Del ‘no retornable’ al brik y viceversa
Somos lo que comemos. Faltaría. Es una de las perogrulladas más insultantes que he oído en mi vida. Una tautología que, por ello, no añade información nueva alguna. Una obviedad, vamos. Comer, no obstante, es mucho más: es un hecho cultural. Baste con echar mano de Claude Lévi-Strauss y sus teorías sobre las formas de la mesa ('El origen de las maneras de la mesa', 1968), o las de cocinar, 'Lo Crudo y lo Cocido' (1964), étc. Pero esto no va de eso, aunque empieza ahí. Rizando el rizo, que eso sí es lo que me interesa, dando una vuelta de tuerca al antropólogo con apellido de vaqueros, somos cómo envasamos, cómo transportamos y cómo el envase ha revolucionado las formas de la mesa, hasta suprimirla en ocasiones, y como lo crudo y lo cocido se pueden hacer en diferido. O no hacerlo.
Si algo tiene diferenciador el tiempo que nos ha tocado vivir es lo rápido que todo pasa, caduca, se queda obsoleto. De pequeño, tú ibas a una tienda, y lo primero que te decía el tendero era aquello de ¿te has traído el casco? Todo era retornable, nada era de un solo uso, todo duradero (todo, ya lo creo) lo importante, no obstante, era lo envasado, no el envase, que iba de un lado a otro dando tumbos. Recuerdo las botellas de 'vino común’ que eran de un litro, con cinco estrellas impresas en el vidrio a la altura del collarín. Eso quería decir que estaban homologadas por todas las marcas, intercambiables entre ellas. Todo un hallazgo de sostenibilidad y sentido ecologista del envase.
Luego llegó el plástico y la liamos. Porque si las maneras primigenias de sentarnos a la mesa nos hicieron pensar -siguiendo siempre a Lévi-Strauss (Bruselas, 1908)- el plástico nos hizo ecologistas por necesidad: nos dio facilidades, pero nos creó un problema nuevo al que nunca la Humanidad se había enfrentado. Hasta entonces, vidrio, madera, hojalata, cerámica, pieles… yo qué sé cuántos materiales se habían usado y todos biodegradables (otra palabreja que hubo que inventar) todos retornables o no, pero de múltiples usos. Hasta los botellines de cerveza o los de refrescos de cola, sobre todo, empezaron a tener una vida efímera y de un solo uso. Se nos vendía como bueno y, deseable. Por tanto, no tener que tomarnos la molestia de llevarlos a la tienda, como condición sine qua non para perpetuar la compra de ese mismo producto. Pero el plástico ya estaba ahí, amenazante, eterno, cuando ya nada lo es. Plásticos, solo voy a decirte una palabra, plásticos, es el consejo que recibe el atribulado Benjamin Braddock (Dustin Hoffman) en El Graduado…plásticos, tienen mucho futuro, continúa intimidador el interlocutor que aconseja al joven. Y tanto.
Esa frase se me quedó grabada desde la primera vez que vi esa película. Ese es el problema, el futuro. Su condición de indestructible. Si algo tiene nuestro tiempo, decía más arriba, es que lo que ayer era una cualidad deseable, hoy suena a condena. Los criterios de ayer hoy no sirven. Aunque tenga unas ventajas más que notables, precio, durabilidad, resistencia, estanqueidad, aquello que no pueda volver a la naturaleza en condiciones sostenibles ya no es una ventaja.
Luego llegaría el brik, y tomaría múltiples formas, igualmente cómodas y resistentes, pero tampoco es perfecto y plantea el problema de la gran cantidad de agua necesaria para su reciclado. Lo que no contamina la tierra contamina el agua. Lo que no va en llanto, va en suspiros.
Las formas de compartir la mesa, que nos hicieron como fuimos, ahora nos han llevado a las formas de envasar, que nos hacen como somos. Otra forma de comer, relacionarnos, incluso atacar el planeta. Ahora no solo los pescados van en lata, también llevan el plásticos dentro. El envase se ha colado dentro. Y ese es el problema. Y nos ha hecho cambiar, pero no lo suficiente, me temo. Va a ser que la estupidez humana está hecha de plástico indeleble.






















