
“Aquello que convierte a un objeto en obra de arte es algo externo a él.”
Arthur C. Danto
El pasado sábado 21 de mayo el Museo de Arte Ibérico El Cigarralejo de Mula arrancaba con el día Internacional de los Museos albergando la última muestra del artista plástico Paco Vivo. Un proyecto intimista en la que he tenido el placer de colaborar como comisario pudiendo disfrutar de una serie de obras, todas ellas desarrolladas en estos dos últimos años y que nos habla a cerca de la memoria, el recuerdo y la reconstrucción a partir de su propia existencia vital.
El museo encabezado por su directora Virginia Page, alberga una extensa e importante colección de arte ibérico, no solo merece mencionar tal logro sino otra característica que me apetece destacar, la de concatenar arte antiguo con el arte vanguardista.
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Paco Vivo (Javalí Nuevo, 1958) es licenciado en Bellas Artes por la Facultad de Sant Jordi de Barcelona y su vocación ha estado siempre ligada a la docencia. Cabe citar en este sentido que junto a su mujer Mabel Martínez, protagonizaron como otros una etapa convulsa en la que el arte rupturista y de vanguardia empezaba a arrancar en la España posfranquista.
Pienso que tal vez vivimos momentos en los que se están moviendo las páginas de alguna historia marcada por el retorno. Un retorno regresivo y reaccionario, sin ignorar el posicionamiento del mercado del arte que responde a esa necesidad de no caer en el simplismo y donde hay espacio para el humor, la crítica corrosiva y la defensa apasionada a los principios del ser.
Dentro del complejo espacio que apreciamos en el panorama artístico, es posible comprender esa especie de sentimiento, una arqueología luminosa, aquella que me ha llevado a conocer de manera más sincera y natural a este artista.
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Momentos compartidos, nostalgia de una presencia, ella, vocación de una historia, conversaciones introspectivas y trascendentes. Estos son parte de los recuerdos contenidos en esas vitrinas que nos trae Paco Vivo y que nos hace activar el sentido performativo que son la acción y el suceso que se hacen presente para revelar el comportamiento propiamente ritual del acto de crear.
En esta ocasión Vivo se expande más que nunca y de un modo personal. Su constante se convierte en una fuente de relaciones entre el color, la materia, lo objetual y lo orgánico dentro de la instalación, para dotar el conjunto de múltiples caminos hacia la inmensidad de lo real.
Hay un tiempo, pero es un tiempo cíclico, porque otra persona es capaz de iniciar de nuevo ese ciclo de la historia y lo dotamos de forma, a partir de una memoria colectiva que se va retroalimentando con las historias de todos, un ciclo que empieza y acaba, pero más que acabar se complementa.
¿Cuál es la esencia del proyecto que traes a este museo?
P.V. Vitrinas y performances habla del recuerdo y de la vivencia, habla de las sensaciones personales íntimas compartidas. Habla de cómo la realidad está ahí y como eso pasa, pasa y no sabes lo que es, entonces es la memoria la que construye esa antigua realidad, entonces tú con el recuerdo la haces presente.
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¿Se trata de saber recordar y aprender a recordar?
P.V. Esta es una serie onírica, las sensaciones que yo tuve no las recuerdo, pero al pintar de alguna manera las hago presentes. Es como una especie de arqueología en las sensaciones de mi memoria. Es muy probable que en todo esto haya una idealización de los personajes, yo estoy construyendo un algo ideal que pueda venir a mi rescate, porque el mundo es cruel y bello también, entonces esa crueldad prefiero transmutarla en belleza, pero yo tampoco sé lo que es la belleza.
La performance precisamente es ese algo efímero, según me reconoce este creador incansable y espontáneo como el humo de un fuego vibratorio que va alterando la forma y que asimilo a través de sus cuadros blancos con rayas oscuras, porque en ese rallado sobre el blanco, las líneas son los recuerdos que mutan de una forma a otra.
Paco me ha mostrado una característica en su obra que tal vez no sabemos dónde está el fin, pero si sabemos que todo vuelve a empezar.

