tu hijo.
Te planteo una pregunta espejo muy útil para el cambio. Si yo te comento que a mi hija le cuesta tener la habitación ordenada y hacer sus deberes a la hora establecida; tú, ¿qué me dirías que hiciera? No creo que tu respuesta fuera que le gritase, regañase o insultase. Más bien tu consejo sería que me sentara con ella para buscar una solución, ayudarla para que se organice, determinar un horario de estudio supervisando su cumplimiento en el tiempo acordado y reforzarla cuando lo cumpla. Espero que al responderme te hayas ayudado. Sólo así, disfrutarás de la hora del café.

