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Opinión | Consejero Editorial de MurciaEconomía
Viernes, 20 de Mayo de 2022
Francisco Martínez Ruiz

Mi tía, Pepita

 

Recién ha fallecido mi tía, de siempre Pepita. Desde que tengo uso de razón, y de esto han transcurrido ya varias legislaturas, siempre tenía conmigo una palabra amable, una sonrisa comprensiva. Una visión de cómo era yo. Con ella siempre tuve una relación especial, una conexión inalterable.


Nos ha dejado a los 94 años.


He conocido pocas personas con una disciplina interior como la de mi tía, muy anclada en su fe militante y muy basada, también, en su conocimiento de la condición humana.


Recuerdo perfectamente la primera broma que ideó teniendo el que suscribe unos cinco años, en compañía de mi otra tía, Carmen Ruiz, y mi madre. Todas hoy ya fallecidas. La trama se desarrollaba en Los Alcázares, y consistía en gestionarme una confesión con una buena amiga de ellas, propietaria de un balneario. La amiga en cuestión , ya fallecida y una bellísima persona, no era monja, no estaba ordenada, ni por supuesto lo tenía previsto. Pero yo no lo sabía. Creo que cuando descubrí el tema, comenzó a generarse cierto ángulo irónico en mí, que no me ha abandonado a lo largo de mi vida.


El testimonio se produjo junto a la encargada de Telégrafos de Los Alcázares y tras mi declaración, se me informó de que quedaba absuelto y de tal circunstancia debía de informar de inmediato a mi familia. Al volver a casa, pregunté porque ninguna de las dos oficiantes iban vestidas de hábito, y mi tía Pepita, en colaboración con mi tía Carmen, mi madre, hermanos  y primos mayores, reunidos al efecto,  me dijeron que en Los Alcázares no era costumbre, que más allá, pasado Pacheco, ya había otras normas. Y yo, pues  accedí a la explicación. 


Conforme pasaron los años, el cariño a mi tía se fue acrecentando, como ocurre muchas veces, desde la distancia. Pero como pasa con ciertos tipos de personas, sólo basta cruzarse, pararse y mirarse. Y ves lo mismo. Observas todo lo de atrás, incluido el episodio con las dos monjas sin hábito, confirmas que el presente con esa persona está intacto, y te vas pensando un lugar común, pero que tiene una enorme importancia:  que a la gente que quieres tendrías que haberla disfrutado más.


Ahora mismo la estoy viendo, en la puerta de San Lorenzo, dándome un beso y siempre diciéndome, y excusen los lectores la inmodestia, lo guapo que estaba. Y me vienen las lágrimas


Qué mujer, de siempre acertado criterio. Qué modo de conservar la inflexibilidad para lo que no admitía flexibilidad o torsión, y que insustituible su manera de manifestarte su cariño con dos sonrisas. Toda la vida.


Y así fue hasta el día que nos dejó.


Mi tía, Pepita. D.E.P.

 

Dedicado a mis primos Pepico y Marisol Vera

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