
Este podría ser el comienzo de un cuento, de una ficción, pero no lo es, se trata de una historia real, la que sufren todas aquellas personas que les ha tocado de un modo u otro lidiar con el cáncer en sus vidas. Un enemigo tan devastador como no ha habido otro, ni siquiera un ejército a lo largo de la historia, capaz de aniquilar a millones de personas cada año. Y entre todas esas personas, se encuentra una muy querida y especial para mí, una que a día de hoy lucha por su vida, mi tío Salva.
Ese enemigo que cuando aparece abre una puerta a un desconcertante y desconocido mundo en el que pretende declararse victorioso en una lucha desigual. Al incierto presente, a su indigna intención, pero sobre todo nos obliga a dar respuesta a una pregunta esencial: ¿podré ganarle la batalla a esta silenciosa y mortal amenaza?
Es una pena. Uno se da cuenta de que realmente está en un mundo en el que merece la pena vivir cuando el enemigo invisible que permanece al acecho se adentra en nuestras entrañas de una forma repentina. El presente deja de ser una cuestión apremiante en esos momentos. Toda aquella persona que se ve afectada por el cáncer tiene una idea bastante acertada de lo que le espera en el futuro, y difiere mucho de lo vivido. De la buena vida. De una época de gozo e irrecuperable.
Pero, a decir verdad, nunca se está bastante convencido de que la enfermedad terminará ganando la batalla. No se trata de magia ni truco, ni del saber popular, se trata de tener fe y esperanza, una táctica tan disparatada desde el punto de vista médico que a veces cuesta creer que llegue a funcionar. Pero funciona. Vaya si funciona.
No basta con seguir el protocolo meticuloso y las etapas metódicas del sistema sanitario al pie de la letra. Pues tan importante como eso es tener encima durante el proceso a esa familia que te quiere, permitir que se te acerquen, para asegurarse de que la desesperanza no sobrepase los límites permitidos. Esas palabras de ánimo de tus seres queridos poseen una cualidad mágica en sí mismas. Encierran un tipo de amor que se diferencia de los demás. Significan mucho más. Quizá condescendientes con respecto al que sufre, pero hay que tomárselas en serio.
Es una locura, una contrarreloj a toda velocidad por llegar el primero, por ganar la primera batalla, por escuchar una buena noticia, teniendo en cuenta que hay barreras que se cerrarán ante nosotros sin previo aviso y raíces traicioneras que saldrán de Dios sabe dónde para intentar aferrarse a cualquier órgano interno, literalmente, porque nunca se sabe a ciencia cierta qué ocurrirá con este viejo y retorcido enemigo.
El cáncer es raro y siniestro, y lo hemos convertido prácticamente en un pisapapeles gigante y extremo, un elemento marginal que nos sitúa en una zona borrosa situada entre la vida y la muerte. Pero si quiere llevarse por delante a alguien tiene que pagar un precio por su osadía, pues muchas veces la persistencia, la esperanza, la fuerza de voluntad, el cariño, el apoyo incansable de tus familiares, el creer que puedes con ello, el querer salir adelante, fuera lo que fuese lo que pretendiera ese cobarde insumiso, termina en ocasiones dejando simplemente una escueta huella que con el tiempo se borra.
No siempre, pero en ocasiones el cáncer da la impresión de no querer necesitar ya la compañía humana. Pierde interés y se distrae. Gracias a la ciencia y a los avances médicos le pasa cada vez más a menudo. Y es entonces cuando por muy alto precio que hayamos tenido que pagar por su compañía, y cómo lo hemos pasado, una y otra vez, se oye una voz amortiguada a lo lejos, silenciada por el regusto amargo del dolor, pero perfectamente creíble. Una voz temblorosa cargada de esperanza.
Pero no basta con ponerse en manos de la ciencia. Hay que ponerse en marcha, caminar, levantarse cada mañana con ánimos renovados para encarar lo que venga y morirse de ganas de romper las crueles ataduras. Teniendo presente que la posibilidad de perder la vida es real. Pero, ¿qué vida está libre de peligros? Basta ya de pasarse todo el día entre almohadones lamentándose por algo que todavía no ha sucedido. La enfermedad nos obliga a salirnos del sendero, sí. Todo resulta más difícil y empalagoso. La seguridad y la comodidad se desvanece durante unos afligidos instantes, como una exhalación. Pero solo eso. Nada más. La satisfacción de ver un nuevo amanecer esclarece el terreno boscoso.
No queda más remedio que alternar el sol abrasador con la sombra fresca de un árbol frondoso. Nuestro tesón puede paralizar la lluvia de malos pensamientos en el acto. Nos hace ganar impulso para seguir adelante, y permanecer junto a los que te quieren y aprecian otro segundo, otro minuto, otra hora, otro día, otro mes, otro año. Entonces, de repente, te das cuenta que lo que importa ya no es tu futuro. Te paras en seco y lo entiendes rápidamente, reduces el paso y te das la vuelta respirando con tranquilidad y desbordante felicidad, observando y disfrutando de aquellos que caminan hoy a tu lado en tus días más bajos. Dejas de escudriñar la penumbra de un futuro incierto para centrarte en esa maravillosa luz del mediodía. Y es entonces cuando le encuentras el verdadero sentido a la vida. Te quiero tito Salva, saldrás de esta, estoy seguro.

